…también puede besar con la mirada Capítulo 8
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Capítulo 8

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C armen

Después de dos días de emoción, cama y momentos compartidos, Pablo me invita a un recital de su madre.

Me siento algo extraña, pero acepto. O sea, no quiero que esto sea serio o...

no sé si quiero. La universidad de Málaga me ha llamado para ir un par de meses y yo...

he aceptado. Tengo que comentárselo a Pablo. En algún momento.

Llegamos al lugar donde varias personas van a recitar.

Nos sentamos en una mesa y yo pido un té.

Me toma de la mano cuando estamos escuchando.

El ambiente está oscuro y solo el escenario se encuentra iluminado.

La siguiente mujer, con un vestido largo y colorido, sale y se pone delante del micrófono.

—Es mi madre, Ágata.

—Es muy guapa.

Ella empieza. Creo que tiene un acento extranjero, tal vez francés, muy atenuado, pero que hace que, al recitar, salga música de sus labios. El poema habla de un amor perdido y Pablo suspira.

—Lo escribió cuando mi padre murió. Se amaban mucho.

Aplaudimos con ganas y me toma de la mano para presentarme. Ella está saludando a todos y cuando ve a Pablo, se le ilumina el rostro. Un rostro lleno de amor.

—Hijo, qué alegría verte.

Le da un abrazo y él sonríe.

—Mamá, ella es Carmen, una amiga.

Me mira y se alegra, se acerca y nos abrazamos, como si nos conociéramos de toda la vida.

—Pero qué guapa eres, hija mía. Hacéis una pareja perfecta.

—No empieces, mamá, que somos amigos.

—Nunca habías traído a nadie, Pilo, que es mucho decir.

—¿Pilo?

Se echa a reír.

—Cuando era pequeño, no sabía decir su nombre, y así se quedó.

—Me encantaría saber más anécdotas de Pilo, por favor.

—Claro que sí, vamos a la mesa.

—Madre...

—No seas malo y tráenos algo de beber.

Nos marchamos a la mesa y ella me toma de las manos.

—En serio, Carmen, me alegro de conocerte. Mi hijo es muy especial y raro también, como un perro verde. Le debes interesar mucho.

Me río y asiento.

—Lo es. Me costó que se abriera, pero bueno... aquí estamos. Solo que yo estoy de paso, o sea, he venido por cuatro meses, así que... no sé. No quiero que te hagas ilusiones.

—Ya veo. Pero Pablo te gusta, ¿no es así?

—Sí.

—¿Y no puedes quedarte por...?

—Mi trabajo es ir de una a otra universidad. Estoy unos meses con mi proyecto y luego voy a otra. Así es complicado tener algo más que un amigo.

—Mi hermana se casó con un camionero. Y sí, él viajaba a menudo por toda Europa. Ni te imaginas las postales que nos enviaba. Y aun así, tuvieron tres hijos. No sé, supongo que cada uno tiene una dificultad metida en su cabeza. Solo es cuestión de seguirla o no.

—Mamá, te he traído un vino blanco y refresco para ti. ¿Está bien?

—Perfecto.

—¿De qué hablabais?

—De la vida —dice su madre antes de que pueda contestar. Y después empieza a contar anécdotas vergonzosas de Pilo que acaban incluso haciéndolo reír.

Nos despedimos con un gran abrazo. Ella me mira a los ojos.

—Eres una mujer maravillosa. Lástima que no puedas convertir ese proyecto tan chulo que haces a algo online, como se usa ahora.

Levanto una ceja, pero Pablo me lleva después de despedirme.

—Lo siento, mi madre es muy intensa. Ya ni me acordaba de algunas cosas que ha contado.

—Me ha caído de maravilla, Pilo.

—¿En serio? Olvídate de ese nombre —dice riéndose.

—Tendrás que hacer algo muy fuerte para que lo olvide, Pilo, Pilo, Pilo...

Me echo a reír y él atrapa mi boca contra una pared y me hace callar. Luego, caminamos de la mano hacia mi casa, donde jugamos a las posturas un buen rato.

Y así pasan tres meses. Él ha sacado su periódico online. Yo he convertido a los chavales en apasionados estudiantes, incluso he pasado por varios cursos, además del de primero. Ha sido una experiencia increíble, pero... me esperan en Málaga.

Incluso hemos cenado varios días en casa de su madre. Y cada vez que nos marchamos, ella me mira con intención.

Esa noche, casi no dormimos. Mañana tengo que empezar a hacer las maletas. Pablo acaricia suavemente mi piel. Suspira.

—¿Y si... no te fueras? Mi piso ya está arreglado y hay sitio para los dos. Podrías... me encantaría que te quedaras, Carmen.

—Tengo un compromiso con la universidad de Málaga.

—Podrías volver después.

—Me han llamado de Praga. Me gusta estar contigo...

—Te quiero, Carmen —dice de sopetón cuando me incorporo para besarlo.

Me quedo parada, inmóvil—. Te quiero de verdad y me gustaría intentar una relación seria contigo.

Sin que tengas que dejar tu trabajo, aunque no sé cómo, pero yo podría estar aquí y tú viajar lo que necesites y volver a casa... al piso.

—Yo..., joder, Pablo. No me hagas esto.

—¿El qué? ¿No estar enamorado de ti? Tarde. Pero no pasa nada; si no sientes lo mismo, lo acepto.

Me levanto, confundida, y me encierro en el baño. Es el único lugar privado. Joder, joder... y lo... jodido es que yo también lo quiero. Mierda.

Tardo mucho, necesito pensar y me siento en el suelo, arropada con el albornoz. Cuando salgo, él ya no está. Hay una nota.

Tranquila, lo entiendo. Me lo dejaste bien claro y tienes razón. He sido yo quien ha cometido el error de enamorarse. Te deseo lo mejor. Pablo.

Se ha ido y tal vez... tal vez sea lo mejor.