…también puede besar con la mirada Capítulo 7
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Capítulo 7

E ncontraron a Agnes al caer la tarde. Peter fue el primero en verla.

Estaba sentada al pie de un viejo abedul, con el tobillo atrapado entre dos raíces y una manta de brezo sobre las piernas.

Tenía el rostro pálido y las manos heladas, pero cuando levantó la vista y reconoció a Peter, sonrió con el alivio de quien por fin deja de luchar contra el miedo.

—Sabía que vendrías —murmuró.

Peter se arrodilló junto a ella.

—¿Puedes mover el pie?

La anciana negó despacio. Mientras los demás preparaban una camilla improvisada, Peter examinó el tobillo con una delicadeza que sorprendió a Paul.

Aquel hombre de pocas palabras trataba a Agnes con una ternura infinita, hablándole en voz baja para tranquilizarla mientras inmovilizaba la articulación.

—Jamie está esperándote —le dijo.

Los ojos de la mujer se humedecieron.

—Entonces habrá estado muy asustado.

—Solo un poco.

Era una mentira piadosa. Todos sabían que el muchacho llevaba horas conteniendo las lágrimas.

El camino de regreso fue lento. Cuando las primeras casas de Glenrosie aparecieron entre la niebla, varias personas salieron a su encuentro.

Jamie echó a correr. Se abrazó a su abuela con tanta fuerza que Agnes soltó una pequeña queja antes de echarse a reír.

—Con cuidado, muchacho...

—Pensé que no volverías.

—Todavía no pienso librarme de ti.

Las risas, los abrazos y los suspiros de alivio llenaron la pequeña plaza y luego llegaron las felicitaciones a Peter y los agradecimientos por haberla encontrado.

Paul observó la escena desde unos metros de distancia.

Entonces comprendió algo. No era solo que el pueblo respetara a Peter.

Lo quería. De una manera silenciosa, sin grandes demostraciones, pero profunda.

Como se quiere a alguien que siempre aparece cuando más falta hace.

Buscó a Peter con la mirada. Él ya se estaba marchando. Como si lo ocurrido hubiera sido únicamente una obligación más.

—¡Peter!

El hombre se volvió. Paul caminó hasta alcanzarlo.

—Ni siquiera te despides.

Peter se encogió de hombros.

—Agnes está en casa. Eso es lo importante.

Durante unos segundos permanecieron en silencio. Después Paul habló casi sin pensar.

—¿Puedo acompañarte?

Peter lo observó un buen rato, debatiéndose. Finalmente asintió.

—Si no te importa caminar un poco más.

***

El sendero hasta la cabaña estaba envuelto en la oscuridad, pero no necesitaban linterna, ya que la luna iluminaba lo suficiente para distinguir el camino. Peter se dio cuenta de que el silencio entre ambos era distinto al de otras veces.

Al llegar, Peter encendió el fuego. El calor comenzó a extenderse lentamente por la estancia mientras dejaban secar las botas junto a la chimenea.

—Hoy has estado muy callado —comentó.

Paul sonrió.

—Creo que te he conocido de verdad.

Peter permaneció de espaldas unos instantes.

—No estoy seguro de que eso sea bueno.

—Yo sí. —La respuesta salió con una naturalidad que sorprendió incluso a Paul.

Peter levantó la vista. Durante un largo instante ninguno de los dos habló.

El crepitar de la leña llenaba la habitación. Fuera, el viento golpeaba suavemente las ventanas.

—¿Por qué viniste a Glenrosie? —preguntó Peter al fin.

Paul tardó en responder.

—Porque estaba cansado de vivir una vida que no sentía mía.

La confesión quedó suspendida entre ellos. Peter bajó la mirada.

—Yo vine por lo mismo.

Paul comprendió entonces cuánto dolor escondían aquellas pocas palabras. Se acercó despacio.

No quería invadir el espacio de Peter. Solo estar un poco más cerca.

—No tienes que contarme nada esta noche.

Peter respiró hondo.

—Gracias.

Cuando volvió a levantar la vista, apenas los separaba un paso.

Paul alcanzó su mano con una lentitud infinita.

No sabía si Peter iba a apartarse. No lo hizo.

Sus dedos eran cálidos y ásperos, marcados por años de trabajo.

Los sostuvo entre los suyos como si llevara mucho tiempo esperando aquel gesto.

Peter entrelazó los dedos con los de Paul.

Fue un movimiento casi imperceptible. Pero bastó para derribar todas las prudencias.

Paul sonrió. Peter también. Y, sin necesidad de decir una sola palabra más, Paul acortó la distancia que aún quedaba entre ellos.

El beso fue lento. Inseguro al principio. Como si ambos estuvieran aprendiendo un idioma olvidado. Después desaparecieron las dudas. Solo quedaron dos hombres que llevaban demasiado tiempo sintiéndose solos y que, por primera vez en muchos años, encontraban un lugar donde descansar.

Cuando se separaron, ninguno habló.

Peter apoyó la frente contra la de Paul y cerró los ojos.

—Pensé que nunca volvería a sentir esto.

—Yo también.

El fuego seguía ardiendo. La lluvia comenzó a caer de nuevo sobre el tejado. Y, mientras la noche envolvía la cabaña, dejaron atrás las últimas palabras. El resto pertenecía únicamente a ellos.

A la mañana siguiente, los primeros rayos de luz encontraron la casa en silencio. Sobre la mesa seguían las dos tazas de té de la noche anterior. Y, por primera vez en mucho tiempo, Peter despertó sin sentir el peso de la soledad. Paul seguía dormido a su lado.