Capítulo 5
A partir de aquel sábado, Paul encontró demasiadas razones para abandonar la escuela caminando y acercarse a Peter.
Un día tenía que comprar clavos para colgar un estante y necesitaba su opinión.
Otro, quería preguntar dónde encontrar leña para el invierno.
Después llevaba un libro que, según él, Peter debía leer.
Y cuando se quedó sin excusas, simplemente apareció con una barra de pan recién hecha.
El hombre nunca preguntó por qué iba. Solo abría la puerta. Así fue cómo el otoño avanzó despacio sobre Glenrosie.
Las hojas comenzaron a cubrir los senderos y el aire olía constantemente a humo de chimenea. La rutina de ambos fue encontrando un equilibrio inesperado.
Paul enseñaba por las mañanas. Peter trabajaba en su taller. Y dos o tres tardes por semana, compartían una taza de té junto al fuego. Hablaban poco. Pero cada conversación parecía continuar la anterior, aunque hubieran pasado varios días.
Paul descubrió que Peter conocía el nombre de casi todos los árboles del bosque. Que podía distinguir una tormenta varias horas antes de que aparecieran las primeras nubes. Que construía muebles sin utilizar planos. Y que jamás hablaba de sí mismo.
Cuando Paul hacía alguna pregunta personal, Peter respondía con otra o cambiaba de tema.
Al principio aquello lo desconcertaba. Después empezó a respetarlo. Comprendió que algunas personas no levantaban muros para esconderse. Lo hacían para seguir vivos.
Una tarde llegó con una caja de cartón bajo el brazo.
—Necesito tu ayuda.
Peter levantó la vista del banco de trabajo.
—¿Con qué?
Paul dejó la caja sobre la mesa. Dentro había una docena de libros viejos, todos con el lomo desencuadernado.
—Los encontré en el almacén de la escuela. Iban a tirarlos.
Peter cogió uno con cuidado. Era una edición muy gastada de La isla del tesoro . Pasó los dedos por la cubierta rota.
—Aún puede salvarse.
Paul sonrió.
—Eso mismo pensé.
Trabajaron durante horas. Peter reparaba las tapas mientras explicaba cada movimiento.
Paul observaba con atención, torpe al principio, más hábil después.
—La mayoría de la gente cree que restaurar consiste en dejar algo como nuevo —dijo Peter mientras extendía cola sobre el lomo de un libro—. Pero no es verdad.
—¿No?
—No. —Esperó unos segundos antes de continuar—. Consiste en conservar las cicatrices para que lo restaurado siga viviendo.
Paul dejó de trabajar. Aquellas palabras no hablaban de libros. Los dos lo sabían.
Cuando terminaron, ya era de noche. Peter encendió la lámpara de aceite y preparó la cena. No era gran cosa: sopa caliente, pan y queso.
Pero era la primera vez que compartían una comida.
—Los niños preguntan mucho por ti —comentó Paul.
—¿Sí? —Peter arqueó una ceja.
—Jamie insiste en que deberías enseñarles a construir cometas.
—No sé construir cometas.
—Eso mismo le dije.
—¿Y qué respondió?
Paul rio.
—Que si sabes arreglar cualquier cosa, también sabrás hacer volar un trozo de tela.
Peter negó con la cabeza, divertido.
—Ese chico acabará gobernando el pueblo.
—Eso espero.
El silencio regresó sin incomodidad. Paul observó el perfil de Peter iluminado por la lámpara. Las pequeñas arrugas junto a los ojos. La barba salpicada de algunas canas. Las manos grandes sujetando la cuchara con una delicadeza inesperada.
Era un hombre hermoso. Era hermoso porque transmitía paz. Y Paul descubrió que llevaba varios minutos mirándolo.
Apartó la vista antes de que Peter pudiera darse cuenta. O creyó hacerlo.
—¿Qué pasa? —preguntó Peter.
Paul sintió cómo el corazón daba un vuelco.
—Nada.
Peter sostuvo su mirada unos segundos. Después volvió a la sopa. No insistió.
Cuando Paul se marchó, la noche estaba despejada. Las estrellas brillaban con una intensidad que nunca había visto en Edimburgo.
Caminó despacio hacia el pueblo, con las manos en los bolsillos y una sensación extraña. No recordaba la última vez que había esperado con ilusión la llegada del día siguiente.
Peter permaneció largo rato de pie junto a la ventana. Desde allí podía ver el sendero serpenteando entre los árboles. La figura de Paul se iba haciendo cada vez más pequeña hasta desaparecer entre la oscuridad.
Solo entonces apartó la vista. Se apoyó en la mesa donde aún descansaban los libros reparados. Uno de ellos seguía abierto por la primera página.
Sin pensarlo demasiado, pasó los dedos sobre una frase que llamó su atención.
«La marea es fuerte y nos desvía... Hay que remar con más fuerza... Hay que luchar contra la corriente».
¿No era eso lo que él había hecho desde que supo que le gustaban los hombres? Luchar contra ello, remar en dirección contraria, contracorriente.
Pero ahora, lo único que sabía era que, desde que Paul había llegado a Glenrosie, la soledad que durante tantos años había considerado suficiente empezaba a parecerle demasiado pequeña para vivir dentro de ella.
Y esa idea lo asustaba más que cualquier tormenta.