…también puede besar con la mirada Capítulo 7
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Capítulo 7

U na noche más sin dormir y un día más en el que Alejandro tuvo que despertarme porque el sueño llegó tarde. Y, como el día anterior, fue una caricia lo que sentí y sus ojos los que vi al abrir los míos.

La única diferencia fue que ese desayuno debía callar aún más cosas que el anterior.

Así que decidimos, al contrario que la otra vez, llenar el momento de frases de cualquier tipo para evitar el silencio, como si hubiéramos firmado, sin decirlo, una tregua de palabras, sentimientos y emociones, empeñados en comportarnos como lo hacíamos en España. Era nuestro último día en Portugal.

Y funcionó durante casi todo el día. Nos impusimos un ritmo trepidante, casi prohibiéndonos parar para evitar pensar.

Recorrimos calles, un pequeño mercadillo junto al puerto, el mercado de productos locales, incluso tuvimos un momento divertido cuando un señor ya mayor se empeñó en mantener conmigo una conversación en portugués para la cual necesité la intervención de Alejandro.

—Estoy segura de que ha dicho más cosas de las que me has traducido.

—Puede ser, pero tampoco eran muy relevantes.

—¿Estás seguro? ¿Lo más interesante que ha dicho es «disfruta del pueblo»?

—Más o menos...

Lo miré directamente.

—No me lo creo.

Él sonrió con esa expresión tan suya y que llevaba días sin ver.

—Pero no tienes pruebas.

Después continuó andando, pero como yo seguía parada, volvió sobre sus pasos, me dio la mano y seguimos avanzando.

No volvimos a soltarnos hasta que llegamos al coche.

Y de algún modo, a pesar del agarre, logramos volver a ser nosotros otra vez, los amigos de siempre.

Cuando bajamos tras aparcar cerca de un restaurante en un pueblo cercano, no volvimos a darnos la mano, y tampoco lo hicimos cuando regresamos al vehículo. No teníamos ninguna excusa para ello.

Durante un buen rato, condujimos sin rumbo fijo por la costa.

Alejandro se detenía cada vez que llegábamos a un mirador natural o a un camino que descendía un poco hacia el océano.

Fue esa tarde cuando, por primera vez desde que llegamos a Portugal, nos hicimos algunas fotos.

Al principio, en todas retratábamos el entorno con ambos en primer plano.

Alguna individual. Después, más relajados, empezamos a hacer bromas y poner caras divertidas.

En un momento determinado, Alejandro capturó el instante en el que dejaba un beso en mi mejilla.

—Venga, ahora al revés.

Lo dijo como si fuera lo más natural del mundo, y así intenté actuar yo.

Aún embrujada por el contacto de sus labios en mi cara, a pesar de ser un gesto común entre nosotros, giré la cabeza y lo besé en el lado derecho.

Noté la aspereza de su barba incipiente, noté el calor que desprendía su piel y noté, también, su olor.

Ese olor tan característico en él que no había cambiado desde que lo conocí.

Y me impactó porque, aunque lo reconocía a la perfección, el marco en el que lo hacía consciente y los acontecimientos previos ya tenían mis nervios a punto de estallar.

Fue la gota que colmó el vaso. Por eso, tras la foto, volví al coche para retomar el viaje. Minutos antes de que la tarde cayera aparcó junto a una playa desierta.

—Quería enseñártela desde ayer —dijo mientras cogía una pequeña mochila del maletero—, pero no hubiéramos llegado a tiempo con tanto turismo. Es magnífica justo a esta hora.

Bajamos sin prisa hasta la arena. Solo una pequeña brisa parecía acompañarnos y el mar estaba mucho más tranquilo que los días anteriores. Alcanzamos nuestro destino en completo silencio. Entonces, ayudé a Alejandro a extender una toalla de gran tamaño en el suelo y nos sentamos, muy juntos.

—He traído un par de sudaderas, deberíamos ponérnoslas.

Como vaticinaba, la caída de la tarde traía consigo una bajada de temperaturas que ahí, a pocos metros de la orilla, se traducía en frío.

Me puse de rodillas para pasarla por mi cabeza y su olor, ese que hacía rato había intentado olvidar, se introdujo en mí mientras la dejaba resbalar por mi torso.

—Si me hubieras avisado, habría traído la mía.

—No importa. Te queda bien.

Mientras Alejandro se tumbaba de espaldas reposando la cabeza en la mochila, me miré y supe que no, no era de mi talla ni me quedaba bien. Parecía un saco de patatas. Me entró la risa.

—¿Qué?

Lo observé incapaz de creer que no lo viera, así que me dejé caer a su lado.

—Que es enorme, Alejandro, me queda gigante.

Giró sobre su cuerpo y se quedó de lado, su rostro muy cerca de mi oreja.

—Pues yo creo que no estás mal.

Quizá fue un comentario casual, pero no me detuve a analizarlo. Me incorporé hasta quedar sentada y me mantuve abrazada a mis rodillas.

—Mañana volvemos.

Noté su cuerpo sentado a mi lado, hombro con hombro.

—Sí.

—Terminan tus planes fantásticos .

—Espero que los hayas disfrutado. Al menos tanto como yo.

Fui a contestar, pero su mano apareció a la altura de mi hombro. Habría jurado que su intención era tocarme quizá el pelo, el cuello, la cara..., pero tras un segundo suspendida en el aire, se limitó a colocar la capucha de la sudadera. Después la bajó.

—Empieza el espectáculo.

El sol ocultándose en el horizonte, el cielo tiñéndose de mil colores diferentes, el reflejo de la luz atenuándose en el océano, la brisa marina colándose bajo mi ropa... Alejandro a mi lado.

Y los recuerdos volvieron de golpe: sus manos en mi cintura el primer día, nuestros dedos entrelazados en su casa, las miradas furtivas, los despertares, el beso en la mejilla, su olor...

El momento en mi clase recogiendo los dibujos...

Su presencia constante desde que nos conocimos, su acompañamiento silencioso en cada mal momento y en cada bueno...

Mi corazón disparado en el pecho, un nudo en la garganta a punto de explotar.

Me giré porque necesitaba saberlo, aun a riesgo de acabar con todo lo que habíamos construido, y me di de bruces con su mirada. El aire se me escapó al encontrarlo tan cerca, pero inspiré profundo y me lancé.

—Alejandro...

Callé porque él ya no me miraba solo a los ojos, su vista recorría mi rostro y, a cada poco, se detenía en mis labios. Noté su respiración acompasada al ritmo trepidante de la mía. Empecé a alejar mi rostro porque estaba demasiado cerca y yo necesitaba distancia para seguir hablando.

—¿Qué está pasando?

—Estos días... —extendió su mano de nuevo y, esta vez, no erró el objetivo. Tomó mi mejilla y su pulgar inició una caricia— han sido especiales para mí, Lidia. Mucho.

—Pero...

—Llevo cuatro días intentando convencerme de que al volver a España todo será como siempre. —Me miró profundo, intenso, y en esa mirada casi me pidió perdón antes de continuar—. Sin embargo, cada hora consumida a tu lado me asegura que será imposible.

Y aunque mi intención inicial había sido alejarme, deshice la distancia entre nosotros. Sus palabras, su cercanía, sus labios me llamaban como un canto de sirena, y hasta sentía los latidos de mi corazón en los oídos.

Pero cuando la luz desaparecía por completo solo fui consciente de nuestro beso.

Tiempo después, cuando logramos separar nuestros labios, ninguno encontró las palabras.

Acabábamos de cruzar una línea prohibida de la mano de un beso que nada había tenido de contención.

Un beso en el que ambos sabíamos todo lo que ganábamos y todo lo que perdíamos.

Por eso, tumbados en la toalla, un rato más tarde, seguíamos en silencio, comunicándonos solo a través del abrazo que compartíamos.

—Se hace tarde. —Al final él fue quien encontró el modo de despertar.

Me limité a asentir y me separé de su pecho.

—Alejandro, esto no debe repetirse.

La luz de la luna apenas iluminaba esa noche, así que solo intuí el daño que mis palabras le habían provocado. Suspiró y comenzó a levantarse. Recogimos juntos y solo después contestó:

—Lo sé. Pero, Lidia..., no me arrepiento.

Su sencilla confesión acabó con todas mis defensas. Temí no ser capaz de contener mis lágrimas, así que me limité a encender la linterna de mi móvil y a iluminar el camino de vuelta.

Una vez en el coche, hicimos el camino de vuelta en silencio; y ya en la puerta de mi habitación, nos dimos las buenas noches sin dejar de mirarnos.

Ninguno se movió durante unos segundos. Después sonreímos con tristeza, entré y cerré despacio.

Fue entonces cuando comprendí que en aquella última mirada habíamos sustituido el beso que me hubiera gustado recibir, el beso que hubiera deseado regalar.

El beso que ya nunca más podría repetirse.

Y así, con ese pacto silencioso que ninguno de los dos se atrevió a romper, emprendimos la vuelta a casa al día siguiente.