Capítulo 6
... Y la primera madrugada
D e tanto estar sobre el costado contra el que ella había descargado toda su furia, volvían a dolerle las costillas casi tanto como la primera noche.
La diferencia era que, durante aquella, solo podía pensar en la que se le habría caído encima en caso de que la histérica se hubiera hecho el más mínimo daño.
¡Aún recordaba la primera vez que vio dislocarse un codo tras un bloqueo con la palma!
Por lo que se había limitado a intentar protegerse el hígado.
Mientras que esa noche su único pensamiento era muy distinto. Si bien, tampoco le dejaba dormir.
Al final decidió darse la vuelta para poder aliviar la presión sobre el costado dolorido.
Ella había dejado de moverse hacía ya un buen rato, por lo que supuso que debía de estar dormida al otro lado de la cama.
¡Nada más lejos de la realidad! Pues en sus ojos abiertos se reflejaba la exigua luz que entraba desde la calle, dotándolos de un brillo en el que se quedó colgado durante unos segundos.
—Hola —bisbiseó Elvira, sin saber bien si no hubiera sido mejor hacerse la dormida cuando él empezó a moverse.
—Hola. —No quería ni pestañear; una parte de su interior necesitaba contemplar esa imagen el mayor tiempo posible. Ella, con su pelo algo revuelto, una sonrisa suave y las manos juntas bajo la almohada, era la imagen más hipnótica, sensual, dulce y peligrosa que jamás había contemplado.
—¿Los moretones que tienes en el costado también son por mi culpa? —Elvira tragó saliva al darse cuenta de que, al preguntarlo, ella misma había confesado que le miró mientras se quitaba la ropa para meterse en la cama—. ¿Aún te duelen?
—No —aseveró, sin poder evitar pellizcarse la punta de la nariz.
—Mientes. Siempre que haces ese gesto es porque no piensas lo que estás diciendo. Me di cuenta recordando las tonterías con las que descartabas los animales que me gustaban.
—¿Tanto has pensado en ese día?
—¿Y tú?
Ambos reconocieron en el silencio de la habitación la respuesta que el otro se negaba a admitir en voz alta.
—Alquilé este piso tras irme de la casa en la que vivía con...
—A pesar de que Pérez sabía que el motivo por el que se mordió el labio era tan solo haber estado a punto de decir un nombre que no quería recordar en ese momento, él lo sintió como una tortura que le robaba el aire y le encogía el estómago—.
Desde entonces las únicas personas que he dejado que entraran son mis amigas. Tú eres el primer hombre que lo hace.
Un calmado silencio volvió a apoderarse del espacio, mientras susurraba deseos y verdades que no se sentían capaces de repetir en voz alta, por miedo a que el momento se evaporara sin dejar ninguna prueba de su existencia.
—Quizá hubiera sido más sensato haberme ido después de acabar la película —logró al fin susurrar Pérez, temiendo que al hacerlo ella le diera la razón.
—O quizá debí decirle a mi hermana que no podía llevarse mi coche —rebatió Elvira, en el mismo tono.
—Pero no lo hiciste.
—Y tú te quedaste.
—Me lo pediste.
—¿Fue solo por eso?
—Cuando acepté que nuestro binturong llevara zapatos debiste darte cuenta de que me es casi imposible negarte nada.
—¿Así que bastaría que te pidiera que me abrazaras para que lo hicieras?
—¿Ahora?
—Por ejemplo.
—Si me lo pidieras ahora mismo, te diría que a veces, cuando tenemos sueño, tomamos malas decisiones.
—¿Crees que sería una mala decisión hacerlo?
—No, creo que la mala decisión sería negarme a ello.
Elvira sonrió sabiendo que tenía su respuesta a esa pregunta que tanto miedo le daba hacer. Así que, tal y como decía su psicóloga, cerró los ojos, se concentró en sentir su respiración y dio un paso.
—Abrázame, por favor.
Cuando se acostumbró al calor de la piel de Pérez junto a la suya, abrió los ojos para descubrir que las primeras luces del amanecer comenzaban a iluminarlos.