…también puede besar con la mirada Capítulo 7
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Capítulo 7

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P ablo

Carmen me ha invitado a quedarme a dormir y, aunque dudo, lo hago. Paso un momento a mi apartamento para lavarme los dientes, y cuando vuelvo, ella está en el sofá con una infusión. Me pide que me siente a su lado.

—¿Quieres ver una peli?

—¿Qué tipo de películas te gustan? —le pregunto mientras me acomodo en el sofá y ella se coloca a mi lado con el mando.

Ambos estamos bastante llenos con la lasaña y he de reconocer que me lo he pasado muy bien, me ha contado anécdotas y, aunque sé que le debo alguna explicación...

, no he encontrado el momento. Pero me he reído, y sí, hacía mucho que no estaba tan relajado.

Ella pone las piernas en mi regazo y me mira, su sonrisa es pícara.

—Sé que estamos muy llenos, pero la mejor película es la que hemos visto antes. Tú encima de mí. Pero claro, si te apetece, vemos la parte dos, que es yo encima de ti.

Suelto una carcajada y la beso. ¿Qué se supone que voy a hacer cuando se vaya?

—Te ha cambiado la cara. Lo he visto. ¿Qué es?

—Que te irás, Carmen. Como todos... —susurro.

—Tienes algo duro en tu pasado y no es necesario que me lo digas, pero, Pablo, ya sabías que esto era así. Lo siento si...

—No, perdona, está bien. Lo sabía. ¿Vemos un rato la tele y luego seguimos con la segunda parte?

Ella asiente y ponemos las noticias. Los periodistas solemos ver varias cadenas, observamos cómo lo hacen o qué dicen. Pura deformación profesional. Pero sacan noticias de la guerra y apago la tele. Me he quedado lívido.

—Estoy muerta de sueño. ¿Te importa que durmamos un poco?

—Sí, será lo mejor.

Nos echamos en la cama y ella se aprieta a mí.

Yo paso el brazo por su cintura. Me gusta su calidez y enseguida me quedo dormido.

Y entonces, todo vuelve. La bomba, la muerte de Svetlana, mi impotencia por no poder salvarla; y me despierto, sudando y con un grito.

Ella se pone rápidamente de rodillas delante de mí, la miro con los ojos desenfocados.

Me acaricia, me tranquiliza y me doy cuenta de dónde estoy.

—Lo siento, debería... irme. Perdona.

—No te vayas, Pablo. Déjame abrazarte, por favor.

Déjame consolarte —dice, y me conmueve tanto que me recuesto de nuevo a su lado.

Son las cinco de la mañana y ninguno nos vamos a dormir.

Dejo que la oscuridad me atrape y me lleve de nuevo a Kiev, donde conocí al que pensé que era el amor de mi vida.

—Fue... en la guerra —susurro. Me alegro de que la luz esté apagada, aunque una farola de la calle me deja adivinar ligeramente su rostro, que ya me lo sé de memoria—.

Estuve de corresponsal, pensaba que mi vida se estaba...

momificando de alguna manera. Necesitaba probar, y cuando llegué allí, la adrenalina me volvió a la vida.

Había una periodista ucraniana, Svetlana.

Preciosa, inteligente..., no sé si fue amor lo que sentimos, pero había algo.

Compartimos meses de relación, ¿sabes? Y, para resumir, un dron explotó en la casa donde nos alojábamos varios periodistas.

Ella murió. No pude sacarla de allí y entonces me volví a la universidad.

Pensé que lo más seguro era esa vida que había llevado y...

, bueno, hasta que tú..., de alguna forma, me has despertado.

—Como... como a la bella durmiente —dice, pero sé que está llorando.

—Algo así. —Sonrío triste—. Me di cuenta de que en realidad la relación con ella iba a ser algo temporal. Y, aun así, me quedé hecho polvo. Eres... eres la primera persona a la que se lo cuento, Carmen.

—Eso significa algo —susurra ella.

—Significa que empiezas a importarme y que otra vez me quedaré hecho una mierda cuando te vayas en cuatro meses. Y por eso debería alejarme de ti.

—No quiero hacerte daño, Pablo. Nunca fue mi intención. Me gustas.

—Y fuiste muy clara.

Me echo hacia atrás y levanto las manos para ponerlas bajo mi cabeza. Ella se apoya en mi pecho y puedo ver su rostro serio.

—Lamento mucho lo que te pasó allá. Y sé que ver morir a una persona que aprecias puede marcarte para siempre. Pero tú estás vivo, Pablo. Eres joven y mereces rehacer tu vida, disfrutarla.

—Y a la única persona que me apetece conocer resulta que se va en semanas —murmullo. Ella me besa.

—Tal vez debas vivir el presente y aprovechar las oportunidades. Puede que yo sea esa relación temporal que te hace darte cuenta de que estás vivo y eres capaz de volver a tener a alguien.

—Puede ser —digo suspirando. Ella se echa en mi pecho y acaricio su espalda desnuda. No le voy a decir que quisiera que fuera ella, porque no quiero que se sienta mal. Lo he sabido desde el momento cero.

—¿Quieres dormir un poco más?

—No —contesto—, me paso a mi apartamento para ir a correr. Te veo luego.

Me marcho, porque no quiero... abrirme más. Es posible, tal vez con ella me dé cuenta de que hay que dejar el dolor que pase, aunque no se olvide.

Salgo a correr un buen rato, luego me ducho y me visto.

Llamo a su puerta, pero ya se ha debido de ir, así que camino hacia mi despacho.

Cuando entro, tampoco está, así que me voy hacia la cafetería; de todas formas es pronto y no he desayunado.

Ella está hablando con mis compañeros, a los que saludo, y me pido un café con un bollo.

Voy hacia una mesa libre cuando Carmen me hace señas para que me siente con ellos.

Aunque no es... no es lo normal en mí, lo hago. Por ella.

—Buenos días —digo. Están Fran e Isa, que me mira con los ojos bien abiertos.

—Siéntate. Estaba contándoles lo del proyecto. Tenían curiosidad.

—¿Y cómo llevan tus alumnos la novedad? —pregunta Isa interesada.

—Parecen contentos.

Me quedo callado y miro a Carmen, que me anima para que siga hablando.

—Han aumentado. Puede que mi clase les resultara un tostón y esto los ha animado.

Isa abre la boca y Fran se me queda mirando. Carmen sonríe. Elevo las cejas. Hasta en eso me ha... cambiado.

Termino el bollo de un bocado y me levanto.

—Tengo que corregir unos exámenes.

Salgo de la cafetería y me cruzo con un par de alumnos que me saludan con una sonrisa.

No me lo puedo creer. Me siento delante del ordenador.

Hoy toca hablar de los periódicos digitales.

El primer año que estuve dando clases se me ocurrió hacer algún tipo de periódico para mis alumnos, algo donde pudieran publicar sus artículos, pero finalmente se decidió que otro profesor con más experiencia lo hiciera.

Ese hombre ya se jubiló y nadie ha cubierto ese puesto, y tenemos una dirección web reservada.

Envío un e-mail a Carlos y me dice que sin problema.

A los minutos, el informático me manda la contraseña.

Sonrío. Creo que a los alumnos les va a gustar.

—Ay, Dios, que me he confundido —dice Carmen al entrar. Levanto la cabeza y la miro, extrañado—. Sí, he entrado en el despacho de otra persona porque... ¡estás sonriendo!

Suelto una carcajada y ella me mira con una sonrisa.

—Nadie me había hecho reír tanto.

—Lo pondré en mi currículo —dice abriendo la puerta para que salga y me una a ella hacia el aula.

Entramos y veo que la clase está casi completa. Es mi momento de quizá hacer algo que aprecien. Hay que conocer la teoría, pero también es importante la práctica.

—Hoy podéis cerrar apuntes y cuadernos.

Me miran como si fuera un extraterrestre. Carmen sonríe atenta.

—La profesora Ríos me ha inspirado para hacer algo práctico y he recuperado el acceso al periódico digital del curso. ¿Os apetecería escribir y publicar artículos para que pueda leerlos cualquiera? ¿Quién se apunta?

Se quedan quietos, sobresaltados, como cuando ves un animal delante del coche.

Tímidas manos se empiezan a alzar hasta que son todas.

Carmen aplaude. En un momento, todo se revoluciona.

Buscamos ideas, asignamos puestos, participan en todo.

No sé si se lo acaban de creer, como yo, pero se nos hace la clase corta hasta que le toca a ella, que se levanta con una gran sonrisa.

—Mañana seguiremos con este tema, ahora que hable la profesora Ríos. Carmen...

—Gracias, Pablo. Bueno, ha sido una agradable sorpresa y me alegro mucho. Ahora nos toca seguir con nuestra lista, aunque sé que algunos estáis excitados por el proyecto tan maravilloso de vuestro profesor. ¿Algún voluntario?

Carmen los mira, pero antes de que salga alguien, Marta se levanta. Está muy nerviosa y le tiemblan las manos, pero se pone delante de todos.

—¿Estás bien?

—Sí, profesora. No he dormido casi, pero he tomado una decisión. —Se vuelve hacia todos sus compañeros y suspira—. De pequeña, me llamaban la Bola.

La piel se me pone de gallina cuando ella cuenta, durante dos minutos, aquel suceso de acoso, pero luego acaba con la historia de su abuelo; y si la primera nos ha hecho llorar de tristeza, la segunda ha sido de felicidad.

Cuando acaba, mira a Carmen. Un chico empieza a aplaudir.

Luego va otro; y después, los demás. Ambas se abrazan y todos van saliendo uno por uno, a darle su abrazo correspondiente.

Me acerco a ella y, sin importarme lo que piensen de nosotros, la rodeo con mis brazos.

—Eres única, Carmen.