Capítulo 2
U n par de golpes en la puerta de mi aula interrumpieron la actividad de relajación que hacíamos en clase justo después del patio.
—Lidia, la directora quiere verte. Vengo yo a sustituirte mientras estás arriba.
Arriba era el despacho de la supermegahiperdirectora .
Juro que no sentí nada cuando me lo dijo. Tan acostumbrada estaba ya a sus reprimendas que lo mismo me daba ir a su despacho que al retrete. La sensación era exactamente igual.
—Ahora vuelvo, chicos.
Subí las escaleras que llevaban al despacho de Dirección.
Otra conversación sobre mis métodos, otra batería de preguntas que cuestionaban su eficacia, otra tanda de motivos por los que debía ir al mismo ritmo que mis compañeras...
En fin, la cuestión era que debía elegir entre plegarme a los métodos arcaicos de los demás o seguir como yo quisiera a riesgo de tener que someterme a un nuevo tercer grado.
Cuando volvía a mi aula, justo en el cambio de clase, me crucé con Alejandro.
No necesitó preguntar de dónde venía al ver mi expresión de derrota.
Se paró en seco a mi lado y, con el rostro serio, abrió la boca para decirme algo.
Sin embargo, en el último momento, la cerró y un atisbo de alegría apareció en sus labios, mientras me apretaba con suavidad el hombro.
—Venga, ánimo, que ya no queda nada para el fin de semana.
No tuvimos tiempo para decirnos nada más porque el timbre de inicio de clase sonó con fuerza en los pasillos de todo el centro, así que solo me miró con su maravillosa sonrisa y cada uno siguió su camino.
Mientras bajaba el último tramo de escaleras solo pude pensar en que él siempre aparecía cuando peor yo me encontraba, como si tuviera un radar especial para identificar mis peores momentos.
Cuando acabó nuestra jornada, Rebeca y yo caminamos juntas hasta el aparcamiento.
—¿Sabes? A mí también me han llamado la atención. Pero no pienso dejar que eso me hunda. De hecho, se me ha ocurrido un nuevo proyecto...
Y así, en pocos segundos, me puso al tanto de su idea.
Esta vez consistía en juntar a nuestros pequeños con los más mayores del cole; decidimos ir más allá y no quedarnos en una mera exposición a los niños de alguna actividad, sino en un verdadero intercambio de momentos, de vivencias, de mezclar las aulas a lo grande.
Una vez más, la ilusión volvía a mí.
***
La semana pasó entre planes y acuerdos con compañeros.
Lo cierto es que solo aceptaron tres de Secundaria: la profesora de Química, la de Inglés y, cómo no, Alejandro.
Él ni siquiera pidió detalles; bastó con que Rebeca y yo termináramos de explicar la idea para que dijera que sí.
Sé que lo hizo porque nuestro proyecto le entusiasmó, además de porque era un gran amigo; sin embargo, una parte chiquitita muy en el fondo de mí deseaba que lo hubiera hecho por pasar más tiempo a mi lado...
Necesitaba quitarme esa idea de la cabeza, pero cada vez me costaba más verlo cada día y hacerme a la idea de que nunca llegaríamos a cruzar la línea de la amistad.
En cualquier caso, fue un verdadero placer y la experiencia de ver, un mes después, a los chicos de cuatro años en el laboratorio o sumergidos en una sala reconvertida en Londres.
Aprender los movimientos de la Tierra, el sol y la luna en francés resultó una maravilla para padres, alumnos, los cinco docentes implicados y...
nadie más. Así que otro jarro de agua fría y una nueva bronca cayeron sobre mi cabeza: demasiado tiempo para organizarlo, demasiadas horas de estudio perdidas para los mayores, demasiadas expectativas para los padres que no podían cumplirse a todos los niveles...
El caso es que la tarde en la que nos dieron la valoración sentí que había llegado a mi tope.
—Te recojo a las siete. En punto.
No tuve tiempo de decirle a Alejandro que ese viernes no tenía ganas de salir, que lo único que quería era llegar a casa y plantearme mi futuro. Y, tal y como había prometido, a la hora exacta estaba esperándome en la puerta de casa.
—¿Dónde vamos? Porque no tengo muchas ganas de fiestas. ¿Has avisado a Rebeca? Con todo el lío a mí se me ha olvidado.
Alejandro esperó a que me abrochara el cinturón de seguridad y arrancó. Después, sin mirarme, contestó.
—Hoy solo quedamos tú y yo y, la verdad, no para ir de fiesta precisamente. ¿Te apetece que vayamos a nuestro rincón?
Me sorprendí. Y para bien, tengo que reconocerlo.
«Nuestro rincón» era un lugar que descubrimos juntos una de las veces que quedamos al poco de su llegada, cuando recorríamos una de las carreteras de montaña en mi empeño por enseñarle las maravillas de la ciudad.
Paramos en uno de los salientes que hacía las veces de mirador y, observando lo que quedaba a nuestros pies, vimos que el río que discurría más abajo presentaba una ribera seca y llana, así que decidimos llegar hasta allí para pasar la tarde.
Habíamos vuelto solo en cuatro ocasiones más, pues el acceso no era fácil.
—Se hará de noche en un rato...
—Por mí no hay problema.
El plan era insuperable: nuestro rincón, calma, desconexión, él y yo en un coche, el atardecer... Dudé. Mi estado anímico no podría soportar un ambiente así sin sufrir un poco más por meterme de lleno en una atmósfera tan romántica... siendo yo la única enamorada.
Alejandro lo notó.
—Venga, creo que lo necesitas.
Solo asentí con un breve movimiento de cabeza y no dejé de observarlo de reojo durante todo el trayecto, que él amenizó con una lista de música suave.
Alejandro había nacido, crecido y estudiado en Portugal, pero su afán por buscar aventuras había acabado con él en mi ciudad, así que no tenía familia ni amigos aquí. Eso es lo que nos llevó a acercarnos. Eso y que él, como Rebeca y yo, veía la educación de otra manera.
Veinte minutos después llegábamos a nuestro destino, justo cuando el sol empezaba a esconderse.
Salimos del coche y nos tumbamos sobre el capó para observar en completo silencio el momento.
Cuando la noche cayó al fin, volvimos al interior, aunque antes sacó del maletero una tableta de mi chocolate preferido y un termo de un litro hasta arriba de rooibos .
—¿Cómo estás?
Y así, con esa sencilla pregunta, me rompí. Ni siquiera la energía y el positivismo de Rebeca podían ya sostenerme. Aún debíamos afrontar el último trimestre del curso y se me antojaba un auténtico K2 que ni el alpinista más experimentado del mundo sería capaz de coronar.
Antes de ser consciente de que ocurría, Alejandro se acercó a mí y me abrazó, me dejó llorar sobre su hombro y empaparle la camiseta de lágrimas, mientras sus manos acariciaban mi espalda en un gesto de consuelo que yo, de verdad, necesitaba más que el aire que respirábamos.
En un momento determinado, subió hasta mi pelo y enredó sus dedos en el cabello a la altura de mi nuca, despertando unas sensaciones en mí que había prometido mantener encerradas con mil candados.
No fueron suficientes. Explotaron en mi interior acelerando mi respiración y mis latidos.
Ese abrazo no tendría que haberse dado nunca.
Me separé, quizá con demasiada brusquedad.
—¿Te importa si volvemos a casa? Ya estoy mucho mejor. Gracias.
Tardó unos segundos en contestar. Ojalá hubiera habido algo más de luz para descifrar su mirada, porque supe, sin asomo de dudas, que escrutó mi rostro en profundidad, imagino que queriendo asegurarse de la veracidad de mi afirmación.
Sus manos, que tras mi movimiento habían resbalado hasta posarse en las mías, se cerraron en torno a mis dedos, buscando quizá comprobar que la tensión que me acuciaba minutos antes por fin había desaparecido. Insistí:
—Te lo prometo.
Su reacción fue automática y, casi en un movimiento brusco, me soltó, pero su mirada no se apartó de mí en ningún momento, así que, más para convencerme yo que para halagarlo, añadí:
—Eres un gran amigo.
Habría jurado que su sonrisa vaciló apenas un segundo antes de que de girar por completo en el asiento, pero me obligué a pensar que me había creído con la excusa de que ese pensamiento salvaguardaba mi corazón.