…también puede besar con la mirada Capítulo 3
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Capítulo 3

D urante los días siguientes, Paul descubrió que el otoño escocés tenía una forma muy particular de engañar a la gente.

Las mañanas amanecían tranquilas, con una luz suave que invitaba a caminar.

Pero bastaba una hora para que el cielo se cubriera de nubes y el viento transformara el paisaje en un lugar completamente distinto.

Aun así, cada tarde salía a recorrer los senderos que rodeaban Glenrosie. Decía que era para conocer el pueblo. En el fondo, sabía que buscaba otra cosa. O, mejor dicho, a otra persona.

Nunca tomaba el mismo camino dos veces, pero siempre acababa mirando hacia las colinas donde había visto aquella silueta inmóvil. A veces le parecía distinguir movimiento entre los árboles. Otras solo encontraba ovejas, cercas de piedra y el rumor constante del viento.

—Te estás volviendo ridículo —murmuró para sí una tarde. Sonrió, avergonzado de sus propios pensamientos, y continuó caminando.

Aquella tarde el sendero lo llevó más lejos de lo habitual. Los árboles comenzaron a cerrarse sobre el camino y el bosque fue tragándose poco a poco la luz. Paul levantó la vista. No reconocía aquel lugar.

Miró hacia atrás. El camino por el que había llegado parecía haberse desvanecido entre la niebla. Intentó orientarse. Giró a la derecha. Después a la izquierda.

Todo era igual. Las mismas piedras cubiertas de musgo. Los mismos troncos. El mismo silencio inquietante.

Notó cómo una fina lluvia empezaba a caer entre las ramas.

—Genial... —susurró.

Aceleró el paso convencido de que encontraría la salida en unos minutos. No ocurrió. La lluvia arreció y el viento empezó a soplar con más fuerza.

Paul comprendió entonces que estaba perdido. No sintió pánico al principio. Solo esa incómoda mezcla de frustración y vulnerabilidad que aparece cuando uno descubre que ha confiado demasiado en sí mismo.

Se refugió bajo un viejo roble mientras intentaba recordar por dónde había venido. Fue entonces cuando vio una luz pequeña y temblorosa moviéndose entre los árboles.

La figura apareció unos segundos después. Alta. Ancha de hombros. Vestida con una vieja chaqueta de lana oscura.

La linterna iluminó fugazmente un rostro serio, curtido por el viento y los años. Una barba de varios días sombreaba una mandíbula firme, y unos ojos grises lo observaron con una mezcla de cautela y resignación.

Como si encontrar excursionistas perdidos formara parte de su rutina.

—Sabía que terminaría pasando —dijo el desconocido con una voz grave y tranquila.

Paul tardó un instante en reaccionar, impresionado por la belleza y la estatura de aquel hombre.

—¿Nos conocemos?

El otro negó con la cabeza.

—No.

Guardó silencio unos segundos antes de añadir:

—Pero llevo varios días viendo al profesor nuevo caminar por sitios donde no debería.

Paul sintió cómo el rubor le subía hasta las orejas.

—Supongo que eso significa que soy fácil de vigilar.

Por primera vez, la expresión del hombre pareció suavizarse. No llegó a sonreír, pero estuvo cerca.

—Un profesor instruido debería saber que este bosque no perdona los despistes.

La lluvia comenzó a caer con más fuerza. Sin decir una palabra más, el hombre se quitó la chaqueta y la dejó sobre los hombros de Paul. El gesto fue tan natural que este apenas tuvo tiempo de protestar.

—No hace falta...

—Sí hace falta. —Aquella voz no admitía discusión.

Paul bajó la vista hacia la prenda húmeda que ahora lo protegía del frío. Olía a leña. A tierra mojada. Y a algo difícil de explicar que, de manera absurda, le transmitía seguridad.

—Soy Paul —dijo mientras retomaban el camino.

El hombre caminó unos metros antes de responder.

—Lo sé.

Paul lo miró sorprendido.

—Claro... Soy el profesor nuevo.

Esta vez sí apareció una leve sonrisa pequeña. Casi invisible.

—Aquí todos sabemos quién eres.

Continuaron avanzando en silencio, como si hubieran creado un acuerdo tácito entre dos desconocidos que todavía no sabían qué podían preguntarse.

Después de varios minutos, el bosque comenzó a abrirse. Las primeras casas de Glenrosie aparecieron al otro lado del prado. Paul dejó escapar un suspiro de alivio.

—Gracias.

El hombre hizo un leve gesto con la cabeza.

—Procura no volver a perderte.

Se dio la vuelta dispuesto a marcharse.

—Espera.

El desconocido se detuvo.

—Jamie tenía razón, ¿verdad?

El hombre frunció ligeramente el ceño.

—¿Sobre qué?

—Tú eres Peter MacLeod.

Durante un instante ninguno de los dos habló. Después, Peter asintió una sola vez y echó a andar de nuevo.

Paul permaneció inmóvil viéndolo alejarse entre la lluvia hasta que su figura desapareció entre los árboles.

No sabía por qué. Apenas habían intercambiado unas pocas frases.

Sin embargo, mientras regresaba lentamente hacia su casa con la chaqueta de Peter aún sobre los hombros, tuvo la extraña sensación de que acababa de conocer a alguien que iba a cambiar su vida.