Capítulo 4
... O tal vez no
L a encontró tras la siguiente esquina, agazapada en la entrada de una tienda cerrada, con un ataque de ansiedad que apenas le permitía hablar o moverse.
Se sentó a su lado y la abrazó. Su experiencia le decía que aquel hombre no los iba a seguir; ya había conseguido lo que quería: asustarla.
No obstante, se mantuvo atento a cualquier señal de que estuviese equivocado.
Tardó casi diez minutos en conseguir que ella respirara de forma relajada, y otro tanto en que se levantase del sucio suelo.
Cuando lo hizo, el rostro alegre de Elvira parecía no haber existido nunca, ni tampoco su cara de enfado o la de sorpresa; solo una nada opaca que le quitaba el brillo de la mirada.
—Vamos a mi coche.
Al principio no dijo nada; se limitó a dejarse guiar cual cordero. Solo reaccionó cuando le pareció que Pérez conducía hacia la salida del pueblo.
—¿Dónde vamos?
—A cualquier sitio. Te recuerdo que no sé tu dirección, y tampoco era plan de quedarnos parados, ¿no crees? ¿O es que te apetece ir a algún lugar especial?
—Tenemos que avanzar con el trabajo.
—Podemos dejarlo para otro día.
—No, no, por favor. No... Necesito olvidarme, hacer las cosas que haría si no hubiera... —Se calló. No tenía fuerzas para decirlo, y Pérez supo que tampoco era el momento de intentar sacárselo—. Yo te guío, da la vuelta en la siguiente rotonda.
Le hizo caso. Aunque él pensara que alejarse la ayudaría a recuperar la sonrisa, no podía llevársela en contra de su voluntad; eso solo empeoraría su estado. Por lo que acabaron en casa de Elvira, un pequeño apartamento con cocina americana, decorado de una forma bastante impersonal.
A medida que avanzaba la tarde, las discusiones —que fueron desde la longitud de los bigotes del binturong hasta si debía o no tener nombre— pasaron de puntillas sobre lo ocurrido con aquel tipo.
Sin embargo, en cierto modo, la sombra de la reacción que Elvira había tenido planeaba en el ambiente tanto como en la cabeza de Pérez seguía repitiéndose esa palabra que no debería importarle.
—Temo que por hoy no podemos avanzar más. Necesitaremos que Teresa nos conteste al correo de dudas. Y no creo que lo haga hasta el lunes. Además, debería irme; empieza a ser tarde y no quiero pillar caravana de vuelta a Madrid.
—No suele haberla —se apresuró a señalar Elvira—. Bueno, por las mañanas de diario sí, como en todas las carreteras de acceso. Pero tienes razón al decir que se nos ha ido la hora; debería haberte invitado a tomar algo, seguro que estás famélico.
—A ver, después de la comida que nos hemos metido, sería imposible que hubiera podido tomar nada más que agua.
—Da igual, insisto. Además, no hemos hablado sobre lo nuestro.
—¿Lo nuestro? —repitió, incómodo, levantando una ceja sin saber muy bien a qué se refería.
—Sí, claro, el rollo este de los libros y las pelis. Seguro que tienes alguna pensada. Quizá incluso podamos verla ahora, pedimos unas pizzas y...
Era un ruego. No quería quedarse sola. Y a él tampoco le parecía buena idea que lo hiciera; no sin estar seguro de que pasaría bien la noche.
—¿Pizza de verdad?
—¿Lo preguntas en serio? ¡Estás en un pueblo lleno de universitarios! Tenemos toda clase de pizzas que te imagines, desde congeladas en el súper hasta hechas por italianos en hornos de piedra.
—¿Con piña?
—Si quieres...
—Me encanta la piña.
—A mí también —admitió, a la vez que en sus labios se dibujaba la primera sonrisa verdadera de toda la tarde.
—Entonces, no puedo negarme.
—¡Genial! Voy a por el teléfono para ver quién tiene hoy envío a domicilio. Tú ve pensando con qué historia me vas a dar la turra intentando que admita que el libro es muchísimo mejor que la película.
—Eso lo tengo claro desde hace un par de días: Stardust .
Terminaron de ver la película al filo de la medianoche.
Para entonces, los restos de la pizza reposaban en la mesita frente al sofá donde se sentaron a verla mientras cenaban.
Si bien ahora el único que seguía en una posición parecida era Pérez, pues Elvira estaba tumbada de lado y con las rodillas pegadas a su pecho; algo que él no sabría decir si era una posición habitual en ella o si estaba intentando no incomodarle poniéndole los pies encima.
—¿Qué te ha parecido?
—Cuando me dijiste que al principio fue un cómic me esperaba otra cosa, algo más Marvel o DC.
—No ibas tan desencaminada, la serie original la sacó DC.
—Pero no tiene nada que ver con los superhéroes.
—Podría decirse que Tristán lo es, ¿no crees?
—¡Para nada!
—Y Humphrey es, en verdad, Henry Cavill.
—¿Cómo? —Saltó ella, poniéndose de rodillas sobre los cojines y acercando la cara a la de Pérez—. ¿Hablas de Henry Henry, del hombre de acero, del tío bueno más bueno y macizorro del mundo?
—Tanto no lo será cuando no le has reconocido —replicó, con aires de suficiencia, solo por picarla.
—Ponla de nuevo —pidió, amenazante, cogiéndole un costado de la camiseta con los puños—. Desde el principio. Y párala cuando aparezca; seguro que te has equivocado de personaje.
—Como desees. —Nada más decirlo se acordó de otra historia que le gustaría compartir con ella.
En esta ocasión, Elvira no se colocó al otro lado del sofá, sino que se quedó junto a él, sujetándole aún la camiseta con una mano y recostada contra su brazo.
Para cuando apareció en la pantalla el rostro de Henry Cavill, era evidente que ya estaba dormida.
Así que Pérez, en lugar de espabilarla, se movió lo justo para que él también pudiera caer en los brazos de Morfeo sin que le despertara un cosquilleo en alguna extremidad.
Sabía de sobra que aquella no era la mejor forma de conciliar el sueño, pero también que, de no estar él en la casa, Elvira habría pasado la noche en vela.
Por lo que cerró los ojos intentando no pensar en nada de lo que había sucedido; algo bastante complicado con el cuerpo de ella separado del suyo por tan solo un par de capas de tela.
Y más aún cuando no podía negar que fuera una mujer atractiva.
¡Incluso mientras parecía no pretender sacar partido a sus encantos se te iban los ojos hacia ella!
Sin quererlo, por su cabeza empezaron a desfilar las imágenes de Elvira cada vez que había acaparado toda su atención.
Pronto se dio cuenta de que no era una buena idea, por lo que, incómodo, se revolvió lo suficiente como para que ella se despertara.
—Perdón, me... me quedé traspuesta, ¿verdad?
—Solo un poco.
Con el pelo revuelto, la camisa arrebuñada y los ojos entrecerrados, Elvira se separó de él hasta sentarse en el borde del sofá.
En silencio. Sin moverse más de lo necesario para respirar.
Y con esa mueca en los labios que Pérez ya había identificado como señal de que andaba dándole vueltas a alguna idea.
Así que se limitó a observarla, aunque se moría por saber lo que estaba creándose en su cabeza.
—Es tarde... —comenzó a bisbisear—. No debí pedirte volver a poner la película. Apuesto a que, hasta hace un momento, tú también estabas dormido, ¿cierto?
—Más o menos.
—Debiste despertarme.
Pérez se limitó a encoger los hombros antes de dar la respuesta más sincera y menos dolorosa posible.
—Creí que necesitabas descansar.
Era cierto. Llevaba muchos meses sin hacerlo.
Noches enteras en blanco o despertándose sobresaltada.
Sobrevivía a base de somníferos que no impedían que las pesadillas inundasen sus sueños.
Y, sin embargo, justo el día en el que Ángel la hablaba, era el único en el que se había quedado dormida sin quererlo.
Dirigió su vista a la nota discordante, a esa diferencia con el resto de las noches. Pérez, con un rictus calmado, le devolvió la mirada.
—Rompí con él tres meses antes de la boda. Aunque todos piensan que fue Ángel quien me dejó.
—No tienes que darme explicaciones.
—Pero quiero hacerlo. Llevo demasiado tiempo callando y... creo que lo necesito.
—A veces, cuando tenemos sueños, tomamos malas decisiones.
Y que conste que no estoy diciendo que contarme tus cosas sea una mala decisión, solo que quizá hoy no sea el día para hacerlo.
Tal vez deberías meterte en la cama, descansar y, si mañana sigues pensando igual, estaré encantado de escuchar tu historia.
No pudo evitar sonreír. ¡Si hubiera estado ahí cualquiera de sus amigas, habría matado a Pérez por esas palabras!
Ellas ya habían desistido de que les contara por qué se anuló la boda cuando ya tenían incluso la prueba del menú.
Los primeros meses habían intentado enterarse con tanto ahínco que, a pesar de que Elvira sabía que solo les movía la preocupación, llegó a amenazarlas con irse del pueblo si seguían sacando el tema. Sin embargo, él...
Fue una sonrisa distinta a las otras. Quizá porque tenía una mezcla de amargura y diversión, o tan solo porque ese momento era diferente al resto, aunque Pérez no supiera explicar la causa.
En cualquier caso, aquella sonrisa hizo que necesitara abrazarla más de lo que unas horas antes había necesitado protegerla de ese tipo que no hacía honor a su nombre.
Solo que también era sincero al decir que, en momentos así, se tomaban decisiones las cuales, tras unas horas de sueño, no se recuerdan como acertadas.
—Debería irme. Aún tengo que coger el coche, llegar hasta Madrid... Y es tarde. —Un razonamiento tan lógico como cierto, solo que su cuerpo no acompañó a sus palabras; parecía seguir atrapado en la visión de ella.
—Quédate, por favor.
La vio cerrar los ojos mientras lo decía y sintió cómo su cuerpo se estremecía a la vez que movía los labios. Justo después, le inundó un miedo irracional; uno que solo aparece en los momentos en los que sabes que deseas algo que tendrías que evitar.
—Deberías dormir —consiguió pronunciar, tras tragar saliva.
—Quédate, por favor. Sé que si no lo haces no dormiré. Si quieres puedes incluso usar mi cama, yo me quedo aquí, en el sofá.
La tranquilidad que le dio entender que Elvira no pretendía que durmieran juntos no le valió para mucho al saber que la opción era pasarse toda la noche en una cama que tendría olor a ella.
—Elvira...
—Por favor —le interrumpió, a punto del llanto—. Quédate —musitó, casi como un último aliento antes de la derrota final.
—Solo si me quedo yo en el sofá. Necesitas dormir.
Al momento, ella volvía a estar pegada a su cuerpo, fundida con él en un abrazo que Pérez, sin saberlo, también llevaba mucho tiempo necesitando.