…también puede besar con la mirada Capítulo 2
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Capítulo 2

D urante los primeros días, Paul empezó a comprender que Glenrosie era un lugar donde las personas hablaban poco, pero observaban mucho.

Cada mañana recorría el mismo camino hasta la escuela.

Saludaba a los vecinos con una sonrisa que casi nunca obtenía respuesta inmediata.

Sin embargo, al día siguiente encontraba el jardín recién arreglado frente a su casa, una barra de pan colgada de la verja o un tarro de mermelada sin nota alguna.

Era la forma que tenía el pueblo de aceptar a alguien.

Con amabilidad, pero nunca con palabras.

Los niños también fueron perdiendo la desconfianza.

Jamie seguía ocupando el pupitre de la primera fila y hacía preguntas imposibles.

—¿Es verdad que en Edimburgo los edificios son tan altos que no se ven las estrellas?

—No tanto.

—¿Y has conocido a alguien famoso?

—Solo a un profesor que corregía exámenes con un chasquido de dedos.

Las risas llenaron el aula. Poco a poco, Paul dejó de sentirse un extraño durante aquellas horas de clase.

Enseñaba Matemáticas, Literatura y Geografía a niños de edades diferentes, improvisando actividades para que todos participaran.

Descubrió que Jamie leía mejor que cualquiera de sus compañeros, aunque fingía lo contrario para no destacar demasiado.

Aquel viernes decidió hacer algo distinto.

—Quiero que escribáis sobre la persona más valiente que conocéis.

Mientras los lápices empezaban a rasgar el papel, Paul paseó entre las mesas observando las primeras frases.

La mayoría hablaba de sus padres y el trabajo en las minas. Alguno escribió sobre un hermano mayor.

Jamie tardó varios minutos en empezar. Cuando terminó, levantó la mano.

—¿Puedo leerlo?

Paul asintió.

—La persona más valiente que conozco es Peter MacLeod. Hace dos años me caí al río. El agua estaba muy fría y no podía salir. Él se tiró sin pensarlo, me sacó y me llevó hasta casa de mi abuela. Luego se fue sin esperar las gracias. Mi abuela dice que siempre aparece cuando alguien lo necesita.

El aula quedó en silencio. Paul dejó el cuaderno sobre una mesa.

—¿Es bombero?

Jamie negó con la cabeza.

—No.

—¿Médico?

—No.

—Entonces ¿qué hace?

El niño se encogió de hombros.

—Vive solo.

La respuesta provocó algunas risas, pero Jamie continuó muy serio.

—Arregla muebles. Corta leña. Ayuda cuando alguien se pierde en el bosque. Casi nunca baja al pueblo.

—¿Y por qué?

—No lo sé. Mi abuela dice que antes era diferente.

Aquella frase quedó suspendida en el aire. Antes era diferente . Esa palabra tan conocida y aterradora a la vez. Esa palabra que siempre había acompañado a Paul, que conocía tan bien.

Paul siguió con la clase, pero el nombre de Peter MacLeod y esa palabra —diferente— permaneció dando vueltas en su cabeza el resto del día.

Al terminar las clases decidió regresar caminando por un sendero distinto.

El otoño empezaba a teñir de cobre las colinas y el aire olía a tierra húmeda. Anduvo sin prisa, disfrutando por primera vez del paisaje, hasta que la senda comenzó a estrecharse entre los árboles.

Fue entonces cuando volvió a sentir aquella sensación. La de no estar solo. Se detuvo. Miró hacia la ladera. Entre los troncos distinguió durante apenas un instante la silueta de un hombre. Alto. Inmóvil. Observándolo.

Paul dio un paso hacia delante. La figura desapareció.

Durante unos segundos permaneció allí, escuchando únicamente el viento. Cuando reanudó la marcha sonrió para sí mismo. Ahora ya sabía su nombre.

Peter MacLeod.

Y, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, tenía la impresión de que también Peter sabía el suyo.