…también puede besar con la mirada Capítulo 5
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Capítulo 5

La primera noche...

D esde que Elvira se había ido a dormir a su cama, aquel sofá parecía bastante más duro y pequeño.

E incluso la habitación, en la que durante la película habían tenido el aire acondicionado puesto, se sentía mucho más fría.

Pese a ello, Pérez intentó dormir tanto como pudo, pensando que a pocos metros se encontraba una mujer que necesitaba espacio y tiempo para recuperarse de unas heridas que a él le eran desconocidas.

Aunque, por desgracia, estaba fracasando de manera estrepitosa; el sueño le era tan esquivo como presentes se le hacían los recuerdos del calor que emanaba su cuerpo cuando le abrazó tras saber que se quedaría a pasar la noche.

Cerró los ojos e intentó acomodarse de forma que el antebrazo le cubriera la cara.

Si al final conseguía dormirse, lo que menos le apetecía era que le despertase el sol de la mañana.

¡Suficiente tenía ya con la luz de la farola que se filtraba a través del visillo del ventanal del salón!

Cuando, algo después, el cosquilleo de los dedos le empezaba a indicar que debería volver a cambiar de postura, una voz le obligó a hacerlo de forma súbita.

—Te hubieras peleado con él, ¿verdad?

Decidió darse despacio la vuelta hacia el lugar de donde provenía la pregunta.

Así podría ganar unos segundos para pensar cómo contestar de la forma menos comprometida posible; aunque, al verla iluminada por la luz de la calle, vestida con una simple camiseta de algodón que apenas le cubría las caderas, comprendió que lo más difícil del momento no sería encontrar la respuesta apropiada.

—No lo hice —afirmó, mientras analizaba si era mejor permanecer tumbado para que ella se mantuviese a distancia, y no fuera a sentarse junto a él.

—Pero lo habrías hecho. Si yo no salgo corriendo de allí, habrías acabado peleando.

—Es... probable.

—Entonces hice bien en huir. No me perdonaría que te pasara algo por mi culpa.

—No creo que hubiera logrado tocarme. —Sonrió al ver la expresión de extrañeza en el rostro de Elvira—.

Era quinto dan en taekwondo. O sea, soy, solo que llevo mucho sin competir.

Aunque sigo entrenando, no de forma oficial, pero me mantengo.

Y él, bueno... me pareció verle un poco...

perjudicado. —Se pasó el dedo índice por debajo de la nariz a fin de explicar a qué se refería.

—Antes no era así, ¿sabes? Es decir, cuando empecé con él era un buen chico.

Estudiaba Hostelería y trabajaba los fines de semana haciendo extras en uno de los bares del pueblo.

Al poco de estar juntos se metió como socio en un restaurante y, pasado un tiempo, los otros le vendieron su parte.

Creo que ahí es cuando empezó a consumir.

—No necesito explicaciones.

—¡Pero quiero dártelas! —protestó, dando una patada al suelo—.

No me apetece que pienses que yo estaría de buen grado con un cocas.

No me enteré de que consumía hasta poco antes de romper con él.

—Estaba nerviosa, se notaba incluso en la penumbra.

No hacía falta mucha luz para percatarse de la fuerza en sus manos, su manera de morderse el labio o el ligero temblor de sus pies.

Y el silencio en el que permanecía Pérez no ayudaba a evitarlo—.

Hace un rato me dijiste que, si después de dormir seguía queriendo contarte mi historia, me escucharías. ¿Sigue en pie la oferta?

—¿Y ya has descansado suficiente?

—Más que cualquier otra noche de los últimos meses.

—Pues yo aún no.

—¡Va de coña!

—Para nada, este sillón no es tan cómodo como parecía.

—¡Joder! ¿Y no puedes venirte a mi cama? —Se acercó hasta él y le cogió de la mano—. ¡Vamos, anda! De verdad. —Tiró intentando levantarle, pero Pérez solo cedió lo justo como para quedarse sentado.

—No voy a irme a tu cama. Es tu casa, no voy a dejarte dormir en el sillón.

—¿Solo es por eso? —preguntó, con los brazos en jarras.

—¿No te parece suficiente?

—¡Menuda estupidez! Es una cama de metro ochenta de ancho; cabemos los dos de sobra. ¡Vamos! ¡A la cama! —ordenó, tirando de nuevo de su mano.

Pérez se maldijo por no haber tenido mejor tino al expresar los motivos por los que no quería dejar el sillón. Aunque, a la vez, valoró que, si la cama era así de grande, no sería muy complicado mantener la distancia entre ambos.

—No tengo pijama. —Incluso a él le sorprendió cuando una evidencia como esa brotó de sus labios sin casi pensarla.

—¡Venga ya! A otro con esa tontería. ¿O acaso ahora me vas a decir que nunca has dormido en calzoncillos?

Sí lo había hecho, muchas veces, pero jamás con una mujer a quien el más mínimo movimiento hacía que la camiseta se le subiera hasta dejar ver el encaje de lo que, estaba seguro, era un culote negro.

—Está bien —claudicó—. Pero date la vuelta mientras me desnudo, soy un chico muy tímido —arguyó, con una voz impostada, a la vez que pensaba en que, con suerte, de ese modo podría disimular que su cuerpo no entendiese que se trataba solo de compartir cama. Nada más.

La había defendido. Por fortuna, no necesitó hacerlo por medio de la violencia, pero estaba segura de que, de ser necesaria, no dudaría en usarla.

Y también se quedó a dormir cuando se lo pidió.

E incluso se aguantó más de medianoche en un sofá que a ella misma, algo más menuda que Pérez, le dejaba molida la espalda.

Anotó en su cabeza que a la mañana siguiente debería pedirle también disculpas por eso, ¡e invitarle a un buen desayuno!

Aunque antes tendrían que hablar; llevaba mucho tiempo cargando con el miedo de que Ángel volviera a hacerse presente, y que el primer día en que había vuelto a dirigirle la palabra estuviera en medio Pérez era algo que le parecía injusto.

Él era un buen chico, se le veía a lo lejos.

Y que se mantuviera tan pegado al borde de la cama que daba la impresión de que iba a caerse lo ratificaba.

Elvira conocía a muy pocos hombres que no se aprovecharan de la situación para aproximarse con ganas de elevar la temperatura de la habitación.

Antes de salir con Ángel, tuvo que parar las manos a muchos, a casi todos en realidad; y si claudicó la primera noche que su ex tuvo la oportunidad de acostarse con ella fue porque él era uno de esos chicos que se las llevaba a todas de calle con tan solo una sonrisa y cuatro miradas; a todas, y sin importarle si eran de otro, o si ella le estaba esperando en casa.

Algo de lo que Elvira solo se dio cuenta cuando era demasiado tarde, tanto que para entonces se sintió más incapaz de suspender la boda que de mirar hacia otro lado.

Hasta qué punto prefirió hacerse la tonta era una de las cosas que más le había costado asumir.

Sobre todo, tras ser consciente de que, si la primera vez que pensó que él le estaba poniendo los cuernos no se hubiera dejado convencer de que era una paranoica, nunca habría llegado el día en el que tuvo que admitirse que, de no romper en aquel momento, su vida se convertiría en un infierno.

Todo empezó justo después de acabar con los cursillos prematrimoniales.

En ellos, una de las cosas que les dijeron era que debían entender las situaciones duras por las que pasaría el otro a lo largo de la vida, y acompañarle facilitándole el camino mientras estuvieran juntos.

Por eso decidió hacer algo por Ángel, pues para cubrir los gastos de la última reforma del restaurante y de la boda, había empezado a servir también desayunos; con lo que algunas noches, en especial los fines de semana, terminaba tan cansado que se quedaba a dormir en el sofá que se había instalado en el almacén.

Lo planeó durante semanas. Diseñó mil planos sobre cómo reorganizar el espacio para sacar una pequeña sala con ventilación a la calle a través de uno de los ventanucos que daban a la parte de atrás del edificio.

Vio cientos de vídeos sobre cómo montar una pared con lamas y celosías.

Compró el sofá cama, estanterías... incluso una pequeña mesa para poder comer los dos juntos, tranquilos, cuando pudieran coincidir entre servicios.

¡Y hasta consiguió que todos los repartos fueran un día que cerraban el restaurante por descanso del personal y Ángel tenía preparada una salida en moto con amigos!

Así que, llegada la hora, usó las llaves que la noche anterior había escamoteado de la chaqueta de Ángel, sabiendo bien que esa mañana él ni tan siquiera se molestaría en tocar esa vieja zamarra que solo se quitaba para ponerse el mono de Alpinestar.

Todo empezó bien. Los repartidores llegaron a la hora marcada, con los pedidos completos y en buen estado. Pero con lo que ella no había contado es que tendría que mover algunas cajas pesadas sin ayuda, y menos todavía con lo que encontraría en el interior de las que estaban más pegadas a la pared.

Para cuando Ángel, avisado por la alarma silenciosa del local —de la que Elvira no sabía nada— llegó al restaurante, la mujer que hasta ese día pensaba que sería su esposa estaba en medio de un ataque de ansiedad, tirada en el suelo, rodeada de varios paquetes cuyo contenido no tenía la más mínima duda de lo que era...

había visto demasiadas docuseries sobre aduanas.

Lo que su cabeza aún en ese momento era incapaz de admitirse es que su prometido estuviera al corriente de ello.

Pensaba que era una traición de alguno de los empleados, o incluso de alguno de esos amigos con los que Ángel tenía tanta confianza que les permitía entrar al almacén a coger ellos mismos las botellas de vino o los licores con los que siempre agasajaba a los comensales.

No se dio cuenta de la farsa en la que vivía hasta que él la amenazó con que, si iba a la policía, diría que ella era socia en ese negocio alternativo y luego mandaría a alguien bien preparado para, con suerte, solo enviarla al hospital.

Después de aquel día llegaron las mentiras, la mayor de ellas convencer a todos de que había sido él quien rompió el compromiso; así se ahorraba explicar los porqués.

Las visitas a la psicóloga, al principio para aprender a tranquilizarse, más tarde para descubrir cosas importantes.

Que sus amigos no eran tan malos como él la había hecho ver.

Que ella era buena por sí misma, no por estar con Ángel.

Que él no era el único que podía llevar las finanzas de ambos.

Que aquello que no le gustaba en la cama no era imprescindible para que cualquier hombre aceptase quedarse a su lado.

Que no siempre estaba equivocada. Que no tenía por qué dejar de ser ella misma solo para adaptarse a lo que él quería que fuera.

Y los entrenos, esos que le hacían sentirse segura si, llegado el momento, no podía salir huyendo.

En definitiva, tras meses de terapia fue consciente de que junto a Ángel fue víctima de un maltrato que cada vez se acercaba más a un punto sin retorno.

Y la primera persona con la que de verdad se había sentido con fuerzas para contárselo era justo el hombre con el que en ese momento estaba compartiendo cama de la manera más casta y aséptica que jamás hubiera imaginado.

Lo cual, en cierta forma, estaba empezando a exasperarla: llevaba mucho tiempo sin sentirse tan a gusto como cuando Pérez la abrazaba.

Solo que tampoco podía pedirle sin más que volviera a hacerlo, ¿verdad?