Capítulo 8
E l resto del mes fue una sucesión de días raros en los que Alejandro y yo intentamos recuperar la amistad que perdimos en Portugal.
Al menos yo sentía eso. Cada llamada telefónica o cada mensaje en esos días se veía cubierto por palabras y frases medidas que no nos llevaran nunca a una confesión traicionera o una intención oculta.
Al final, poco a poco, desaparecieron nuestras charlas.
Por suerte, Rebeca volvió de nuevo a nuestras vidas.
—¡He aprobado! ¡He aprobado!
Esas cuatro palabras nada más descolgar me rompieron. Intenté disimular.
—¡Felicidades!
—Gracias, aunque sé lo que esto supone para ti.
—Me alegro de verdad, Rebeca. Te merecías aprobar. Y no solo eso, te mereces dedicarte con pasión a lo que te gusta, sin nadie que torpedee tu camino. Así que dos veces felicidades.
—Lidia, tú también te lo mereces. Plantéatelo para el próximo curso.
—Uy, el próximo curso queda muy lejos. Primero tendré que sobrevivir a este.
—Lo harás. Alejandro seguirá contigo.
No pude más. Hablar de él fue más de lo que pude soportar. Me eché a llorar.
—¡Lidia! ¡Ey! ¿Qué pasa?
—Nos hemos besado, Rebeca.
Y le conté todo lo que había ocurrido en Portugal. Más aún, le conté cuánto tiempo llevaba enamorada de él.
—¿Sabes qué? Yo lo sabía. No sé desde cuándo, pero sabía lo que te ocurría con él.
Pero ¿sabes otra cosa? Que si te faltaban motivos para dejar el colegio, ahora ya no tienes excusa: si de verdad hay algo entre vosotros, solo necesitáis que uno de los dos salga de ahí para daros una oportunidad.
Es más, no vuelvas este año. ¿Qué te lo impide?
Rebeca era así, todo se reducía, según ella, a querer de verdad algo.
—Pues las facturas que tengo que pagar, ¿te parece poco?
—Lo malo es que yo había tenido esa misma idea unos días antes, pero, al igual que hice justo después de pensarla, expuse por qué aquello nunca tendría lugar—.
Además, por si fuera poco, una de las cosas que me dijo es que había barajado la posibilidad de volver a su tierra.
Con esa idea en mente, septiembre llegó tras una agónica cuenta atrás que comencé una semana antes, en la que, además, Alejandro y yo intentamos un nuevo acercamiento, sabiendo que volveríamos a vernos en breve.
Pero cuando volvimos, nada era como debía: Rebeca no estaba, la compañera que me asignaron era de las que nunca tomaban parte en nada y Francisca encontró nuevas ocasiones para humillarme.
La última semana de septiembre, apenas quince días después de que empezaran las clases, caí.
El hijo de una compañera de Secundaria, al que tenía en mi tutoría, había sufrido un pequeño accidente en el patio y se había hecho una herida en la rodilla.
Ese día no era mi turno de vigilar el patio; en su lugar, me quedé en el aula repasando unas dinámicas que quería comenzar al volver del recreo.
Isabel, junto con otras maestras más, sí estaba fuera. Cuando oí los lloros, salí corriendo.
—Lidia, lo siento, no llegué a tiempo. —Sostenía al niño en brazos, que pidió venir conmigo en cuanto me vio llegar.
—No te preocupes, Isabel, son cosas que pasan. Voy a limpiarle la herida.
Por suerte, no pasó de un pequeño rasguño, pero cuando volvimos al patio, Francisca, no sé ni cómo, ya se había enterado y había alertado a la madre del pequeño.
Y de una manera que no conseguí entender, había logrado que Isabel dijera que yo había estado presente durante la caída y que no hice nada por evitarla.
Perdí la calma y, ante la amenaza de Francisca de acudir a la directora si no reconocía lo que había hecho, le dije que hiciera lo que le pareciera.
Una hora después, fui convocada al despacho y, cuando llegué, todas mis compañeras estaban allí, incluida la madre de mi alumno.
Por qué fui la última en ser llamada es algo que nunca logré entender.
Tras muchas acusaciones y dos o tres intervenciones en las que no me mordí la lengua a la hora de enfrentarme con unas, por mentir, y con otras, por callar lo que conocían a la perfección, solo una, la más mayor de todas, intervino:
—Seamos sinceras..., Lidia tiene razón en lo que dice.
La miré con agradecimiento infinito y con la secreta esperanza de que acabara de abrir la puerta para limpiar mi nombre. Sin embargo, todas agacharon la cabeza y Francisca, ante el mutismo general, me sonrió con suficiencia. Acto seguido, irrumpió en una especie de llanto y quebró el silencio:
—Que tú, Olga, hayas dicho eso me deja en un lugar comprometido, así que no me queda más remedio que terminar mi trabajo en este centro.
La sorpresa me impidió reaccionar. No así a las compañeras que segundos antes habían renunciado intervenir, y un coro de súplicas y quejas surgieron ante su anuncio.
Me cansé, exploté, terminé con todo lo que me gritaba coherencia...
Abrí la puerta y, sin esperar nada, me marché.
Llegué a mi clase limpiando mis lágrimas de rabia.
La compañera que me sustituía, quizá la única que alguna vez había intentado hacer comprender a todo el mundo cómo era Francisca, solo acertó a darme un abrazo que rechacé por miedo a no ser capaz de contenerme.
—Se acabó. No puedo más con esto.
Se quedó conmigo lo que quedaba de hora, pues ella tenía libre, y me ayudó con la salida de los chicos. Cuando se despidió, me apretó el hombro.
—Tienes que ser más fuerte que ella.
La miré buscando cuánto podría hacer mías sus palabras. Nada. Ni un poquito.
—Ya no tengo fuerzas para seguir peleando.
Media hora después visitaba Urgencias con un ataque de ansiedad.
No llamé a Rebeca, tampoco a Alejandro, que esos días estaba en un curso de formación fuera de la ciudad. Solo hablé con el médico que me atendió y el cual me aconsejó un par de semanas de reposo y visitar al médico de cabecera para valorar mi grado de depresión y su posible tratamiento.
—Deberás poner todo en una balanza y elegir.
Una semana más tarde, Alejandro volvió y vino derecho a mi casa. Verlo de nuevo me removió en exceso. Cuando abrí la puerta, no esperó más, me envolvió en sus brazos y me besó en la frente.
—Estoy aquí, tranquila.
No necesitó nada más. Así era él, así era nuestra relación. Nos entendíamos sin palabras; una mirada, una sensación compartida, un abrazo y todo volvía a su lugar. En esa ocasión, sin embargo, yo tenía mucho más que curar.
Sentados en el salón, él con un café y yo con una tila, bebida a la que me había aficionado en los últimos días, le conté cómo había estallado todo.
Como el gran amigo que era y también porque el influjo de Francisca jamás lo había alcanzado, compartió conmigo un buen rato en el que nos dedicamos a criticar a unos y a otras.
—Gracias. Ya me siento mucho mejor.
—Debiste llamarme en cuanto saliste del colegio.
—No hubieras podido hacer nada.
—Aun así... ¿Has hablado con Rebeca? —Negué en silencio—. ¿Por qué?
—Necesito tiempo para verbalizarlo.
—Acabas de hacerlo conmigo.
Sonreí apenas. Tenía razón.
—Tampoco me has dado otra opción.
—¿Cuánto tienes de baja?
—Unos días de momento, luego...
—Vendré cada uno de ellos...
—Alejandro...
Quería explicarle lo que tenía en mente, pero no me dejó.
—Y ten por seguro que voy a dejarles muy clara mi opinión...
—No hace falt...
—Estoy harto. —Empezó a pasear por el salón—. Son todos una panda de...
—Tengo algo que contarte...
Fue imposible. Así que aguanté observándolo y dejando que todo lo que me hacía sentir fluyera de nuevo sin contención.
No habernos visto apenas durante dos semanas, además de lo poco que coincidimos en agosto, no había cambiado ni un ápice mis sentimientos por él.
Si acaso, se habían incrementado. Volví al momento presente cuando pronunció su última frase.
—En cualquier caso da igual, porque tengo algo que decirte.
Me levanté como un resorte. No estaba preparada para oírle decir que el próximo curso volvía a Portugal, así que intervine para contarle yo mis noticias antes de que su mensaje acabara con la poca confianza que había ganado desde en los últimos días.
—No, espera, yo primero. —Me miró interrogante, lo que confirmó que no había escuchado mi ruego anterior—. Volvamos al sillón, anda.
Y esa vez fui yo quien tomó su mano, por primera vez desde aquella ocasión en la que lo hicimos en Portugal.
—He tenido algunos días para pensar, para analizar todos estos años en el centro.
Además, las charlas que he tenido con los médicos me han ayudado a aclarar las cosas.
Sé que tengo aún mucho trabajo por delante y confío en que las sesiones con la psicóloga me ayuden a separar la paja del trigo, pero tengo algo claro: en cuanto pueda, dejo el colegio.
—¿Estás segura? ¿No te has planteado que quizá con todo lo que ocurrió las cosas pueden cambiar? —Alejandro me miraba sorprendido.
—Me da igual. Ni aun en el caso de que lo hicieran, de que reconocieran que tenía razón, ni aunque Francisca dejara de trabajar allí me retractaría.
Mi vida es mía, y necesito salud y paz mental para vivirla.
Ese colegio se ha llevado ya muchos años de ella, con independencia de que yo esté en lo cierto o de que debiera haber pegado antes el puñetazo en la mesa.
No quiero volver a un sitio en el que me han hecho dudar de mí misma, de mis capacidades de maestra, de mi vocación.
No quiero cruzarme cada día con personas tan centradas en ellas mismas o que eluden tanto los problemas que miran hacia otro lado cuando se comete una injusticia.
No quiero rodearme de gente que solo me da la razón cuando nadie más oye.
No quiero ese tipo de contaminación en mi vida.
Y no quiero trabajar en mi recuperación con el objetivo de ser capaz de pisar ese centro de nuevo; quiero hacerlo para poder confiar en mí misma otra vez.
Aguardé unos segundos por si Alejandro quería decirme algo. Él solo se acercó un poco más a mí sin soltar mis manos.
—Así que, con baja o sin ella, no voy a volver. Lo dejo, Alejandro.
—Pues... si lo tienes tan claro, solo puedo decirte una cosa: me alegro. Y mucho. ¿Sabes lo que eso significa?
No me atreví a responder. Cierto que las consecuencias derivaban en que por fin podríamos estar juntos, pero ese no había sido el motivo de mi renuncia y, por tanto, no lo verbalicé. Negué con la cabeza en su lugar.
—Dos cosas: la primera, que ya puedo contarte por qué la idea de volver a Portugal nunca se materializó.
—Hizo la pausa justa para mirar nuestras manos unidas, acariciar el dorso de la mía y regresar a mis ojos—.
Porque, aun sabiendo que nunca podríamos estar juntos, no soportaba la idea de dejar de verte cada día.
¿Sabes cuánto hace que siento algo por ti?
Intenté soltarme, ponerme de pie, crear distancia entre ambos porque no estaba preparada para una confesión así, no cuando sabía que su noticia era que volvía a Portugal.
No cuando corresponderle era impedirle regresar a su ciudad natal.
Pero no me lo permitió. Se levantó conmigo cuando mi gesto fue demasiado brusco y tuvo que dejarme ir al final.
Caminé hasta la ventana del salón y le di la espalda.
Él se situó a mi lado y siguió hablando, mientras ambos contemplábamos las vistas a través del cristal.
—No puedo marcar un día fijo en el calendario, porque me enamoré de ti poco a poco.
Y de repente un día, sin más, me di cuenta de que no había vuelta atrás.
Si me planteé volver a casa fue porque no me veía capaz de no dar un paso más y saltarme una norma estúpida, pero también porque nunca vi en ti nada que me animara a hacerlo.
—Pero ¡yo sí...!
No me dejó terminar.
—El cambio llegó en junio, cuando ambos nos quedamos solos en tu clase.
—¿Con el dibujo de Hugo?
Entonces sí me miro.
—Exacto. Entonces me acusaste de no creer que pudieras ser una reina; ahí que lo que no podías era ser mi reina.
Y aunque ya llevaba días pensando en que llevarte a mi casa era una buena manera de ayudarte a desconectar del curso, me di cuenta de que estar solos podría ser un error, pero una pequeña parte de mí se empeñó en seguir adelante de todas formas.
Y, tal y como te dije el último día, no me arrepiento de nada.
—Me miró con más intensidad aún si eso era posible.
Y tuve la certeza de que sí, de que mis sospechas eran ciertas y Alejandro también podía besar con la mirada. Temblé—. De nada. Espera aquí.
Giró sobre sus talones y caminó hasta la entrada de mi casa, donde había dejado la mochila, buscó algo en ella y regresó con un papel.
—¿Qué es esto?
—Esto es mi renuncia por escrito. La redacté una de las tardes libres que tuve durante la formación. Me dio tiempo de pensar algo parecido a lo que tú has concluido: no quiero formar parte de un lugar tan horrible. Y no quiero que una norma absurda me impida volver a besarte. ¿Qué me dices?
Entonces entendí de golpe el peso de su confesión, lo que significaba, lo que implicaba... lo que me proponía. No podía reaccionar. No encontraba palabras, no lograba poner en orden mis emociones ni mis sentimientos.
—Yo...
Callé. Y lo hice porque de verdad no sabía qué decir.
—¿Quieres que empecemos juntos en otro sitio?
—¿En otro sitio? Ahora sí que no te sigo.
—Es cierto. Te dije que tenía dos cosas que contarte. Me falta una: me voy a Portugal y...
Mi rostro se ensombreció al instante. El dolor se abrió paso y no por imprevisto me afectó menos. Alejandro siguió ajeno a lo que sus palabras provocaban.
—... hay vacantes en Infantil en el centro en el que tengo intención de trabajar.
Mil cosas pasaron por mi cabeza, pero solo una me pareció un verdadero impedimento.
—No hablo portugués.
Se inclinó hasta que nuestros labios casi se rozaron. Los problemas desaparecieron... Las mariposas se hicieron dueñas de mí.
—Si me dices que sí... falá-lo-ás .
No tuvo que pedírmelo de nuevo.