…también puede besar con la mirada Capítulo 6
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Capítulo 6

P aul empezaba a sentir que, por primera vez en mucho tiempo, pertenecía a algún lugar.

Conocía ya el nombre de todos sus alumnos.

Sabía qué vecino horneaba el mejor pan. Qué perro perseguía siempre las bicicletas.

Y qué camino debía tomar si quería llegar a la cabaña de Peter antes de que anocheciera.

Todo empezaba a parecer sencillo. Hasta aquella mañana. Nada más entrar en la escuela comprendió que algo ocurría. Los niños hablaban en voz baja. Los padres permanecían agrupados frente a la entrada. Incluso Moira parecía inquieta.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Paul.

La directora cerró la puerta del aula antes de responder.

—Agnes Campbell ha desaparecido.

Paul tardó unos segundos en reconocer el nombre.

—¿La abuela de Jamie?

Moira asintió.

—Salió ayer por la tarde a recoger brezo y no volvió.

Un silencio pesado llenó la habitación.

—¿La están buscando?

—Todo el pueblo.

Paul miró por la ventana. Varios hombres preparaban cuerdas, linternas y mapas sobre el capó de una camioneta. La urgencia se respiraba incluso desde allí.

Jamie estaba entre aquellos hombres, con el rostro pálido, pero sin derramar ni una lágrima.

Las clases quedaron suspendidas. Antes del mediodía, prácticamente todo Glenrosie se había reunido junto a la iglesia.

El párroco organizaba grupos de búsqueda.

Algunos recorrerían el río. Otros inspeccionarían los caminos.

Los más experimentados entrarían en el bosque.

Paul observaba el movimiento sin saber muy bien qué hacer cuando escuchó una voz detrás de él.

—Llegas tarde.

Se giró. Peter acababa de aparecer. Llevaba las botas embarradas, una mochila al hombro y una linterna colgada del cinturón. Su expresión era completamente distinta a la del hombre tranquilo que Paul conocía. Sus ojos eran todo concentración y seriedad.

—¿Acabas de enterarte? —preguntó Paul.

Peter negó con la cabeza.

—Hace unas horas. Ya he estado buscándola.

—¿Crees que sigue viva?

Peter no respondió enseguida. Miró hacia el bosque. Después al cielo. El viento soplaba desde el norte. Las nubes avanzaban deprisa.

—Mientras no sepamos lo contrario, sí.

Era una respuesta sencilla. Pero contenía una determinación absoluta.

En ese momento el párroco levantó la voz.

—Peter. —Todos guardaron silencio—. ¿Puedes dirigir el grupo del bosque?

Nadie pareció sorprenderse. Era evidente que aquella responsabilidad siempre acababa recayendo sobre él. El hombre asintió.

—Necesito cuatro personas.

Tres hombres dieron un paso al frente. Paul fue el cuarto. Peter lo miró.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no conoces el terreno.

—Aprendo rápido.

—No es suficiente.

Paul sostuvo su mirada.

—No pienso quedarme aquí esperando noticias mientras Jamie cree que su abuela puede estar sola ahí fuera.

Durante unos segundos ninguno habló. Finalmente Peter dejó escapar un suspiro.

—Harás exactamente lo que yo diga.

Paul sonrió.

—Eso suelo intentar con mis alumnos.

Por primera vez desde que había empezado la búsqueda, Peter dejó escapar una media sonrisa. Duró apenas un instante, pero bastó para aliviar la tensión de todos.

Entraron en el bosque poco después. La humedad empapaba las botas y las hojas ocultaban el sendero.

Peter caminaba siempre el primero. No parecía buscar.

Parecía leer el paisaje. Se detenía. Observaba una rama rota.

Una huella en el barro. Un trozo de tela enganchado en un arbusto. Después continuaba.

Paul nunca había visto a nadie moverse así, con una seguridad casi instintiva.

Comprendió entonces por qué todo el pueblo confiaba en él.

No era porque fuera el más fuerte ni el más valiente, era porque, cuando todos los demás dejaban de saber qué hacer, Peter seguía viendo un camino.

Y por primera vez desde que lo conocía, Paul sintió algo más profundo que el deseo. Sintió admiración.