Capítulo 4
—B ueno, Lidia, cuéntame. ¿Qué te parece la decisión de Rebeca de opositar para una plaza pública?
Me encontraba, una vez más, sentada en el despacho de la directora.
Al final de cada curso escolar, durante la primera semana de junio, mantenía con cada uno de los docentes una entrevista para evaluar nuestra felicidad en el centro.
O eso es lo que decía. En la teoría nos escuchaba, recogía nuestras quejas y nuestras sugerencias, las valoraba y trabajaba con el equipo para intentar mejorar de cara al curso siguiente.
En la práctica, solo cumplía con un requisito que le imponía la fundación de la que formaba parte nuestro colegio: recogía información que podía ser clave para asegurar su puesto y, en función de con quién fuera la entrevista, criticaba más o menos.
Yo tenía claro que Rebeca aún no había mantenido la cita con ella, así que ese dato no se lo había proporcionado mi amiga.
Lo que no podía asegurar era que no se lo hubiera dicho yo.
El mes anterior había pasado por su despacho dos veces más y, para sobrevivir a cualquier cosa que me echara en cara, había optado por poner buen semblante, decirle que sí a todo e intentar no registrar la conversación para que no me atormentara después.
Porque, aunque ir a hablar con ella ya no me causaba ningún tipo de nervios, estar siempre a la defensiva para evitar que todas las cosas que me recriminaba no me afectaran se había convertido ya, a esas alturas del trimestre en el que una no puede ni con la vida, en una batalla perdida de antemano.
No sé cuánto tiempo llevaba sentada en aquella silla, pero había pasado de relatarle una vez más la situación con Francisca (era ya como un ritual entre nosotras en el que yo intentaba dejar constancia de mis problemas y ella hacía como que lo tenía en cuenta) a informarle de que ni el jefe de estudios ni la directora de mi ciclo habían encontrado hueco para hablar conmigo en el último mes, pasando por lo absurdo que encontraba el programa de bilingüismo tal y como se estaba llevando a cabo en ese momento (huelga decir aquí que si algo me reconocían era nivel nativo de inglés y que no dudaron en nombrarme coordinadora del programa tres años antes, pero me relevaron cuando los resultados de mis alumnos fueron de los más altos de toda la provincia; paradojas de la vida, porque los profesores de la etapa siguiente se quejaron de que los alumnos estaban por encima de lo que ellos tenían programado y se aburrían en las clases).
El resultado fue que si en algún momento me preguntó qué pasaba con mi compañera, le contesté que se iba. Así que, a esas alturas, ya solo me quedaba ser sincera. Brutalmente sincera, de hecho.
—Pues me parece que por no tomar cartas en el asunto tal y como corresponde a un equipo directivo, vais a perder a una de las mejores profesionales que tenéis en el centro.
—Esperemos entonces que no apruebe, ¿no?
Responder lo que más me apetecía solo me iba a llevar a un callejón sin salida, así que, echando una nada discreta mirada al reloj, me levanté.
—Lo siento, pero tengo que marcharme ya si quiero que mis chicos estén preparados para irse a casa a la hora. Solo quedan diez minutos.
Bajé las escaleras casi corriendo porque no había mentido: aún tenía que ayudar a mis alumnos a recoger sus cosas.
Sin embargo, durante ese corto trayecto hasta mi clase, solo pude pensar que, una vez más, esas reuniones no servían para nada, al menos en mi caso.
Bueno, sí, me dije, había servido para confirmar que nadie iba a mover un dedo por nosotras. Por mí.
Realicé un par de respiraciones profundas mientras recorría los últimos metros antes de abrir la puerta de mi clase, no quería que mis niños me percibieran alterada, y me obligué a pensar que solo quedaban un par de semanas de cole, después llegarían los informes, las memorias, las reuniones interminables y, por fin, en julio empezarían las vacaciones.
Eso me recordó que unos días antes de que todo acabara, Rebeca afrontaría el examen por el que llevaba los dos últimos meses desaparecida, sacrificando tardes, fines de semana y momentos con nosotros.
Sonreí apenas antes de entrar. Si alguien merecía aprobar esa oposición era ella.
Solo esperaba alegrarme de verdad cuando llegara el momento, y no pensar en lo mucho que la iba a echar de menos el curso siguiente.
***
Tiempo después, cuando quise darme cuenta, el telón del salón de actos del centro bajaba y los aplausos llenaron la sala en una ovación de padres entregados a la actuación de fin de curso de sus hijos.
Felicité a todos mis alumnos en un abrazo de grupo y, en una nerviosa fila de chiquillos igual de emocionados que yo, llegamos a nuestra clase para esperar el momento en el que todos iniciarían sus vacaciones de verano. Yo, además, intentaba alargar unos minutos más el privilegio de ser su maestra.
Casi una hora después, tras muchas fotos, decenas de besos y miles de «gracias», me quedé sola en clase.
Limpié mis últimas lágrimas de alegría y repasé todos los detalles que habían tenido conmigo: el álbum repleto de fotos que hacían un recorrido por mis tres años con ellos, un cuento personalizado con nosotros como protagonistas, una pulsera de plata con veintiún colgantes en miniatura, una maceta con un pequeño bonsái y la frase «Gracias por ayudarnos a crecer» grabada al pie y, la que más me emocionó, una caja en la que cada familia me había depositado una carta personal y un pendrive en el que, según me dijeron, cada niño me había dedicado unas palabras.
Me recordé a mí misma que ser maestra era mi sueño, que era aquello por lo que tanto había luchado, que si algo sabía hacer era justamente acompañar a mis pequeños y que no era justo que me dejara sabotear por nadie.
Y con esa alegría en el corazón, cargué con todo como pude y me dirigí a la salida. Allí, muchos de mis compañeros se encaminaban ya hacia los coches y algunos se sorprendieron al verme aparecer con tantas cosas.
—Madre mía, Lidia, ¡cuántos regalos!
—Sí, felicidades, este año Rebeca y tú os habéis superado, los chicos han estado fantásticos.
Aunque todos los alumnos de Infantil participaban en el festival, los del último curso tenían más protagonismo dado que concluían la etapa.
—Gracias, la verdad es que todos lo han hecho genial.
Mi sonrisa y mi felicidad eran auténticas y así sentía cada una de las palabras que estábamos intercambiando, pero de pronto los rostros cambiaron. No me hizo falta darme la vuelta para saber quién acababa de unirse a nosotros.
—Bueno... cada maestra tiene sus métodos para ganarse a las familias, y que tú hayas decidido dárselo todo hecho es muy lícito, cari .
Entonces, intentando que mi carga no se cayera, me giré despacio hasta quedar frente a ella.
Francisca venía con una taza y un ramo de flores, regalo de los padres de su tutoría.
Quizá estaba equivocada, pero, habida cuenta de cómo era ella, me dio la sensación de que estaba comparando sus presentes con los míos sin tener en cuenta nada más.
Quise ceder a la tentación de decirle algo hiriente, pero no era mi estilo.
Además, si, como creía, su comentario era producto de la envidia, ya tenía bastante con cargar el sentimiento.
—O quizá solo han querido tener un detalle después de tres años compartiendo tantas cosas.
Pero Francisca no tenía intención de dejarlo ahí y abrió la boca de nuevo.
—Lo dudo...
En ese instante, Alejandro apareció a mi lado y cogió la planta, que amenazaba con estrellarse contra el suelo.
—Francisca, déjalo, todos tenemos claro que cuando tantas familias coinciden en agradecer el trabajo de una profesora, lo más sencillo y lógico es pensar que lo ha hecho bien. No le busques tres patas al banco porque no las tiene.
Quizá fue la primera vez que alguien se atrevió a discrepar con ella de manera tan abierta, no lo sé, pero Francisca, en contra de lo esperado, se quedó sin respuesta.
Después, nos sostuvo la mirada unos segundos y, sin despedirse de nadie, se dirigió a su coche, dejó los regalos en el interior sin ningún cuidado y desapareció.
—¿Te ayudo con esto?
La voz de Alejandro me devolvió a la realidad. Asentí con un movimiento de cabeza, mientras sentía cómo toda mi alegría se esfumaba.
—Eh..., no dejes que tu día se estropee. Además, tengo planes fantásticos para este verano.
Me guiñó un ojo y, tras despedirse con la mano libre del resto de nuestros compañeros, abrió la marcha hasta mi coche. Y yo, deseosa de quitarme de encima la mala sensación, lo seguí.
Unos instantes antes de abrir la puerta, caí en la cuenta de algo: Alejandro acababa de posicionarse abiertamente a mi lado.
***
Al día, siguiente, como siempre ocurría tras la partida de los chicos, el colegio parecía un lugar diferente.
Todo estaba tranquilo, sin ruidos, sin niños...
Esos días me ayudaban a conectar con mi profesión porque, cuando llegaba el momento de recoger el aula, me permitía tiempo para recordar anécdotas del curso, para revisar los dibujos de mis alumnos que adornaban las paredes, para ver las marcas que su paso había dejado en la clase...
Descubrí a Rebeca a punto de entrar en su clase.
—Buenos días. ¿Cómo lo llevas?
Apenas le quedaban un par días de para el primer examen y unas semanas para el segundo y yo sabía que, en el fondo, por muy buena memoria que tuviera, empezaba a ser presa de los nervios.
—¡Uf! Hay un tema que no me ha dado tiempo a estudiar aún... Espero que no me toque.
—Seguro que no, sería mucha casualidad. De todas formas, estate tranquila, yo tengo claro que vas a aprobar... —bajé la voz en ese punto— y podrás largarte de aquí por fin.
Aunque estaba segura de haberlo dicho con alegría, supe que Rebeca había notado un pelín de mi desasosiego por su marcha.
—Oye, seguiremos hablando cuando me manden a la otra punta de la provincia, ¿verdad?
—Y aunque te mandaran a la otra punta del mundo.
Avancé rápido hasta ella y la abracé. Ninguna de las dos dudábamos que en el curso siguiente ya no estaría allí.
Una vez en mi clase, comencé con el ritual de siempre: tirar papeles que ya no servían. Llevaba un buen rato de limpieza cuando unos golpes sonaron en mi puerta abierta. Levanté la vista y lo vi. Alejandro.
—¿Cómo vas?
—Bueno, creo con esto ya he terminado. Pero me vendría bien una mano para quitar todos los murales, al menos los que están más altos.
—¿Te sirven las mías?
Alejandro acercó una mesa a la pared más próxima y se subió en ella para empezar a quitar chinchetas. Así, en un silencio que ninguno parecía dispuesto a romper, fuimos vaciando de adornos mi clase; hasta que, en un momento determinado, empezó a reír con suavidad.
—¿Qué te hace tanta gracia?
Por toda respuesta, solo me mostró un dibujo: una chica con una corona y una sonrisa de oreja a oreja... literalmente.
—¿Eres tú?
No pude más que imitar el gesto.
—Según Hugo, sí.
Entonces, muy despacio, Alejandro bajó de la mesa, se acercó a mí y colocó el folio a la altura de mi cara. Paseó los ojos de mi retrato al dibujo varias veces.
—Mmm...
—¿Qué? —Adopté una pose de fingido orgullo dolido—. ¿No crees que pueda ser una reina?
Todo cambió en ese instante: el rostro de Alejandro, su respiración, el aire a nuestro alrededor...
Todo. En otro contexto, con otro hombre, habría jurado que, además de estudiarme, me besaba con la mirada, pero...
¿Alejandro? Bajó el dibujo, detuvo su vista sobre mis labios, volvió una vez más a mis ojos...
Y dio un paso atrás. De nuevo volvió a ser el amigo que yo conocía.
—Creo sinceramente, su alteza , que podrías ser lo que quisieras.
Me guiñó un ojo, como se empeñaba en hacer en los últimos tiempos, y dejó el papel sobre un montón destinado a terminar en la papelera. En cuanto pude reaccionar, lo rescaté del funesto final.
—¿No lo tiras?
—¡No! Es un fantástico retrato.
—¿Lo guardas todo?
—Casi todo...
Él solo se encogió de hombros y siguió ayudándome con la limpieza. Un rato después, dimos por terminado el trabajo.
—Mil gracias, sin ti no habría acabado nunca.
—Ha sido un placer, ya lo sabes. Y en unos días... comienzan los planes.
—¿Qué planes?
—¿Cómo que qué planes? Te lo dije ayer.
El día anterior había terminado tan cansada que no volví a pensar en lo que me dijo en el aparcamiento del cole.
—Bueno, solo me dijiste que tenías planes para el verano.
—No, te dije que tenía planes fantásticos .
Y, tras elevar las cejas un par de veces, se marchó.
Algo parecido ocurrió durante los días siguientes: reuniones, reuniones, reuniones, preparar documentación y, de vez en cuando, algún tiempo muerto para quedarme en clase y preparar alguna cosa.
Era en estos momentos en los que Alejandro aparecía con cualquier excusa que yo sentía inventada, convencida de que se debía a lo mucho que le aburrían los ratos muertos.
Porque no, ni por asomo el día del dibujo Alejandro había actuado como yo pensaba ni por un instante había ocurrido algo entre nosotros por más que, cada vez que repasaba la escena, yo jurara que tuvimos un momento casi romántico. Yo no era ese tipo de mujer para él.
Así llegó, por fin, el último día. Intenté salir de las primeras para evitar besos y abrazos con compañeros por los que no sentía nada y, sobre todo, para evitar a Francisca.
En la puerta me encontré con Rebeca y Alejandro abrazando a Rosa, una adorable señora a quien apenas le quedaban dos años para jubilarse, que llevaba casi toda su vida ocupándose de la portería del centro.
Me uní a ellos en la despedida y después caminamos los tres por el aparcamiento.
—Chicos, estos dos días que me quedan hasta el examen estaré totalmente desconectada.
La miré. Puesto que no tenía ninguna duda de que aprobaría, imaginé que sus nervios se debían a cómo lo haría: necesitaba una nota muy alta para elegir un destino en condiciones, así que, llegados a la puerta de su coche, Alejandro y yo la abrazamos.
—Te estaremos esperando para quemar todos tus nervios cuando lo acabes.
La observamos hasta que desapareció, después, Alejandro se giró hacia mí.
—Comienzan las vacaciones de verdad. Prométeme que no volverás a pensar en este lugar en los próximos dos meses.
Resoplé, sabía lo que me estaba pidiendo.
—Cuando Rebeca apruebe...
—Cuando lo haga iremos a celebrarlo. Después, comenzarán nuestros planes fantásticos y luego, cuando llegue septiembre, ya pensaremos en ello. —Se acercó un poco más a mí y me dio un beso en la mejilla—. Hablamos pronto.
Y se marchó. Yo, mientras, me quedé allí, intentando comprender por qué de pronto un gesto tan sencillo y tan propio de él había conseguido llevarse consigo buena parte del peso que había cargado durante el curso...