…también puede besar con la mirada Capítulo 3
47%

Capítulo 3

La verdadera primera sesión...

T ardaron dos semanas en poder volver a reunirse.

Durante esos días, Elvira se había dedicado a crear el diseño de la mascota usando los mismos programas de edición de imágenes y vídeo con los que hacía las propuestas para los clientes de sus jefes, una pareja de vendehúmos con los que ya estaba harta de trabajar como secretaria multiusos.

Desde el encuentro en el zoo, la relación entre ellos parecía haberse normalizado: intercambiaron los teléfonos, usaban una aplicación de mensajería móvil para hablar sobre el proyecto...

Y, de alguna forma que ninguno de los dos hubiera sabido decir cuál, parecían buscarse.

Esas conversaciones intrascendentes habían comenzado al día siguiente de su primera charla cordial; cuando Pérez le envió un mensaje para decirle que acababa de ver la película del pulpo Marcellus, y ella le contestó con la portada del libro que se había comprado el día anterior al volver a casa.

Una vez que lo terminó, pasaron a hacer lo mismo con la película Clueless y el libro Emma y, después, llegó el turno de Ready Player One , siempre seguidas de una pequeña discusión sobre lo mejor y lo peor de cada formato.

Y, si bien Elvira llevaba muchos años sin leer tanto en tan poco tiempo, estaba deseando que en cualquier momento apareciese la oportunidad de poder empezar con otra comparativa; o, tal vez, tener otra excusa para hablar con él de algo que no fuera un trabajo en el que no podrían avanzar mucho más mientras no adelantaran contenido en las clases del máster.

Por su parte, Pérez parecía haberse quitado de encima un peso que no sabía que llevaba.

Desde que se dio cuenta de que el trabajo por el que tanto había peleado no le llenaba, vivía con el temor de haber perdido esa chispa que te hace ir un poco más allá cada día.

Y, sin embargo, las dos últimas semanas no necesitaba ni que sonara la alarma; pues, antes de llegar la hora, se despertaba solo para comprobar si tenía en el móvil algún mensaje nuevo enviado por ella.

Tal y como había sucedido esa misma mañana:

Uff... No te lo vas a creer.

Acaba de llegar mi hermana a por las llaves de mi coche,

que el suyo está sin ITV y mañana tenía que llevar a su suegra

al pueblo con los niños para no sé qué de la casa de allí.

¡Y ni se ha molestado en preguntar si lo iba a necesitar!

Le he abierto, y las ha cogido del bol de la entrada

¡antes incluso de explicarme qué estaba haciendo!

Y, como soy tonta, pues eso,

que no tengo forma de bajar a Madrid.

¿Te importa si vemos lo de los vectores otro día?

O por videoconferencia, como prefieras.

¿Y si voy yo a tu casa?

El cosquilleo que sintió en la punta de los dedos nada más enviar el mensaje le llevó a intentar borrarlo, pero, antes de que acertara con la combinación de pasos para logarlo, el doble tic cambió de gris a azul.

Sin darse cuenta de que lo hacía, aguantó la respiración el tiempo en el que apareció y desapareció varias veces el bocadillo con los tres puntos, se maldijo por no haberse pensado mejor la respuesta y se autojustificó otras tantas veces que la situación entre ellos no era, ni de lejos, tan mala como al principio, por lo que su proposición ni rompía norma alguna ni, menos aún, podía dar lugar a un malentendido.

He quedado a almorzar con unos amigos.

Cocina Asier, el novio de Eva.

Son con los que te dije que había hecho

una especie de Emma .

Pérez recordaba aquella conversación. Lo que no entendía era qué tenía que ver con su pregunta; salvo que fuera una excusa para establecer una barrera, quizá añadiendo un nuevo impedimento a haberse quedado sin coche.

Así que comenzó a escribir un sencillo «Lo entiendo.

Hablamos entonces esta semana para ver si encontramos otro hueco», solo que, antes de enviarlo, apareció un nuevo mensaje en la pantalla:

Así que, si me haces el favorazo de subir tú hasta aquí,

te lo pago pidiéndole que ponga un plato más a la mesa.

El «¿llevo algo?» fue lo único que consiguió escribir antes de levantarse de la cama rumiando un «mierda, mierda, mierda...

», que siguió rondando por su cabeza hasta que llegó a la dirección que ella le envió horas más tarde, llevando de regalo al anfitrión un par de libros que saldrían a la venta esa misma semana.

Para su tranquilidad o, tal vez, para su total y completa falta de cordura, la comida con los amigos de Elvira resultó mucho más agradable y distendida de lo que había imaginado.

No obstante, y siendo evidente que Eva y Asier querían quedarse solos, decidió acortar la sobremesa alegando que él había ido hasta allí para avanzar con el trabajo.

Así que Elvira y Pérez se marcharon nada más tomar el café.

—Mi coche está en la calle esa de ahí —explicó cuando, al llegar al portal, su compañera echó a andar en dirección contraria.

—¡Ah! Perdona, como dijiste que aparcaste cerca creí que iríamos andando. Es que vivo aquí al lado, y desde que han llegado los estudiantes de la universidad vuelve a no haber mucho sitio para dejarlo en mi calle.

—Es que tengo mi ordenador en el maletero. Pero si me dices dónde está tu casa... Salvo que hayas cambiado de idea y quieras volver a las normas del principio.

—¡Para nada! —adujo con cierto sonrojo—. Y no deberías haber dejado el ordenador en el coche. ¿No has pensado que te lo podían abrir?

—¿Aquí? ¿A mediodía?

—Sí, aquí. Anda, vamos para allá. Todo será que te lo hayan birlado, ¡cabeza de chorlito! —añadió, soltando la mano como si fuera a darle una colleja; si bien lo hizo con tan poca fuerza e intención que a Pérez no le costó cogérsela antes de que impactara contra su nuca.

—¡Eh! ¡Nada de volver a las viejas costumbres!

—Al momento se dio cuenta de que, a pesar de haberlo dicho de una forma simpática, casi cómica, Elvira se sintió azorada, por lo que aprovechó que aún la tenía sujeta por la muñeca para tirar un poco de ella y acercarla a su cuerpo—.

¡Ey! Mírame a los ojos. —Apoyó los dedos de su mano libre en la barbilla de Elvira para obligarla a que subiera la cara—.

Perdóname. —Al notar que ella iba a hablar, extendió el dedo índice y se lo puso sobre los labios—.

No he medido mis palabras. Pero, como eso es algo que en los últimos tiempos parece pasarme muy a menudo, te pido perdón por adelantado, aunque quiero que sepas que nunca lo haré con intención de nada.

Aquello fue un accidente que quedó en una anécdota y una pequeña herida que da carácter a mi ceja.

Ambos lo sabemos, ¿verdad? —Elvira asintió, lo que hizo que sus labios acariciaran el dedo que él había mantenido sobre ellos—.

Así pues, ¿me perdonas? —Al repetir ella el gesto, Pérez sintió el aire exhalado como una caricia eterna, la cual le provocó un escalofrío extraño que le encogió el estómago—.

¿Por esta vez y por todas las que meta la pata en un futuro?

—insistió, sintiendo cómo la mirada se le perdía en las pupilas dilatadas de Elvira.

—¡Hombre! ¡Digo, mujer! ¡Cuánto tiempo sin verte, Elvirita!

Pérez observó por encima del hombro de Elvira al tipo que, con tan solo una palabra, había conseguido que el rostro de ella se desencajara, provocando en él un instinto de protección que llevaba dormido mucho tiempo.

Antes de darse cuenta, y sin terminar de ser consciente de ello, había intercambiado su posición con la de Elvira, de forma que ahora era él quien quedaba más cercano al recién llegado, mientras que ella, a la cual todavía tenía cogida por la muñeca, se situaba a su espalda, protegida por su cuerpo.

Algo que pareció hacerle gracia al otro hombre, pues sonrió de forma socarrona mientras se acariciaba la nariz con un gesto que dejaba muy claro a Pérez lo que había estado haciendo poco antes.

—Seguro que hubo causa para vuestro distanciamiento, así que quizá sea mejor continuar con él, ¿no crees?

—Ahora tienes un gallito que habla por ti, Elvirita.

Notó cómo ella se tensaba, que estaba a punto de entrar en el juego de ese energúmeno, así que aprovechó que la mano por la que la tenía sujeta quedaba a su espalda para intentar infundirle algo de tranquilidad acariciándola con el pulgar.

Supo que lo había conseguido cuando sintió que ella le apretaba con más fuerza.

—Tiene un amigo.

No quería tener que pelear; aunque ya no estaba federado, eso podía meterle en líos. Si bien, en ese momento, no se le ocurría ningún motivo mejor para volver a hacerlo. Adelantó un poco la pierna derecha y cerró el puño que tenía libre.

—Bueno, para Elvirita eso no significa nada. Ni tampoco estar prometidos, ¿verdad?

El que usara la palabra «prometidos» mientras giraba la cabeza para dejar claro que le hablaba a ella descentró tanto a Pérez que no hizo nada cuando Elvira, soltándose de su agarre, echó a correr en dirección contraria, hacia donde estaba aparcado el coche de él.

—¡Oh! Qué pena, chaval, la putita ha abandonado el local. Tendrás que buscar a otra para follar esta noche.

Le habría partido la cara sabiendo que pocas veces llegaría a disfrutar más de una pelea.

Solo que, al empezar a moverse, sus piernas decidieron hacerlo en dirección a ella.

Tal vez porque le preocupaba su estado o, quizá, porque necesitaba pedirle explicaciones sobre lo que había detrás de esa palabra que aún retumbaba en su cabeza: «prometidos».

¿Acaso estaba a punto de casarse y no se lo había dicho?

No es que importara, él no era nadie para que algo así le afectara...

solo que sí lo hacía, y no quería preguntarse el motivo.