…también puede besar con la mirada Capítulo 4
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Capítulo 4

P aul volvió a la escuela, corrigió cuadernos, explicó fracciones imposibles y escuchó las historias de Jamie sobre ovejas que escapaban de los cercados y zorros que robaban gallinas. Todo parecía igual.

Y, sin embargo, ya nada lo era. Cada vez que levantaba la vista hacia las colinas esperaba distinguir una figura inmóvil entre los árboles.

No siempre la encontraba. Pero nunca dejaba de buscarla.

Una tarde, mientras los niños recogían sus mochilas, Jamie se quedó rezagado.

—¿Encontraste el camino de vuelta? —preguntó con una sonrisa traviesa.

Paul arqueó una ceja.

—¿Cómo sabes que me perdí?

—Porque Peter vino el otro día con las botas llenas de barro.

Paul dejó de guardar los libros.

—¿Y eso qué tiene que ver?

Jamie soltó una carcajada.

—Solo se mete en el bosque cuando alguien necesita ayuda.

Paul negó con la cabeza.

—Eres demasiado listo para tu edad.

—Eso dice mi abuela.

Antes de marcharse, el niño añadió con total naturalidad:

—Le has caído bien.

Paul levantó la vista.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Nadie.

Jamie se encogió de hombros.

—Pero si no le hubieras caído bien, no te habría prestado su chaqueta.

El muchacho salió corriendo antes de que Paul pudiera hacer otra pregunta.

Durante el resto de la tarde no consiguió concentrarse. Ni siquiera pudo conciliar el sueño. Así que, el sábado por la mañana, decidió devolver la prenda.

Preguntó a un vecino por el camino que llevaba hasta la cabaña de Peter y emprendió la marcha con la chaqueta cuidadosamente doblada bajo el brazo.

El sendero era más sencillo de recorrer de día. Aun así, cuando divisó la pequeña casa de piedra entre los árboles, sintió un extraño nerviosismo.

Llamó con suavidad. Nadie respondió. Estaba a punto de marcharse cuando escuchó el sonido rítmico de un cepillo sobre madera.

Rodeó la casa. Peter trabajaba bajo un pequeño cobertizo abierto al bosque. Sujetaba una vieja silla mientras deslizaba la lija con una paciencia infinita.

No levantó la vista enseguida.

—Puedes pasar.

Paul sonrió.

—¿También sabías que era yo?

—No conozco a nadie más que haga tanto ruido caminando.

Paul bajó la mirada hacia el sendero cubierto de hojas.

—Pensaba que estaba siendo discreto.

—No lo eres.

Por primera vez desde que se conocían, Peter sonrió de verdad. Fue apenas un instante, pero transformó por completo su rostro. Paul comprendió, entonces, que aquel hombre debía de haber sonreído mucho tiempo atrás.

Y que la vida, por algún motivo, había conseguido arrebatárselo.

—He venido a devolverte esto.

Le tendió la chaqueta. Peter la observó unos segundos antes de cogerla.

—Gracias.

La dobló con cuidado y la dejó sobre un banco cercano.

Después volvió a la silla. Paul permaneció inmóvil.

—¿Siempre arreglas muebles?

Peter pasó la mano por la madera antes de responder.

—Arreglo lo que otros dan por perdido.

Aquella frase quedó suspendida entre ambos. Paul miró alrededor. El cobertizo estaba lleno de herramientas, tablones, marcos antiguos y muebles esperando una segunda oportunidad.

Todo parecía roto. Y sin embargo, todo parecía tener arreglo.

—Debe de requerir mucha paciencia.

Peter asintió.

—Más paciencia que talento.

Paul sonrió.

—No estoy de acuerdo.

Peter levantó la vista.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque alguien sin talento no habría conseguido que una silla desvencijada estuviera lista para encontrar su hogar de nuevo.

El silencio volvió a instalarse entre ellos. Pero ya no era el silencio de dos desconocidos.

Era el de dos personas que empezaban a sentirse cómodas compartiendo el mismo espacio.

Peter dejó la lija sobre la mesa.

—¿Tomas té?

Paul lo miró sorprendido.

—Pensaba que nunca me lo preguntarías.

Entraron en la cabaña. Mientras el agua comenzaba a hervir, Paul observó los estantes llenos de libros, las fotografías antiguas apoyadas sobre la repisa de la chimenea y un viejo tocadiscos cubierto por una fina capa de polvo.

—No imaginaba que leyeras poesía.

Peter siguió preparando el té.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—La mayoría de la gente tampoco.

Cuando las tazas estuvieron listas, se sentaron junto a la ventana. Hablaron de cosas pequeñas. De la lluvia. Del pueblo. De los niños. De Escocia. De Edimburgo.

Ninguno preguntó por el pasado del otro. Todavía era demasiado pronto.

Cuando Paul se levantó para marcharse, el sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas.

—Gracias por el té.

Peter asintió.

—Gracias por devolverme la chaqueta.

Paul dio unos pasos hacia la puerta. Antes de salir, se volvió.

—¿Puedo regresar otro día?

Peter permaneció unos segundos mirando el fuego antes de responder.

—El camino seguirá aquí.

No era exactamente una invitación, pero tampoco una negativa.

Y para Paul, en aquel momento, fue suficiente.