Capítulo 1
L o primero que a Paul Lennox le llamó la atención de Glenrosie no fue la lluvia ni el frío, ni siquiera aquella sensación de haber llegado al final del mundo.
Fue el tren alejándose sin él.
El traqueteo metálico se perdió entre los árboles, y Paul se quedó solo en el pequeño andén, con una maleta en la mano, el abrigo mal cerrado y el corazón todavía más desordenado que el equipaje que había hecho de prisa y corriendo.
No había nadie esperándolo. Ningún cartel de bienvenida, ninguna voz pronunciando su nombre, ningún gesto que le hiciera pensar que aquel pueblo escocés lo acogía de verdad.
Solo lo había recibido el viento.
Y el silencio.
Tenía veintiséis años, una plaza de profesor en la escuela local y demasiadas cosas de las que no quería hablar. Había dejado Edimburgo con una carta a sus padres, tres casetes de Nick Drake y la ridícula esperanza de que la distancia pudiera ordenar lo que él no había sabido defender.
A medida que avanzaba, Glenrosie apareció ante él como una fotografía antigua de casas de piedra, tejados oscuros, ventanas pequeñas y una única calle principal.
Al caminar, Paul tuvo la impresión de que todas las cortinas se movían a su paso.
Nadie salió a saludarlo, pero todos parecían saber que había llegado.
La casa que le habían asignado estaba al final de una calle estrecha, junto a un seto descuidado. La llave, tal como decía la carta de Moira, esperaba bajo una piedra húmeda.
Paul abrió la puerta y entró. El interior olía a humedad y a habitaciones cerradas, cubiertas de polvo.
No era una casa acogedora pero tampoco hostil.
Más bien parecía una casa que llevaba años esperando sin demasiada fe a un nuevo inquilino.
En el salón había un sofá de flores horteras y descoloridas, una radio antigua y una ventana desde la que se veían las colinas cubiertas de niebla.
Dejó la maleta en el suelo y permaneció quieto unos segundos.
—Bueno —murmuró—. Aquí estamos.
Preparó té en una tetera azul desconchada y lo bebió de pie, junto a la cocina, en una taza agrietada que decía Good Morning, Sunshine . La frase le pareció tan absurda que casi sonrió.
Casi.
Después recorrió la casa despacio. Eligió la habitación más pequeña, porque siempre había preferido los espacios donde no sobraba nada. Luego se sentó en el borde de la cama, agotado. Afuera empezaba a llover con suavidad, golpeando el cristal como unos dedos impacientes. Toc, toc, toc, toc.
Pensó que tal vez aquel lugar podía ser un refugio. O una condena. Todavía no lo sabía.
***
La escuela era un edificio pequeño, de puerta roja descolorida y ventanas estrechas, cerca del centro del pueblo.
Moira, la directora, lo esperaba en la entrada. Era una mujer de moño alto, mirada severa y una carpeta apretada contra el pecho.
—Paul Lennox, supongo.
—El mismo.
Ella no sonrió.
—Quince niños. Edades mezcladas. Algunos aprenden, otros no tanto. Procura no ilusionarte demasiado. Tenemos pocos medios y aquí la mayoría de ellos acabarán trabajando en el carbón.
Paul parpadeó.
—Haré lo posible.
Moira lo condujo hasta el aula. Había mesas desiguales, una pizarra negra, mapas amarillentos y un globo terráqueo cubierto de polvo. Paul se quedó solo unos minutos mirando aquel espacio que debía convertir en algo parecido a un aula.
Poco después empezaron a llegar los niños.
No entraron con entusiasmo, sino con cautela. Lo observaron del mismo modo que se escudriña a alguien que quizá no dure mucho, como había sucedido con los otros profesores.
El primero en acercarse fue un chico pelirrojo, pecoso, con una chaqueta demasiado grande.
—¿Tú eres el nuevo?
—Depende —respondió Paul—. ¿Tú eres el que manda aquí?
El niño lo miró con suspicacia. Luego sonrió.
—Soy Jamie. Y no me gustan los profesores raros.
—Entonces tendremos que negociar.
La clase empezó con torpeza, como empiezan casi todas las cosas importantes. Paul no intentó impresionarlos. Les pidió que dijeran la palabra más fea del mundo. Uno dijo «lunes». Una niña dijo «calcetín». Jamie, después de pensarlo, dijo:
—Soledad.
Paul no respondió enseguida. Solo asintió.
Al salir durante el recreo, se apoyó junto a la puerta y observó a los niños correr hacia el patio, que no era de cemento, sino de hierba que el viento movía haciéndola parecer olas oscuras. Fue entonces cuando sintió una mirada.
Levantó la vista hacia la colina. Entre los árboles, una figura permanecía inmóvil.
Un hombre alto, vestido con ropa oscura, observaba desde la distancia. No hizo ningún gesto. No se ocultó. Simplemente estaba allí, como si formara parte del paisaje y, al mismo tiempo, lo dominara.
Paul parpadeó.
Cuando volvió a mirar, la figura ya no estaba.
Esa noche, de regreso a casa, el pueblo parecía más silencioso que antes. Encendió la estufa, se sentó en el suelo y pensó en sus alumnos, en la acertada palabra de Jamie, en Moira, en Edimburgo, en el rechazo de sus padres al saber que era gay, en todo lo que había dejado atrás.
Pero, sobre todo, pensó en el hombre de la colina.
No sabía quién era.
No sabía por qué lo había mirado.
Y, sin embargo, mientras la madera crujía bajo sus pies y la lluvia volvía a golpear la ventana, Paul tuvo la certeza de que Glenrosie acababa de mostrarle su primer secreto.