…también puede besar con la mirada Capítulo 6
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Capítulo 6

S u casa no era otra cosa que un pequeño apartamento de dos habitaciones situado en un pueblo pesquero, de construcciones bajas, sencillas, con un aire muy costero y en el que todo parecía transcurrir en una calma cuyo único objetivo era sanar el alma. Me hechizó al momento.

—Era de mi abuela. Cuando la pobre empezó a necesitar ayuda constante, se trasladó a casa de mis padres, pero le costaba imaginarla vendida a cualquiera, así que arregló todo para dejármela.

Empujó la puerta para abrirla por completo y se apartó para dejarme pasar.

Avancé tirando de mi maleta y me quedé parada un paso más allá del umbral, contemplando la salita decorada con austeridad.

Alejandro, a un lado, empezó a cerrar, hasta que su proximidad fue tanta que acabó pegado a mi espalda.

Ahí me di cuenta de que debía moverme para que pudiera completar el gesto.

Sin embargo, entre la maleta que había ubicado justo delante de mí, su cuerpo casi apoyado en el mío y tantas impresiones acumuladas durante las horas de viaje, no pude reaccionar a tiempo y él terminó por sujetarme de la cintura para desplazarme con delicadeza hacia delante.

—Perdona...

No sé si lo dijo él o si me disculpé yo, solo noté que el calor recorrió mi cuerpo y que, pasados unos instantes, sus manos aún seguían posadas en el mismo punto.

Y no hacía falta. De verdad que no era necesario; sin embargo, ni yo se lo hice notar ni él pareció darse cuenta.

Sus dedos, justo donde la camiseta no cubría mi piel, aflojaron el agarre y sustituyeron la presión por una mínima caricia, tan sutil que podría haber sido producto de mi imaginación si no hubiera sido porque el momento duró lo suficiente para que mi corazón lo registrara.

Me puse nerviosa, muchísimo, y me obligué a hacer o decir algo para recuperar la sensatez.

—Es... muy... auténtica.

—Sí... —Carraspeó con fuerza, quizá más de la necesaria, y me volví, al tiempo que notaba su ausencia, para observar cómo tragaba saliva varias veces—.

No me he atrevido a cambiar casi nada. Cuando viene, creo que le gusta verla como siempre, como cuando ella y mi abuelo aún vivían aquí. Ven, te enseñaré la casa.

Terminó de cerrar con delicadeza y, procurando no rozarme, me rodeó y se colocó delante de mí.

La visita duró apenas dos minutos en los cuales logré recuperar la calma y convencerme de que cualquier gesto romántico solo había tenido lugar en mi cabeza.

Porque no podía ser. No podía ser que Alejandro sintiera hacia mí lo mismo que yo hacia él.

No podía ser porque éramos amigos, porque nunca había notado en él nada que indicara lo contrario y porque trabajábamos juntos.

Y a pesar de que me lo repetí mil veces, mi imaginación se empeñaba en demostrarme lo contrario a cada paso y me gritaba que ya llevaba demasiadas señales.

—Esta es tu habitación. Si quieres podemos esperar un ratito a que te acomodes y descanses antes de salir a dar una vuelta. ¿Te parece bien?

—Preferiría salir cuanto antes.

Lo dije con demasiado entusiasmo, quizá. No me veía capaz de quedarme encerrada entre esas paredes solo con él hasta que no hubiera logrado calmarme de verdad.

Alejandro sonrió mientras yo entraba en el cuarto para dejar mi maleta, en el que un par de camas individuales con colchas blancas me daban la bienvenida, casi invitándome a perderme entre las sábanas, porque en el fondo sí estaba cansada. Me giré hacia él con rapidez.

—Venga, enséñame este lugar.

Las siguientes tres horas hasta la cena las pasamos recorriendo las estrechas calles del pueblo, mientras me señalaba rincones pintorescos y saludaba de vez en cuando a algún vecino que lo reconocía.

Por suerte, las conversaciones volvieron a fluir como siempre entre nosotros, sin momentos comprometidos ni miradas extrañas.

Incluso la cena, a base de pizza congelada en el salón de su casa, resultó fácil con él.

Tal y como era siempre. Tal y como debía ser.

Y, conscientes del cansancio de ambos, nos fuimos a dormir.

***

Conocí a la familia de Alejandro durante el desayuno. Según lo que habíamos planeado, nos venía bien empezar la ruta por aquella zona, así que decidió pasar primero por casa de sus padres.

El trayecto hasta allí no duró mucho, eso sí, el paisaje cambió por completo y dejamos una imagen pesquera para adentrarnos en otra con mucha más vegetación, con construcciones más residenciales.

Cuando llegamos, la puerta estaba abierta, franqueado el umbral solo por una cortina de cuentas de madera y, nada más entrar, nos recibió el aroma a café recién hecho y a algún bollo casero. Según poníamos un pie dentro, Alejandro hizo notar nuestra presencia.

— Bom dia! Já chegámos!

Su madre apareció desde algún rincón de la casa, con una sonrisa de felicidad que le ocupaba todo el rostro. Sin ningún reparo ni ceremonia, se lanzó a abrazarlo cuando ambos se encontraron a medio camino.

— Alexandre! Meu menino!

Fue al separarse de él cuando la mujer me vio.

Alejandro, en español, hizo las presentaciones.

Maria me saludó con un par de besos y un cariñoso abrazo y, tras preguntarme qué tal el viaje, abrió camino hasta la cocina, donde se había dispuesto el desayuno.

Allí encontré a otra señora más mayor, ya sentada a un extremo de la mesa y, como había hecho Alejandro con su madre, encerró a la abuela en sus brazos y la cubrió de besos.

Cuando ella me vio, solo me sonrió y dijo:

— Finalmente...

Cuando el padre llegó, y después de terminar con las presentaciones, empezamos a comer entre frases en portugués y algunas palabras sueltas en español.

La abuela solo me miraba y sonreía y repetía el gesto con Alejandro.

En un momento determinado, ambos compartieron varias frases en portugués y a media voz, cargadas de complicidad y que provocaron que Alejandro bajara la vista, quizá con algo de timidez.

Sonreí sin reparo porque la escena me pareció preciosa, aun teniendo la constante sensación de que aquella conversación tenía que ver conmigo.

Al despedirnos de su familia, Alejandro me dio la mano con naturalidad para guiarme hasta la salida.

Como la tarde anterior, el gesto aceleró las pulsaciones de mi corazón y, tal y como ocurrió entonces, ninguno de los dos hizo nada por romper el contacto.

Al llegar a la calle, el momento pasó y no dijimos nada al respecto.

Sin embargo, la sensación persistió en mi piel durante mucho tiempo más.

Más allá incluso del viaje hasta la playa donde íbamos a pasar el día; más allá del tiempo que tardamos en acceder a ella por un camino pedregoso que descendía hasta la arena en una pendiente algo peligrosa; más allá del momento en el que caminamos juntos hasta la orilla, sintiendo el sol en la piel y su mirada en mi cuerpo; incluso más allá del instante en el que, sumergidos hasta el cuello, la corriente nos acercó y, como al descuido, nos rozamos brazos y piernas; más allá de los segundos que tardó en correr hasta el lugar en el que habíamos dejado las toallas y, sin que yo se lo pidiera, volvió a mi encuentro para rodearme los hombros con una de ellas, sabedor de que el aire atlántico podía enfriar la piel más de lo que se sentía cómodo, y frotó mis brazos por encima de la tela mientras, con sus ojos fijos en los míos, me hablaba con la mirada.

Más allá de entender que esa mirada no era la de un amigo, sino la de alguien que, como yo, desearía que esa línea no fuera real para poder dar el paso sin dolor.

Porque sí, porque esa mañana entendí por fin que nunca había imaginado unos sentimientos que no existían; los había descifrado con acierto, pero no me había permitido leerlos hasta ese día.

Y el descubrimiento dolió. Apretó mi pecho con tanta fuerza que me faltó el aliento por la impresión, temblaron mis piernas porque quisieron salir huyendo, pero yo no las moví, y quemaron mis dedos de sufrimiento al entender que no podían tocar su piel a pesar de necesitarlo.

De esa manera, en la muda comprensión de que nos asomábamos a un precipicio por el que podíamos despeñarnos, nos obligamos a separarnos y a pasar el resto del día dejando un espacio físico entre ambos tan exagerado que, en otra situación, podría haber resultado cómico.

Y así, la noche llegó. Y yo, agotada de empeñar mis energías en gestionar unas emociones tan intensas, con un suspiro de resignación, me fui a dormir.

Pasé la noche peleando conmigo misma, hasta el punto de que me dormí rayando el alba, por eso no oí a Alejandro levantarse ni sus golpes en la puerta.

Solo abrí los ojos cuando unos dedos se deslizaron suavemente por mi mejilla.

Entonces me encontré con los azules profundos de él a escasos centímetros de mi cara.

Me costó entender que no era un sueño. Lo hice cuando, tras varios segundos en los que no dejamos de mirarnos, él se alejó y se puso de pie.

—Disculpa que haya entrado, pero llamé varias veces y, al no obtener respuesta...

—Tranquilo, no pasa nada.

Pero sí pasaba. Pasaba todo. Pasaba que yo tenía muy reciente el descubrimiento del día anterior, pasaba que en algún momento llegué a pensar en volver a casa para alejarme de él, pasaba que aún quedaban dos días a su lado y pasaba que justo esa imagen era la que desearía ver cada día al despertar el resto de mi vida... y jamás podría hacerse realidad.

A pesar de todo, me levanté mientras él salía de la habitación y, tras arreglarme, fui a buscarlo a la cocina.

Mentiría si dijera que la escena cotidiana en la que él me esperaba para desayunar resultó natural.

No fue así; la sentí íntima, demasiado. Apenas intercambiamos palabra y, aun así, precisamente por la proximidad, por los pequeños roces de nuestras manos o nuestros brazos al ir a tomar algo de lo dispuesto en la mesa, por el choque de nuestras rodillas, por nuestras miradas huidizas, el desayuno se tornó violento y nuestros intentos por normalizarlo resultaron estériles.

Y aunque ponernos en movimiento y salir de su casa ayudó, tenía la certeza de que él, igual que yo, se debatía entre ceder a los sentimientos o concluir la escapada que había organizado.

Por qué, de todas las ocasiones en las que habíamos estado juntos desde que nos conocíamos, nuestros cuerpos habían elegido esos días para traicionarnos, no lo sabía.

Quizá por eso cuando, al volver a casa, pasamos por un pequeño restaurante local que ofrecía mesas libres para cenar, decidimos quedarnos en él.

Así, entre ración y ración, rodeados de gente, la tensión se distendió hasta permitirnos actuar con tranquila normalidad.

Fue al verme suspirar con intensidad cuando Alejandro lanzó la pregunta.

—¿Tenía razón o no cuando te dije que te llevaría a lugares que devuelven la paz con solo poner un pie en ellos?

Lo miré unos segundos, evitando responder que la tarde anterior descubrí que junto a él solo tendría paz de una manera, y contesté:

—Toda la razón. Me encanta este sitio. Tiene un ritmo de vida muy mío, lejos de prisas y presiones.

Y no mentía. A pesar de que llevaba días en los que mi estado de ánimo correspondía a cualquier cosa menos relajado, la verdad era que ese pueblo invitaba a la calma.

—Y eso que en verano hay un poco más de jaleo.

—Lo suponía. ¿Cuántos habitantes tiene en invierno?

—No creo que llegue a los doscientos. Al final muchos han encontrado trabajo en los alrededores y otros lo utilizan solo para dormir. Por eso le faltan servicios.

—Pues a mí me parece el lugar ideal para vivir. No me importaría nada trasladarme aquí. ¿No has pensado nunca en volver?

Dio un par de tragos a su bebida. Sentí que lo había ofendido de alguna manera, aunque no era capaz de imaginar el motivo. Estaba a punto de disculparme cuando empezó a hablar.

—Me marché de aquí huyendo justo de esa calma. Ya sabes que me gustan los lugares que pueden ofrecerme retos, situaciones nuevas, movimiento... aventura. Pero últimamente me descubro dándole más de una vuelta a eso de volver.

Algo en mí comenzó a resquebrajarse. Me enfadé conmigo misma, porque justo esa distancia era la que ambos necesitábamos; lo supe en cuanto, la noche anterior, pensé en lo difícil que sería para los dos vernos cada día en el colegio después de lo que parecía ocurrir entre nosotros.

A pesar de todo, no me sentía preparada para separarme de él.

Primero Rebeca y después, si él decidía volver a Portugal, Alejandro también desaparecería del centro.

Tragué saliva para pasar el pensamiento y hablé:

—¿Y qué te lo impide? Tienes casa, a tu familia cerca, seguro que también tus amigos, y habrá algún cole cerca en el que puedas encontrar un puesto de profesor.

—Lidia... —Apoyó los antebrazos en la mesa y se inclinó hacia mí. Al poco, volvió a sentarse bien—. ¿Qué me impide volver? —Resopló—. Seguro que te has dado cuenta de que... bueno, yo...

El camarero se acercó con un platillo metálico en el que portaba la cuenta. Se lo tendió a Alejandro y luego se marchó.

—Parece que nos hemos entretenido demasiado, van a cerrar.

Solo en ese instante solté todo el aire de mis pulmones.

Quizá fue ese momento, o quizá que mi cuerpo empezaba a acusar el poco descanso y la tensión, pero sentí frío mientras volvíamos a casa. Alejandro, sin que yo hiciera ningún comentario, pasó su brazo por mis hombros y me pegó a él.

—Ven, la temperatura ha bajado un poco y no creo que esa camiseta de tirantes abrigue mucho.

Y cedí. Utilicé mi situación para regalarme un momento que sabía no volvería a repetirse, para concederme una única aproximación con mi corazón de enamorada.

Me llevaría ese recuerdo nuestro. Así, como si fuéramos una pareja, caminamos hasta casa, abrazados, acariciando él mi hombro y yo su espalda.

Y aunque fueran gestos sutiles, casi disimulados, prometí guardarlos conmigo.