…también puede besar con la mirada Capítulo 3
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Capítulo 3

C uando Alejandro me dejó en casa tras nuestra visita al río, me dediqué a fundirme en un solo ser con el sofá y me regalé una maratón de El Señor de los Anillos , interrumpiendo solo mi mimetización con el sofá y la televisión cuando Rebeca me llamó el domingo después de comer.

—Voy a presentarme a las oposiciones.

Me dejó helada. Contenta y orgullosa de ella también, porque apenas quedaban unos meses para el examen y había que ser muy valiente para lanzarse; pero helada y muerta de miedo por dentro porque tenía claro que las aprobaría.

Y eso, para mí, suponía que el curso siguiente me tocaba enfrentarme de nuevo a las aulas sin su apoyo.

Solo pensar quién sería la compañera encargada de cortar mis alas y ahogar mi espíritu hacía que me sudaran las manos y el ritmo de mi corazón se acelerara.

—¿Lo hacemos juntas?

—No puedo, Rebeca. Me encantaría, pero yo no tengo tu memoria y no seré capaz de estudiar un montón de temas en dos meses y medio. Quizá el próximo curso; este, imposible.

Y ella sabía que tenía razón. Rebeca tenía una capacidad de retención privilegiada y no le costaba nada memorizar cualquier cosa, pero era consciente de que esa habilidad era algo escasa entre el resto de los mortales. Al menos en mí.

A pesar de todo, por un segundo lo valoré, porque lo peor no era perder a Rebeca o verme abocada a trabajar con alguien insufrible; lo peor era descubrir que, sin ella el curso siguiente, Alejandro se convertiría en la única persona capaz de hacerme respirar entre aquellas paredes, por tanto, si me iba, perdería los pocos instantes de complicidad que tenía con él.

Le di vueltas al tema en mi cabeza y valoré cuánto ganaría si me apartaba del centro y cuánto lo vería fuera de él; al final llegué a la conclusión de que aquel pensamiento no tenía sentido porque, como ya le había recordado a Rebeca, dos meses para estudiar una veintena de temas era un tiempo excesivamente escaso para mí.

¿Y qué me quedaba si en el colegio se enteraban y luego no lograba aprobar?

¿Un futuro profesional aún más negro? No, gracias.

Sin embargo, el lunes, cuando nos saludamos en el aparcamiento del cole, me lo volvió a sugerir. Y de nuevo, susurrando para que los mil oídos que tenían las paredes del centro no nos escucharan, le recordé que tengo memoria de pez.

Por si la decisión de Rebeca no hubiera sido suficiente golpe, la compañera que en su día empezó la campaña de acoso y derribo hacia mí entró en mi clase al poco de empezar, sin llamar siquiera a la puerta.

—Lidia, he estado viendo las fichas que haces con tus alumnos...

—Buenos días para ti también, Francisca.

Pero ella continuó hablando como si no hubiera entendido que acababa de echarle en cara sus maravillosos modales.

— Cari , vas muy retrasada. A estas alturas tus niños ya deberían estar más que iniciados en las sumas.

—Disculpa, pero, hasta donde yo sé, solo debo ponerme de acuerdo con mi compañera directa, y esa es Rebeca. Ella y yo llevamos el mismo ritmo, ajustado, además, al desarrollo de nuestros alumnos.

—Pero, cari , si yo te lo digo por tu bien. Cuando tus niños pasen a Primaria van a ir muy retrasados, y los compañeros tendrán que informar de eso.

Y ahí estaba, una vez más, la Cari por excelencia, haciendo de buena samaritana, minutos antes (o después, vete tú a saber) de ir con el cuento a la coordinadora de ciclo y a la dirección del centro.

—Te agradezco el gesto. —Mentira, claro, pero solo deseaba que se largara de mi clase y me dejase seguir tranquila—.

Sin embargo, Rebeca y yo llevamos el temario perfecto y ya sabes que la ley solo exige que se manejen con el conteo y las cantidades, no que sepan sumar o restar en un papel.

Además, a estos chicos aún les queda un trimestre para terminar el ciclo y pasar a Primaria.

—Bueno, pero piensa que no puedes hacer lo que te dé la gana en la clase, porque luego los padres de los diferentes cursos hablan y comparan lo que hacemos cada una con nuestro grupo.

—Qué suerte tengo entonces de no estar saltándome ninguna norma.

En ese momento, Rebeca, que había visto pasar a Francisca por delante de su clase, apareció en mi ayuda.

—Buenos días, chicas. Lidia, ya estamos aquí para hacer la actividad que teníamos programada.

Y, sin más, pidió a sus alumnos que fueran pasando a mi aula y se sentaran donde pudieran. De esta forma, Francisca, por más que protestó e intentó hacerse oír por encima de las voces de los más pequeños, acabó por marcharse.

Cuando la puerta se cerró, Rebeca solo me dio un abrazo y, sin perder un segundo, comenzó a organizar a los chicos en grupos.

Evidentemente, no teníamos ninguna sesión conjunta preparada, eso solo había sido una excusa, pero sabía que Francisca venía a molestar y que yo me iba a quedar chafada después de su visita.

En el patio, la coordinadora se acercó a mí y me repitió, con palabras exactas, lo mismo que me había dicho Francisca y recalcó que todas debíamos estar coordinadas. Las seis.

Sí, éramos seis compañeras: dos en el primer curso, dos en el segundo curso y dos en el tercero.

Rebeca y yo éramos las tutoras de tercero y, al parecer, las únicas causantes de problemas, pero como Rebeca siempre llevaba la sonrisa puesta y yo había manifestado en incontables ocasiones que no estaba de acuerdo con según qué cosas, por mucho que llevaran haciéndose así «toda la vida», la manzana podrida del grupo era yo.

—Sí, pero cada grupo marca su ritmo. Si mis chicos necesitan hacer otras cosas antes que empezar a sumar, pues lo necesitan y punto.

—Y punto no, porque los de Rebeca hacen lo mismo que los tuyos.

—Mira qué bien, al menos sí que me coordino con alguien.

El resto de la semana fue un cúmulo de malas miradas, respuestas subidas de tono y saboteos de actividades que Rebeca y yo teníamos programadas para nuestro grupo.

Cuando llegó el viernes, escapé como alma que lleva el diablo a mi casa, deseosa de contar los días que me quedaban para las vacaciones de verano. Mi paciencia comenzaba a terminarse y me daba miedo explotar cuando menos acertado fuera el momento.

***

El sábado Alejandro apareció en mi casa con dos vasos de café de mi cafetería preferida.

Con leche de soja, nata montada (de vaca, sí, un poquito de lactosa cada cierto tiempo no me mataba), sirope de caramelo y canela espolvoreada.

Para él, un sencillo bombón. ¿Y qué puede hacer una cuando el hombre de sus sueños se presenta de esa guisa en la puerta de su casa?

Pues justo lo que yo hice: guardar mis quejas por lo temprano de la hora y franquearle el paso con música de trompetas en mi cabeza e imaginando una alfombra roja bajo sus pies.

Por supuesto, le entregué la mejor de mis sonrisas.

Alejandro, a mi paso, se inclinó para darme un beso en la mejilla.

—Sabía que con esto me haría perdonar por despertarte. —Siguió andando hasta la cocina sin mirar atrás—. Rebeca me contó ayer la mierda de semana que habéis tenido y la aparición de Francisca en tu clase.

—Una más de tantas... de las dos cosas.

Tras dejar las bebidas en la encimera, se dio la vuelta con gesto serio.

—Lidia, no puedes seguir así. Tienes que hablar con el jefe de estudios o con la dirección.

—Con la directora es imposible, sabes que está de su parte. Y con el jefe de estudios y la directora de Primaria voy a conseguir lo mismo que si hablo con la pared. Viven muy tranquilos en su puesto y no quieren problemas.

Así era. Ernesto y Macarena solían decir que sí a todas mis peticiones, reclamaciones, quejas, lamentos y lloros, y luego, a la hora de la verdad, solo se quedaban en «ya sabes cómo es, mejor no meterse en líos con ella».

—Ya, pero esto está acabando contigo.

Me encogí de hombros. ¿Qué podía hacer? La alternativa era abandonar. Me lo había planteado muchas veces, pero no quería dejar a mis chicos con un sustituto cuando solo faltaban unos meses para el final de curso. Además, quería terminar el ciclo con ellos.

Alejando se acercó a mí y me agarró suavemente por los hombros.

—Lo digo en serio, Lidia. Tienes ojeras desde hace ya no sé ni cuánto y has perdido peso.

La verdad es que acumulaba meses durmiendo un máximo de cuatro horas, y ni siquiera seguidas. Y cuando no tenía ansiedad y devoraba casi sin masticar cualquier cosa que cayera en mis manos, se me cerraba el estómago y solo era capaz de alimentarme a base de café y agua.

—Prométeme que la semana que viene lo intentarás de nuevo.

—Alejandro, lo he hecho ya un montón de veces...

—Pues hazlo una vez más, por favor.

No respondí. No pude. Estaba cansada, sin fuerzas y emocionalmente noqueada, llevaba en la misma situación cerca de dieciséis años, así que solo asentí con un suspiro.

Al momento, me vi envuelta por los brazos de Alejandro.

Pero no fue un abrazo como los que solíamos compartir cuando estábamos contentos, o nos despedíamos o saludábamos.

No fue así. Fue un abrazo que me encerró por completo contra su pecho.

Un abrazo en el que pude sentir hasta los latidos de su corazón.

Un gesto con el que pareció apartarme del mundo opresivo que me rodeaba y con el que me ofrecía un remanso de paz por unos segundos.

Así que no me moví más allá de subir mis brazos hasta su cintura y rodearla con cuidado.

Cerré los ojos y noté que apoyaba su mentón en mi coronilla.

Durante esos instantes me sentí tan bien, tan reconfortada, tan llena de energía de nuevo... Pasado ese tiempo, Alejandro, sin soltarme, se separó apenas de mí.

—Mírame, Lidia.

Aunque parecía una orden, sonó tanto a ruego que, a regañadientes, separé mi mejilla de su pecho. Lo que vi en sus ojos me quitó el aliento porque, aunque esas cosas no se estudiaban en los libros, supe que no me miraba como un amigo, sino como alguien que es algo más que eso.

—Te... te...

Contuve el aliento. Pasaron los segundos, pero no continuó. Y yo, aparentando no darme cuenta de que se había callado, seguía con mi vista clavada en su rostro.

Alejandro se aclaró la garganta.

—Te aprecio mucho, Lidia.

¿Qué esperaba? ¿Una confesión de un amor más allá de una amistad que no me había demostrado nunca? Sonreí. Pero lo hice como cuando intentas disimular que la caída no ha dolido, que solo ha sido un rasguño. O ni siquiera eso.

—Yo también a ti, Alejandro.

Como si nuestro abrazo nunca hubiera tenido lugar, empezamos a desayunar.

Mentiría si dijera que tras su visita me encontré mejor.

Porque no fue así. Es cierto que me animó y logró que olvidara las horribles sensaciones que me acompañaron durante la semana, pero sus miradas, sus sonrisas, sus caricias para consolarme solo me lanzaban el horrible mensaje de que me había enamorado de la persona equivocada.

Mientras uno de los dos siguiera trabajando en el colegio, jamás podríamos tener algo.

En cualquier caso, ese no era el mayor problema.

El escollo insalvable era que él no sentía lo mismo por mí.

Por eso me obligué a recordar que no podía permitirme soñar con una confesión distinta.