Capítulo 5
Cuando me levanté, me regalé un largo y suculento desayuno, sin prisa, con calma, de esos que no existían de septiembre a junio: media hora de puro placer con olor a café y tostadas.
El resto de la mañana la dediqué a leer y a mirar el teléfono a cada rato, en espera de la llamada de Rebeca.
Por fin, unos minutos después de las dos, la pantalla se iluminó con su nombre.
—¡Terminé!
—¡Genial! ¿Y qué tal?
—Ni idea. Bien, mal, fatal... No quiero pensarlo. Solo quiero dormir durante los próximos quince años.
—Bueno, te concedo solo las siguientes horas. A las nueve nos vemos donde siempre.
—¿En serio? Lidia, tengo una cara que da miedo.
—Y un buen rato por delante para remediarlo.
No tuve que insistir mucho más, en el fondo Rebeca tenía las mismas ganas que yo de divertirse.
Por eso llegó puntual a nuestra cita. En cuanto nos vio a Alejandro y a mí sonrió de una forma que no le había visto desde que decidió presentarse y, por unanimidad, decidimos no hablar del tema en toda la noche.
Así, durante unas horas, todos volvimos a ser los de siempre: Rebeca, ruidosa, exagerada, entregada a la diversión; Alejandro, tranquilo, chistoso, contenido; y yo conseguí sentirme ligera, sin presión, me reí hasta que me dolió el estómago, bailé como si no hubiera un mañana y, en varios momentos de la noche, descubrí a Alejandro observándome como aquel día hizo en mi clase.
En ninguna de las ocasiones apartó la mirada cuando lo descubrí; fui yo quien lo hizo porque las mariposas que me provocó en el estómago con cada una de esas miradas me prometían algo que yo no era capaz de casar con el lugar que él ocupaba en mi vida.
Y no estaba dispuesta a dejarme engañar por unas sensaciones que nunca llegarían a ningún sitio.
Cuando llegué a casa, estaba tan cansada y relajada que creo que me dormí antes de poner la cabeza en la almohada.
***
El móvil en mi mesilla no dejaba de sonar, así que me abalancé sobre el teléfono por si esa llamada a las ocho de la mañana se debía a una emergencia.
—Si te apetece y te da tiempo a preparar una maleta para cuatro o cinco días, te recojo en un par de horas.
Era la voz de Alejandro, pero su mensaje no tenía sentido en mi cabeza.
—¿Qué?
—Los planes fantásticos están listos, solo hace falta que aceptes para que empiecen.
Me separé el teléfono de la oreja, miré la pantalla y volví a acercarlo a la cara.
—¿Alejandro?
—Sí. A menos que tengas planes con más gente...
—Pero si no llevamos ni cinco horas en nuestras casas...
—¿Eso es un «no»?
Quizá fue mi imaginación, pero me pareció descubrir algo de decepción en su voz. Y, siendo honesta, aunque no le había preguntado ni una sola vez por ellos, tenía mucha curiosidad por saber de qué se trataba.
—Creía que los planes serían salidas y cosas así.
—Y «cosas así» habrá, pero en Portugal.
Eso me espabiló del todo.
—¿Vamos a Portugal?
—Solo si te apetece, ya te lo he dicho.
¿Que si me apetecía? Estaba segura de que nada me había apetecido tanto en mucho tiempo, así que me levanté de la cama sin perder un segundo.
—En una hora estoy más que lista.
Intenté no pensar que pasaríamos los siguientes días juntos. Solo desayuné algo rápido, me duché, me vestí y preparé una maleta de mano con lo imprescindible. Cuando terminé aún me sobraban quince minutos para informar a Rebeca. Le mandé un mensaje.
«Alejandro me ha invitado a pasar unos días en Portugal. Le he dicho que sí, necesito desconectar de verdad».
«Algo me dijo ayer. Disfruta mucho, que has tenido un año duro. Yo me marcho al pueblo a ver a mi familia, que con esto de la oposición hace mucho que no los visito».
Intercambiamos un par de mensajes más hasta que una llamada perdida me indicó que Alejandro me esperaba ya. Di un rápido repaso al piso para asegurarme de que todo quedaba en orden y fui a su encuentro.
Entrar en su coche, de pronto, supuso un momento...
raro. Quizá íntimo. El hecho de haber repetido esa acción un millón de veces desde que nos conocimos pareció haberse quedado en el olvido y se tornó en algo especial, delicado, sutil...
, pero solo para mí. No me dio la sensación de que para él fuera algo así, a pesar de las miradas que cruzamos la noche anterior, a pesar de la escena que vivimos en mi aula y que a mí me pareció cargada de una tensión que aún no lograba explicar.
Parpadeé unas cuantas veces y carraspeé, al mismo tiempo que me abrochaba el cinturón de seguridad para sacudirme unas impresiones que en los últimos días se empeñaban en aparecer sin permiso.
Éramos dos amigos de viaje, como tantos otros, y él, en concreto, era uno que se preocupaba por rescatar al otro en los malos momentos, como se suponía en una bonita amistad como la nuestra.
Si quería disfrutar de los días siguientes, no debía permitir esos pensamientos, así que, con el ánimo renovado, me giré hacia él.
—Bueno, ¿dónde vamos?
—A Portugal.
—Eso ya lo sé. Dime algo más.
—Vale, pero solo porque me gustaría que planificáramos este viaje juntos, no quiero que parezca que te arrastro conmigo.
—No lo haces, pero te lo agradezco igualmente. Creo que necesitaba esta escapada más de lo que pensaba.
—Yo también. El final de curso ha sido un poco...
Como no terminaba la frase, lo miré. Estaba atento a la carretera, pero volvió el rostro hacia mí y continuó:
—Intenso.
De nuevo mi estómago dio un brinco. No entendía qué estaba ocurriendo, pero recé a todos los dioses para que esa no fuera la tónica de nuestro viaje, porque algo dentro de mí empezó a gritarme que quizá Alejandro sentía algo parecido a lo que a mí me quitaba el sueño.
Respondí cualquier cosa para volver a la normalidad.
—Sí, todos los finales de curso son horribles. Pero bueno, ahora toca descansar. ¿Qué tienes planeado?
—Voy a llevarte a mi casa.
¡Bum! Un nuevo shock para añadir a la lista.
—¿Vas a presentarme a tu familia?
Juro que intenté que los nervios no se descubrieran en mi voz, pero estaban siendo demasiadas emociones fuertes seguidas con él y mi cabeza y mi corazón amenazaban con estallar.
—Si a ti no te importa... Llevan años preguntando cuándo vas a ir.
Me quedé un segundo sin aire porque todo eso me sonaba demasiado formal, demasiado parecido a uno de esos sueños que una aprende a no alimentar para no hacerse daño.
—¿Perdón?
—Les hablo mucho de ti. —No añadió nada más durante los siguientes segundos.
Después, continuó como si nada—: Pero no te preocupes, aunque llevo tres meses sin verlos, no vamos a alojarnos con ellos.
La idea es hacer un poco de turismo por el sur del país, voy a enseñarte lugares que pueden llenarte de paz solo con poner un pie en ellos.
Y así, con esa sencillez, con esa capacidad tan innata en él de hacer fácil hasta lo que parecía imposible, transitamos los kilómetros con tranquilidad, compartiendo listas de música y podcast, comentando nimiedades, y yo sintiendo minuto a minuto, hora a hora, que la vida tenía formas raras de consolarte, cuando la única persona con la que de verdad querías estar era la misma con la que menos podías imaginar un futuro.
Sin embargo, en ese ambiente perfecto que se había creado entre nosotros en el espacio reducido del coche, llegué a pensar que podría conformarme con eso.