…también puede besar con la mirada Capítulo 2
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Capítulo 2

Primera sesión del trabajo grupal

E lvira entró en el Zoo de Madrid aún mosqueada.

Cuando la semana anterior la directora del máster les había dejado muy claro que no iban a tener forma de escaquearse de hacer el trabajo juntos, marcó varios puntos mínimos a respetar.

El primero: que solo hablarían a través de sus correos en la intranet; no estaba dispuesta a darle el suyo personal o, menos aún, su teléfono.

Lo segundo: que se reunirían, como máximo, una vez por semana y en un sitio donde poder hablar tranquilos y sin intromisiones, lo cual descartaba las bibliotecas, cafeterías, salas de estudio...

Y, por último, que bajo ninguna circunstancia volverían a hacer referencia al encontronazo.

Porque, si era sincera consigo misma, debía admitir que fue el cúmulo de desgraciadas circunstancias lo que la llevó a sacar las cosas de contexto.

Pero... ¿Qué iba a hacer? Después de todo lo pasado, que alguien la asaltara en la oscuridad y la tirase contra el suelo era algo demasiado parecido al ataque, con lo que defenderse había sido un instinto imposible de reprimir.

Aunque ni sus amigos, cuando intentó explicarles por qué volvía tan pronto de su primer día en el máster, pudieron entenderlo; es más, la reacción de ellos fue más bien reírse de la situación, quitarle hierro, comenzar a llamarla «la acecha pasillos».

Cosas que años antes no solo no le hubieran dolido, sino que incluso habría fomentado, pero ahora los secretos y el miedo pesaban demasiado en su ánimo.

Lo que peor llevaba era ser consciente de que ya no era la misma Elvira de antes y, en el fondo de su alma, sentía que nunca volvería a serlo por mucho que la psicóloga y su entrenador dijeran que estaba avanzando en la recuperación.

Tras pasar el puente sobre el arroyo de Meaques, llegó a la explanada frente a la oficina de información.

No le costó dar con Pérez. Estaba justo donde había dicho: junto al mapa del parque, sentado en el poyete de madera mientras miraba el móvil.

Empezó a acercarse hacia él dudando sobre qué palabras usar.

Desde que salieron del aula el lunes anterior, solo se habían intercambiado un par de mensajes: el suyo, proponiendo ese sitio, y el de Elvira, que se limitó a responder un simple «vale» sin ni siquiera mirar el precio de la entrada, algo de lo que acababa de arrepentirse.

De alguna forma que no entendía, él había sabido el momento exacto en el que Elvira le vio.

Quiso pensar que era un sexto sentido, una especie de alerta que le avisaba de que ella estaba cerca, un mecanismo de protección.

No en vano, al susto de verse empujado al suelo, la ceja rota y las costillas magulladas, se le añadió imaginarse expulsado del máster, ¡o incluso denunciado!

Y lo peor era que ahora tendría que trabajar con ella y sus estúpidas normas durante, como mínimo, cuatro meses.

Un tiempo demasiado largo para tener que estar en alerta constante, y que podía verse prorrogado si no conseguían aprobar la asignatura.

Ese era el motivo por el que dijo de reunirse allí; pues, además de cumplir lo que ella pedía, estaba lleno de cámaras y él tenía el pase anual, por lo que conocía bien el recinto y se ahorraba el precio de la entrada.

Control de la situación e intento de desanimar nuevas reuniones estrambóticas del todo innecesarias.

Porque era cierto que las normas del trabajo exigían que los alumnos se reunieran para realizarlo y el correo de la intranet no tenía carácter confidencial, ¡pero ambos escollos se solucionaban con un simple teléfono y una aplicación de mensajería instantánea!

—¡Me vas a explicar qué hacemos aquí!

Escuchar el enfado en su voz le indicó que había acertado con el lugar.

Así que, en vez de levantar la vista de la pantalla y saludarla, extendió la mano con la palma abierta hacia ella para luego llevarse el dedo índice a los labios.

Podría haber dejado el móvil en ese momento, sí, pero era más divertido hacerla esperar hasta que terminase de leer el capítulo.

Cuando lo hizo, lo metió en la mochila, se la echó a los hombros y se levantó intentando dibujar en su rostro la mejor de las sonrisas.

—Tenemos que crear una mascota.

—Una imagen de marca.

—Reconocible en redes sociales. Y para eso no hay nada mejor que un animal: coches, ropa, productos de belleza, editoriales...

—Vale, vale, te pillo. Solo que no creo que necesitemos estar aquí pasando calor para encontrar un bicho. ¿Has oído hablar de los buscadores de internet o de la inteligencia artificial?

—Grandes felinos, animales de la sabana, pájaros... —enumeró, mientras se acercaba al mapa sin dar señales de haberla escuchado—. Eso está muy manido.

—En ese caso, vuelvo al principio: ¿por qué me estoy asando de calor y oliendo a pocilga?

—Porque tenemos que encontrar el nuestro... ¿Empezamos por África o prefieres otra cosa?

Tras más de dos horas dando vueltas, había llegado el turno del acuario.

Aunque Elvira sospechaba que sería más de lo mismo: ella, con ganas de volverse ya a casa, propondría cualquier bicho que se le pasara por delante de los ojos; él recordaría al momento una compañía muy conocida que ya lo usaba o encontraría un fallo para poder dotarlo de lo que denominaba «personalidad propia de marca».

Un término que parecía querer decir algo así como que no sería muy útil para identificar nada, y que usó por primera vez cuando Elvira sugirió los casuarios.

«No veo que un ave capaz de matar a un ser humano tenga una adecuada personalidad propia de marca», había sido su respuesta en ese caso; similar al «un tipo de tortuga con tan poca personalidad que solo la diferencian de otras especies los expertos en la materia nos debería ser irrelevante».

—¿Crees que veremos un Marcellus? —preguntó Elvira cuando llegaron junto al tanque principal—. O quizá ya nos lo hemos pasado.

—¿Un qué?

—Un Marcellus, como el de la peli. Puede que alguna de sus ocho patas tenga personalidad suficiente.

—Hay marcas conocidas que ya lo han usado; los futbolistas...

—Eres desesperante —no lo dijo enfadada, sino cansada.

La semana había sido bastante dura, la noche anterior su hermana no encontró otra forma de desahogarse ante el enésimo desplante de su suegra que hablando con ella por teléfono hasta las tantas; empezaba a tener hambre y seguía sin saber qué hacía allí—.

Ni tan siquiera hemos hablado del concepto a desarrollar y estás descartando animales que quizá podrían ser perfectos.

—El proyecto está claro. Tenemos que crear un perfil de redes sociales que sea reconocible y sirva para promocionar cualquiera de los productos que nos digan durante el segundo cuatrimestre del máster.

—¡Pues busquemos el nombre! ¡Decidamos si sacamos vídeos usándolos o republicamos los de otros!

¿Pero una mascota? —Fue en ese momento cuando Elvira vio claro el motivo—.

Es un desquite —bisbiseó, antes de sentarse, o más bien desplomarse, sobre el zócalo que hacía las veces de banco para observar mejor el tanque.

Si en algún momento se le había pasado por la cabeza cómo se tomaría ella su pequeña venganza, desde luego no fue imaginando que se derrumbaría de ese modo.

Gritos, réplicas, incluso algún golpe con el bolso, sí.

Pero verla así, como si las fuerzas la hubieran abandonado, nunca.

Quizá por eso, en cierto modo, la culpa cayendo sobre sus propios hombros le llevó también a sentarse y soltar la frase más incoherente y extraña que a nadie se le podía haber ocurrido en un momento así.

—¿Has leído el libro?

Elvira giró la cabeza hacia él, más extrañada que sorprendida. Para su consuelo, Pérez no encontró ningún atisbo de tristeza en su mirada.

—¿Han mandado algún libro sobre mascotas?

Había algo dulce en su voz, una cadencia que pareció acrecentarse con los reflejos del agua del tanque acariciándole el rostro y que le hizo sonreír.

—El de Marcellus, tu pulpo.

—No es mi pulpo, aunque me gustaría poder conocer a uno y hacer esas cosas con él.

A ver, encerrarlo en un acuario hasta su muerte mientras él añora el mar no.

Aunque... —Bajó un momento los ojos antes de seguir hablando—.

Debe estar bien eso de tener a alguien que te conozca y cuide mejor de ti de lo que lo haces tú misma.

Fue solo un bisbiseo, casi ineludible entre los ruidos de varios niños que pasaron a su lado buscando la sombra del tiburón. Pese a lo cual, Pérez sintió que, de haberse roto a la vez todos los cristales de los acuarios a su alrededor, el estruendo habría sido menor.

—Gran parte de la novela se escribió durante la pandemia del Covid. Supongo que eso quedó reflejado... de alguna forma.

La familia que se paró a un par de metros de ellos, con una niña que apenas empezaba a andar y un hermano mayor —aunque no mucho— que no dejaba de explicar anécdotas sobre alguno de los animales que se movían tras el cristal, hizo que por unos momentos se olvidaran de ellos mismos, de su conversación, y pasaran a perderse entre las palabras del niño.

—Lo siento. El otro día me asusté, creí de verdad que me estabas atacando.

Y, bueno, luego, cuando encendieron la luz del pasillo y te vi, me encerré en mis trece solo por no admitir que...

—Tragó saliva intentando con ello que no terminaran de escapársele esas palabras para las que no se sentía preparada—.

Y gracias por no pedir que me expulsaran, o incluso denunciarme. Estabas en tu derecho de hacerlo.

—Elegí este sitio con la intención de que no vinieras y no paro de poner reparos a tus elecciones de animales. Estamos en paz.

Elvira miró la mano extendida que Pérez le ofrecía y sonrió, más que por el gesto, porque la luz azul sobre ella le recordó a la de los Pitufos, por lo que no tuvo reparo alguno en estrechársela.

Cuando, un buen rato más tarde, después de acordar que su mascota se basaría en la imagen del binturong, Elvira se miró la mano al colocarla sobre el volante de su coche, le pareció sentir aún la piel de él protegiendo la suya.