Capítulo 1
L as llamas cubrían el edificio. Altas, potentes, hermosas...
Ante mis ojos, el centro se consumía en un ritual de purificación que limpiaba mi alma de odios, rencores, dolor y sufrimiento, y solo me dejaba paz y calma en una sensación de alivio tan ingente que casi me sentía desfallecer.
Mi cuerpo era ahora ligero, tanto como una pluma, como una brizna de hierba mecida en la brisa de un atardecer de verano frente al mar.
Me había tomado años reunir el valor para dejar mi lugar de trabajo. El colegio al que tanto tiempo de mi vida había dedicado ahora solo suponía un mal recuerdo en mi memoria y en mi corazón.
Ser maestra de Educación Infantil había constituido mi sueño desde que me preguntaron por primera vez qué quería ser de mayor.
Nunca había dudado. Ni una sola vez. Y cuando por fin me gradué y sostuve en mi mano el diploma, me sentí la mujer más feliz del mundo.
La ciudad donde ejercer me era indiferente, cualquiera me valía con tal de meterme en un aula cinco días a la semana.
Lo conseguí rápido, mi currículum era excelente, y en menos de un abrir y cerrar de ojos me convertí en tutora de un grupo de veintiún alumnos. Y así pasé años, dedicándome a mis pequeños.
Pero no todo fue color de rosa; al contrario.
Ese tono dulce, adorable, amoroso se fue tornando poco a poco en uno oscuro, sucio, deslucido, hasta que se convirtió en un negro tan denso y opresor que llegué a sentirlo como una verdadera mano apretando mi garganta hasta dejarme solo el mínimo de aire necesario para no morir...
solo agonizar en una muerte lenta y dolorosa que presagiaba desgracia.
Y así fue. Cansada, desencantada, de baja por sufrir una depresión aguda, medicada a causa de mis pensamientos autodestructivos y suicidas, me levanté un día con un único plan en la cabeza: borrar del mapa el lugar que me había llevado a ese punto.
Imaginé cientos de veces cómo lo haría, hasta que memoricé cada uno de los pasos.
Esa noche, por fin, lo había logrado.
El colegio ardía y, con él, se esfumaban todos mis problemas. Una sonrisa de alivio y de triunfo me acompañó todo el camino de vuelta a casa.
***
Me desperté con una mezcla de sentimientos tan dispares que tardé unos minutos en entender qué había ocurrido.
En mis sueños había perdido el control de mí misma y, sin embargo, una sensación de felicidad me inundaba. Al instante siguiente tuve que amonestarme y recordarme que ese era uno de los sueños que nunca podían ni debían hacerse realidad.
Me levanté de la cama dispuesta a enfrentar mi tortura un día más.
Cada vez me resultaba más difícil poner los pies en el suelo y afrontar mi jornada.
El trabajo que siempre me había fascinado se me antojaba ahora una desgraciada obligación.
Estaba cansada de pelear y no tenía claro cuánto más iba a poder aguantar.
El móvil vibró. Sin mirarlo supe que Rebeca acababa de darme los buenos días.
Rebeca era mi reciente compañera. Estaba en el grupo de las Apestadas, como nos hacíamos llamar por lo mucho que los demás trataban de ponernos la zancadilla —y muchas veces lo conseguían— y de arruinar cada una de nuestras ideas, del que algunos entraban a formar parte cuando se incorporaban a la plantilla...
y abandonaban cuando decidían que no les merecía la pena sufrir ese acoso y buscaban otro centro educativo para trabajar.
En ese momento solo ella y yo ostentábamos el triste título.
El motivo por el que el equipo directivo, en ese curso escolar, había decidido emparejarnos era una completa incógnita, pero juro que habría abandonado todo si no hubiera recibido este golpe de suerte. Gracias a ella, a su apoyo y a su optimismo, había recuperado algo de mi ilusión por la docencia.
Llegué a la cocina dispuesta a prepararme mi café doble, mientras desbloqueaba el teléfono y escuchaba su audio:
—¡Ánimo! Recuerda que, pasando pasado mañana, es viernes.
Solo ella podía emocionarse tanto los martes...
Y así, con ese mantra en bucle en mi cabeza, llegué al cole. Según dejaba el coche en la plaza que tenía asignada, alguien se bajaba de otro vehículo que acababa de estacionar tres sitios más a mi derecha.
—¡Buenos días!
Alejandro siempre me recibía con una enorme sonrisa.
Daba igual que el día fuera el más frío del invierno registrado en los últimos cincuenta años o el más caluroso que una ola de aire africano hubiera arrojado sobre nuestro país.
En serio, no importaba. Cada día para él era bueno y eso provocaba que hubiera jornadas en las que pensaba que aquel gesto era la única razón por la que seguía entrando por la puerta del colegio sin dar media vuelta.
Caminé hasta su coche para dirigirnos juntos a la entrada del centro. Alejandro llevaba una mochila enorme a la espalda y eso solo podía significar una cosa.
—¿Has terminado de corregir todos los exámenes?
Su rostro giró hacia mí y me regaló una de sus deslumbrantes sonrisas.
—Dos días; ya sabes que no me gusta tardar más de eso. Los alumnos esperan las notas.
No dejaba de sorprenderme que fuera uno de los pocos que entendía que, por mucho que resultara una pesadez, los chicos necesitaban saber sus calificaciones cuanto antes para continuar su día a día.
No todos recordaban lo que suponía ser estudiante y pasar días con la angustia de no saber si habías aprobado o no el examen de turno.
—Y tú sabes que unos cuantos compañeros volverán a llamarte la atención por correr tanto, no sea que «malacostumbres a los niños». —No necesitaba aclarar que era una ironía, pero, aun así, hice el gesto de las comillas con los dedos.
—Hay quien prefiere aprovechar sus horas de guardia para cotillear o rascarse la tripa, directamente; a mí no me sale ser así.
Y ese tipo de respuestas eran las que me hacían beber los vientos por él.
Estaba enamorada de Alejandro hasta las trancas, pero las relaciones entre los profesores estaban prohibidas en nuestro maravilloso colegio y, de todas formas, más allá de las miradas que de vez en cuando nos dedicábamos, él no mostraba otra cosa que amistad y compañerismo hacia mí.
Lo último que yo necesitaba era arrojar un desengaño amoroso u otro toque de atención por parte de la dirección a mi ya abultada pila de sentimientos negativos.