Capítulo 1
Primer día de curso
P érez subió apresurado por las escaleras del edificio, dudando aún si aquello había sido una buena idea. No es que le asustase lo que iba a empezar; más bien lo que le provocaba intranquilidad era imaginar qué sucedería una vez acabado.
Los últimos años en la editorial habían sido un verdadero éxito a nivel profesional, pero llevaba ya unos meses sintiendo que necesitaba algo más, nuevas metas.
Didi, su jefa, era un peso pesado dentro del sector.
Alguien de quien había aprendido más de lo que nunca se hubiera imaginado; quizá por eso le debía una fidelidad de esas que ya son poco habituales entre compañeros de trabajo, y menos aún si se trata de un superior, por lo que era descabellado que se marchara a otro sello.
Y, desde luego, era impensable arrebatarle el puesto antes de que ella misma decidiera jubilarse, para lo cual quedaban, al menos, un par de décadas.
Además, ninguna de esas opciones le atraía lo más mínimo.
Llevaba meses sintiendo que su trabajo como coordinador editorial se estaba convirtiendo en repetitivo, y no quería darse cuenta un día cualquiera de que había pasado a ser aburrido.
Así que necesitaba algo distinto que le permitiera seguir cerca de los libros, por supuesto, pero con más dinamismo e independencia de la que había tenido en su puesto.
Y no es que Didi le cortara las alas, todo lo contrario: bastaba ver el entusiasmo con el que acogió la idea de celebrar durante la feria del libro una yincana cuyo premio final era conocer a quien publicaba bajo el pseudónimo D.
Ruiz Sanjusto. Un evento que, en cierto modo, había supuesto un punto de inflexión en su vida laboral, pues el tiempo dedicado a su preparación y difusión le llenó más que cualquiera de los retos a los que se había enfrentado en su trabajo durante los años anteriores.
Tanto que el estar subiendo esas escaleras resultaba tan solo una consecuencia de aquello.
De hecho, fue Alicia, una de las participantes de la yincana, quien le habló de ese máster en marketing digital.
Ella siempre andaba buscando cómo mejorar su blog literario y pensó que sería una buena forma de dejar de hacer las cosas por mero instinto y empezar a poner un poco de profesionalidad; aunque, al final, el alto precio de la matrícula le echó para atrás.
Por eso estaba ahora subiendo solo esas escaleras.
Las voces que provenían del oscuro piso superior le hicieron saber que no llegaba tan tarde.
Aun así, recorrió el último tramo saltando los escalones de dos en dos.
Ya que había decidido que ese día asistiría de forma presencial, lo mínimo era no dar el cante llegando con la clase iniciada.
Algo que se dio cuenta de que no conseguiría cuando, justo al llegar a la tercera planta, vio cómo se empezaba a cerrar la puerta de la única aula iluminada.
Mientras se lavaba las manos, Elvira se miró al espejo de aquel anodino baño, intentando averiguar si la imagen que le devolvía se parecía o no a la mujer que pretendía ser.
¿Era esa morena una chica elegante? ¿Tenía el aura de profesionalidad que intentó vender durante la entrevista de admisión?
¿Rezumaba seguridad en sí misma? «No», «para nada» y «mucho menos aún» fueron las respuestas que se dio.
Así que, en lugar de secarse las manos, aprovechó que las tenía mojadas para humedecerse la nuca.
Quizá así, al menos, le dejaría de doler tanto la cabeza; a veces, cuando la migraña era por nervios, ese sencillo gesto le funcionaba.
Aunque algo le decía que en esta ocasión necesitaría un cubo de agua antes de empezar a sentir alivio.
¡Quién le había metido en la cabeza volver a estudiar!
¡Si ya la carrera le costó un mundo! ¡Y eso que durante todos esos años no tuvo que hacer nada más!
¡Ni tan siquiera la cama! En cambio, ahora tendría que compaginar los libros con sus horarios de trabajo, que se saltaban todas las normativas laborales habidas y por haber; con llevar una casa que parecía desordenarse sola; con una hermana que la intentaba controlar más que a sus dos sobrinos, unos rechonchos mellizos que apenas habían empezado a andar y, sobre todo, con el peso de los recuerdos.
Esos que aún le asaltaban cuando menos se lo esperaba.
—¡Vamos, chica! —murmuró, al darse cuenta de que ya llevaba tanto rato con el picaporte en la mano que incluso se habían apagado las luces—.
¿Qué es para ti una habitación llena de desconocidos?
Haz lo que dice la psicóloga: cierra los ojos, siente tu respiración y da un paso —se ordenó, como si su voz fuera incontestable; era la forma en que siempre lo hacía, y que siempre le funcionaba.
Solo que hasta ese momento nunca se había interpuesto en el camino de un hombre más concentrado en no llegar tarde que en observar que se abría la puerta frente a la que estaba a punto de pasar.
***
Teresa, la nueva directora del máster y encargada de recibir a los alumnos el primer día, permanecía de pie junto a la ventana sin saber bien qué decir.
Cuando su antiguo profesor le había ofrecido el puesto, le dijo que los alumnos serían personas serias, profesionales en sus campos, que buscaban la excelencia y que el mayor problema que podrían darle sería tener que perder el tiempo corrigiendo trabajos muy por debajo del nivel al que ella estaba acostumbrada.
Sin embargo, en ese momento lo que tenía sentado ante sus ojos era un caos de tal magnitud que envidiaba no parecerse a LouAnne Johnson, la marine estadounidense en cuya experiencia como maestra se basaba la película Mentes peligrosas .
Quizá así hubiera podido controlar la situación antes de que corriera la sangre.
Cuando el enfermero que, hasta que empezó el alboroto, les había estado contando por qué quería cursar ese máster terminó de ponerle unos puntos de aproximación a la ceja del hombre, supo que le había llegado el turno de actuar como voz de autoridad.
Así que se acercó a la silla en la que la mujer esperaba mirándose las uñas que se le habían roto durante el incidente.
—Eres Elvira, ¿verdad?
—Ajá.
—Yo soy Teresa, la directora del máster.
—Encantada —replicó, con una sonrisa forzada.
—¿Podrías explicarme qué ha sucedido?
Elvira miró de nuevo al grupo formado en torno al hombre sobre el que había descargado toda su furia pocos minutos antes, con un gesto que su interlocutora no supo si mostraba preocupación o mala baba.
—Se me echó encima al salir del baño —afirmó con tal confianza que, si Teresa y otras veintitantas personas no la hubieran visto golpear a su supuesto agresor mientras él intentaba parar los puñetazos, no dudaría en darle la razón.
—Él dice que fue al revés, que apareciste de la nada y le tiraste al suelo.
—Yo... yo no tengo el don de materializarme.
—No, claro. Solo que estabais justo frente a la puerta del baño de mujeres, y creo que antes de tener que llamar a la policía deberíamos asegurarnos de que no se trata de un... ¿inconveniente accidente?
La mención de las fuerzas de seguridad pareció sacudirla lo suficiente como para que cambiara incluso su posición corporal.
Lo cual no le pasó desapercibido a Teresa, pues el abogado con el que salía le había explicado muchas cosas sobre comunicación no verbal; aunque no lo suficiente como para dilucidar si esa reacción se debía a miedo, incomodidad o mero estrés ante las consecuencias de mantenerse en sus trece.
—Estaba oscuro. Lo único que sé es que al salir del baño se me echó encima y me tiró al suelo. Yo me limité a defenderme. Quizá debería preguntarle a él por qué lo hizo.
—Lo haré. Es solo que quería hablar contigo primero; en ocasiones los nervios nos impiden analizar los hechos con objetividad.
—Teresa intentó imaginar qué necesitaría ella escuchar para admitir que las cosas habían sucedido tal y como sospechaba—.
El pasillo estaba oscuro; de hecho, hasta que no se ha encendido la luz ni tan siquiera yo sabía cuántas personas había en él.
Y ambos llegabais tarde. ¿Pudisteis chocaros de manera fortuita?
—En ese caso, también habría sido culpa suya. Por andar pegado a las paredes.
—O un accidente. Las escaleras acaban justo a un par de pasos de los baños.
La mirada enojada con la que le atravesó Elvira bastó para saber que se había acabado su intento de tono cordial, antes incluso de que se levantara y comenzase a señalarla con el dedo en modo acusatorio.
—¡Le estás defendiendo! ¡Parece mentira! Un tipo se me echa encima en un pasillo más oscuro que la boca de un lobo y tengo que aguantar yo el interrogatorio porque la culpa es mía. ¿Eso es lo que estás sugiriendo?
Cansada de cómo se le estaba yendo de las manos su primera clase, Teresa no dudó en responder al brote de ira de la misma manera en la que lo haría si se tratara de niños. Así que, aprovechando que era más alta que ella, se puso también en pie.
—Lo único que estoy haciendo es intentar aclarar por qué mi clase ha sido interrumpida por dos alumnos que, no conformes con llegar tarde, han acabado enzarzados en el pasillo.
Ella, gritando de forma descontrolada mientras soltaba puñetazos y patadas a diestro y siniestro, sin pararse hasta que la han separado dos compañeros.
Y él, con una ceja rota, los antebrazos llenos de arañazos y la tablet hecha añicos.
Así que o te calmas y colaboras en devolver esta situación a la normalidad, o llamamos a la policía y que decidan ellos quién ha agredido a quién.