…también puede besar con la mirada Capítulo 8
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Capítulo 8

E l invierno llegó antes de que ninguno de los dos estuviera preparado.

Las montañas amanecían cubiertas de escarcha, las tardes terminaban antes de que sonara la última campana de la escuela y el fuego de la cabaña se había convertido en el centro de todas sus noches.

Se querían. Ya no tenía sentido fingir otra cosa.

Paul dejaba algunos libros en casa de Peter. Este aparecía de vez en cuando en la escuela para arreglar una ventana, una mesa o una cerradura. Los vecinos los veían hablar. Los niños corrían a abrazar a Peter cuando lo encontraban por el pueblo.

Todo parecía sencillo. Hasta que dejó de parecerlo.

Aquella tarde caminaban de regreso desde el pueblo cuando una pareja de vecinos los saludó desde el otro lado de la calle.

Peter se alejó de Paul de inmediato. El gesto fue tan rápido que casi pareció involuntario. Paul no dijo nada. Respondió al saludo con un movimiento de cabeza y siguió caminando.

Solo cuando llegaron a la cabaña habló.

—¿Por qué?

Peter evitó mirarlo.

—Ya sabes por qué.

—Quiero oírtelo decir.

Peter respiró hondo.

—Porque esto es Glenrosie, Paul. No Edimburgo. Aquí todos saben la vida de todos.

—¿Y?

—Y estamos en 1994.

Aquellas cuatro palabras lo explicaban todo. No hacía falta mencionar insultos. Ni despidos. Ni familias que dejaban de hablarte. Ni hombres obligados a esconder quiénes eran para conservar un trabajo o una vida tranquila. Todo eso cabía en una sola fecha. 1994.

Paul permaneció inmóvil junto a la ventana.

—¿Te avergüenzas de mí?

Peter levantó la cabeza de golpe.

—Jamás.

—Entonces ¿de qué tienes miedo?

La respuesta salió casi rota.

—De perderte.

El silencio cayó entre ellos. Paul sintió un nudo en la garganta.

—Si el pueblo habla... si la escuela se entera... pueden echarte. Tendrías que marcharte. Y yo volvería a quedarme solo.

Peter caminó lentamente hasta la chimenea. Contempló el fuego durante unos segundos. Cuando habló, su voz era tranquila. Demasiado tranquila.

—¿Sabes por qué vine a Glenrosie?

Paul negó con la cabeza.

—Porque una vez ya hui. —Aquellas palabras parecían pesar años—. Me marché de Irlanda creyendo que cambiando de país cambiaría mi vida. Dejé atrás personas, lugares... y también partes de mí. Pensé que esconderme era la única manera de seguir viviendo.

Se volvió hacia Paul. Los ojos le brillaban, aunque no había lágrimas.

El profesor sintió cómo el corazón se le encogía.

—Peter... Lo entiendo, yo dejé Edimburgo por la misma razón, pero he comprendido que no voy a vivir escondiéndome porque haya gente incapaz de entender quién soy. Ya regalé demasiados años al miedo.

Peter bajó la mirada.

—Yo no soy tan valiente.

Paul se acercó despacio. Le acarició la mejilla con infinita ternura. Peter dio un paso atrás. Necesitaba respirar. Necesitaba pensar.

—Será mejor que vuelvas al pueblo —le dijo, y luego no intentó detenerlo. Solo observó cómo la puerta se cerraba lentamente detrás de él. Y el silencio volvió a llenar la cabaña.

***

Dos días después, Agnes Campbell llamó a la puerta. Peter estaba reparando una mecedora.

—Has tardado demasiado en venir a verme —dijo la anciana mientras entraba sin esperar invitación.

Peter sonrió.

—Pensé que estabas descansando.

—Descansaré cuando me muera.

Se sentó frente al fuego. Lo observó trabajar durante unos minutos.

Después habló:

—Jamie me ha contado que el profesor ya no viene.

Peter siguió lijando la madera.

—Está ocupado.

—Claro.

Agnes dejó escapar una risa breve.

—¿Y tú crees que a mis ochenta años todavía no sé cuándo un hombre tiene el corazón roto?

Peter dejó la lija sobre la mesa. La anciana lo miró con una dulzura que solo dan muchos años vividos.

—Escúchame bien.

Él guardó silencio.

—No sé qué ocurrió en Irlanda. Nunca me lo has contado. Y tampoco pienso preguntarlo. Pero sí sé una cosa. —Hizo una pausa—. Glenrosie es tu casa.

Peter bajó la cabeza.

—La gente de este pueblo no te quiere porque repares muebles, ni porque me encontraras ni porque salvaras a Jamie. Te quieren porque eres tú. Porque llevas años cuidando de todos sin pedir nada a cambio.

La anciana se puso en pie y tomó una de sus manos.

—Solo se vive una vez, muchacho. No permitas que el miedo te robe también esta vida.

Peter cerró los ojos.

Hacía mucho tiempo que nadie hablaba con él como una madre.

Cuando volvió a abrirlos, Agnes sonreía.

—Ve a buscar a ese profesor antes de que haga alguna tontería.

La escuela estaba vacía. Las vacaciones de Navidad comenzaban al día siguiente y Paul aprovechaba la tarde para ordenar libros y preparar el aula para el nuevo trimestre.

La luz del atardecer entraba por las ventanas, tiñendo de dorado las mesas vacías.

Escuchó unos pasos en el pasillo. Pensó que sería Moira.

Pero no. Era Peter. Llevaba el abrigo abierto y el cabello revuelto por el viento.

Durante unos segundos ninguno habló. Paul dejó el último libro sobre la estantería.

—¿Qué haces aquí?

Peter avanzó hasta quedarse frente a él.

Esta vez no parecía dispuesto a esconder nada.

—He venido porque Agnes tenía razón.

Paul frunció el ceño.

—¿Agnes?

—Me recordó que llevo demasiados años viviendo como si no mereciera ser feliz.

Respiró hondo. Era la primera vez que parecía nervioso.

—No quiero seguir huyendo. Ni de mi pasado. Ni de mí mismo. Ni de ti.

Paul sintió cómo las lágrimas empezaban a empañarle la vista. Peter dio un paso más.

—No sé qué ocurrirá mañana. No sé qué dirá la gente.

No sé si el mundo está preparado para nosotros.

Pero sí sé una cosa. —Le sostuvo la mirada con la misma firmeza con la que había entrado tantas veces en el bosque para buscar a quien se había perdido—.

Me he enamorado de ti, Paul Lennox. Y estoy cansado de fingir que no es así.

El silencio que siguió fue inmenso.

Paul sonrió entre lágrimas.

—Has tardado mucho en decírmelo.

—Lo sé.

—Yo me enamoré de ti el día que apareciste con una linterna.

Peter rio por primera vez sin reservas. Una risa limpia. Libre.

Paul acortó la distancia entre ambos. Se abrazaron despacio. Como dos hombres que sabían perfectamente el precio que podía tener aquel gesto. Y, aun así, estaban dispuestos a pagarlo. El beso llegó después.

Fuera, la campana de la iglesia anunció el final de las clases.

Dentro del aula, donde tantas veces Paul había enseñado a sus alumnos que el valor consistía en hacer lo correcto incluso cuando daba miedo, comprendió que aquella lección también era para él.

Mientras el invierno caía sobre Glenrosie, dos hombres dejaron de esconderse.

Y, por primera vez en mucho tiempo, el futuro dejó de darles miedo, porque sabían que más allá de la niebla, siempre había un sendero que recorrer.