Capítulo 6
Fracasar
C armen
—¿Qué es fracasar? —pregunto nada más que Pablo me cede la clase. Hoy ha estado algo distraído, pero puesto que se sabe sus clases de memoria, no ha fallado. Miro a todos los alumnos, hoy han venido unos veinticinco, diez más que en la clase anterior.
Una chica de la segunda fila levanta la mano. Le doy la palabra.
—Fracasar es fallar en algo, hacer las cosas mal o no llegar a entregar un trabajo. A veces, no llevar una relación a su término...
—Sí y no —contesto mientras paseo por el frente de la clase—.
Todos fracasamos, según esa definición. Pero para mí cambia un detalle.
Fracasar es todo lo que has dicho y más.
Todos conocemos algunos aspectos oscuros de nuestra vida que no le diríamos a nadie.
—Veo sonrisas—. Pero el fracaso es más que eso.
Para mí es cuando vuelves a caerte, sea el número de veces que sea, y no te levantas. Ahí es cuando hemos fallado del todo.
Algunos asienten y miro a Pablo, que está serio. Retomo la clase.
—¿Alguien hizo el ejercicio que os propuse? Escribir sobre lo que vale la pena. Vuestros motivos.
Varias manos se levantan. Voy dando paso y todos hablan de vocación, de pasión, de la verdad y de informar de la forma más ecuánime posible. Me gusta. Veo ese entusiasmo que deben tener. Sonrío y miro la hora. Veinte minutos se nos hacen cortos.
—Habéis completado la primera pantalla —digo, y algunos sonríen por la referencia a los videojuegos—, vamos a por el siguiente nivel.
La comunicación. Quiero que para mañana preparéis dos minutos en los que vais a contar algo personal.
No tiene por qué ser íntimo, pero vendréis aquí y hablaréis para toda la clase.
Veo caras confusas y alguna que otra sonrisa.
—Saber hablar en público, saber comunicar es algo que debemos dominar.
Y todo el mundo puede ser muy habilidoso leyendo una pantalla y soltando la parrafada.
Pero es necesario transmitir, emocionar, y para ello nada mejor que contarnos algo personal.
No quiero que os aprendáis un tema, sino que lo sintáis. ¿De acuerdo?
Ellos asienten, y aunque veo caras dudosas, sobre todo en una chica de la primera fila, recogen sus cosas. Pablo se levanta y caminamos hacia el despacho.
—Creo que debería escribir ese cuaderno —suspira mientras me abre el despacho—, yo tenía esa motivación hace años.
—Ni que fueras tan mayor —digo sonriendo.
—No, pero me has... reconectado. Empiezo a darme cuenta de algunas cosas. Y creo que ellos también.
—Eso quiero pensar. Y que tú... que tú también lo pienses, me alegra mucho.
Me siento en la mesa y lo miro. Parece indeciso. Se acerca un paso y luego otro. Está a un suspiro de distancia y extiende la mano para acariciar mi cara. Llaman a la puerta y se aleja a su mesa. Entra una chica, la tímida de la primera fila.
—Buenos días, profesores.
—¿Ocurre algo, Marta? —pregunta él. Ella me mira—, ah, ¿quieres hablar con la profesora Ríos?
La chica asiente y él se levanta.
—Voy a por un café.
Le envío una sonrisa de agradecimiento e indico a Marta que se siente enfrente. Ella está dudando.
—No puedo hacerlo, profesora.
—Solo Carmen. ¿Qué no puedes hacer?
—Hablar delante de todos. Yo quiero ser periodista, pero solo escribir, no... ponerme delante... no puedo.
—¿Pánico escénico?
—Sí.
—¿Qué pasó? Si quieres contármelo.
—Yo... de pequeña era... muy gordita. Me llamaban la Bola, ya sabe lo crueles que son los niños —dice y le paso un pañuelo.
Creo que no se ha dado cuenta de que está llorando—.
Gracias. Y tuve que... tuve que hablar de un proyecto y...
estaba tan nerviosa que... fue horrible, Carmen.
Tenía diez años y me hice... se me escapó algo de...
mojé mis pantalones y... al cabo de los años, cuando era adolescente, estuve a punto de suicidarme.
Ahora estoy bien, mis padres me ayudaron muchísimo, y también una buena psicóloga...
, pero noto que no me siento segura delante de la gente... , ¿podría no hacer ese ejercicio?
—Lo siento muchísimo, Marta, pero... creo que no te voy a eximir. Has estado todo este tiempo evitando exponerte y no acabas de superarlo. Imagina que te colocas delante de todos y va bien.
—¿Y si va mal? No podría soportar otro momento así.
Me pongo a su lado y la tomo de la mano.
—¿Y si va bien, Marta? ¿Y si por fin te libras de esa losa pesada que llevas arrastrando tantos años?
No soy psicóloga, pero sí he ido a una durante cierto tiempo de mi vida.
Y escondernos de los traumas no hace que los superemos.
Y... si fuera mal, si te bloqueases, tampoco pasaría nada.
Tenemos más miedo al «¿y si?» que nos planteamos nosotras mismas que a lo que realmente podría pasar.
Ella está más calmada y se limpia la cara.
—Solo puedo decir que... lo intentaré.
—No tienes por qué contar algo que te pese, seguro que lo pasabas muy bien con tu familia ¿quizá haciendo algo?
Ella sonríe y se ilumina su rostro.
—Me encantaba ir a pescar con mi abuelo. Pasábamos horas mirando el lago y hablando.
—Es una anécdota maravillosa, Marta. Me encantará escucharla. Inténtalo, y si te es imposible, cambiaré de tema y saldrá otro alumno. Pero que no te venza el miedo.
Nos levantamos y ella me da un abrazo. En su rostro hay un pequeño atisbo de determinación. No quiero forzar a nadie, pero incluso después de haber superado el trauma, una pequeña parte sigue allí.
Pablo se asoma y trae un café que me da.
—¿Estaba bien Marta? Es una joven muy inteligente, aunque extremadamente tímida. Salir delante de todos quizá no le ayude.
—No está muy bien, pero lo va a intentar. No voy a forzar que lo haga, solo si ella lo desea.
Acabamos la mañana con los otros dos grupos que tiene e incluso hoy Pablo ha preguntado a uno de los alumnos su opinión sobre algo.
Casi me echo a reír por la cara de asombro del chico.
También se han apuntado a hacer el cuaderno y me siento satisfecha.
Es una técnica que probé con otras universidades y fue bien.
Estamos recogiendo todo en el despacho cuando llaman a la puerta y entra Fran.
—Ey, hola. ¿Qué tal? Me preguntaba si te apetecía tomar un café, Carmen.
Me quedo pasmada y miro a Pablo, que aprieta levemente la mandíbula. Creo que Fran ha leído señales equivocadas, pero cuando voy a contestar, Pablo se adelanta.
—Justo tenemos que diseñar una parte de su proyecto. Tal vez mañana. Hoy toca horas extras.
—Entendido, Pablo. Nos vemos mañana y, Carmen, enhorabuena, he oído varios comentarios de pasillo que decían que estaban encantados con tu clase.
—Gracias, Fran.
Se marcha y me vuelvo hacia Pablo.
—¿Revisar mi proyecto? ¿En serio?
—Es que no conoces a Fran, va de mujer en mujer. Aunque claro, si es lo que quieres...
—Te lo dije ayer. No me interesa. Me voy a casa, aunque si quieres repasar lo que sea, me avisas.
Me marcho con media sonrisa. Paso por un supermercado cercano y compro varias cosas para tener en la nevera. Puede que me aficione a cocinar, ¿por qué no?
Acabo con dos bolsas grandes y, cuando llego a casa, las dejo en el suelo para abrir la puerta. Mi vecino de enfrente sale, mirándome curioso.
—¿Hoy sí tienes comida?
—Y bastante, incluso para compartir. ¿Conoces a alguien al que le apetezca?
Él se rasca la barbilla, como si estuviera pensando.
—¿Fran?
—Mmm, puede que lo llame, tengo lasaña congelada y es demasiado grande.
—O puedes invitarme a mí —dice. Sonrío y entro en la casa, dejando la puerta abierta. Mientras empiezo a recoger todo en la nevera y armarios, él entra en la casa con una botella de vino. La miro con la ceja levantada.
—¿Quieres emborracharme?
—Pues no. Podemos mezclarlo con cola. Aunque eres divertida cuando bebes, me apetece hablar con la Carmen profesora —dice dejando la botella en la nevera—, y tal vez puedas decirme de dónde salió ese proyecto.
Asiento y me acerco a él, que está apoyado en la encimera. Joder, es que le tengo ganas. Él se pone rígido. Luego, se destensa.
—Mira, yo... es que no soy así. Y compartimos la clase. Pero es que tienes tanta vida que me estás matando —dice rendido, tomándome de la cintura. Paso los brazos por su nuca y me acerco a su cuerpo.
—Pablo. Te juro que no soy de las que ven un tío y se lanzan, pero tú también tienes algo que me atrae, y todavía no lo sé, porque anda que no has sido antipático conmigo.
—Supongo que me atrajiste desde el minuto cero y no quería... volver a sufrir —comenta apartándome un mechón de la cara con dulzura. Luego me mira a los ojos—, pero no te voy a contar nada, porque sé que lo estás pensando. Solo que... si me dejas... me gustaría besarte.
—Te dejo, Pablo, por supuesto.
Él borra la sonrisa de mi cara con un beso ardiente que me hace gemir.
Me levanta en brazos y me sienta en la encimera.
Arrasa el cuello con sus besos y sus manos parecen mágicas, están en todas partes.
Roza mi espalda mientras yo meto las mías por debajo de su camiseta, para tocar su piel, su pecho, su fuerte espalda.
Él gime cuando se coloca entre mis piernas y su dureza se une al calor que emito. Se aparta, agitado.
—Esto va a acabar...
—... como debe. En mi cama.
Me levanta y me lleva en brazos mientras no deja de besarme. ¿Cómo puede ser un tío tan sexy e inteligente a la vez? Me deposita despacio en la cama y pronto su camiseta y la mía están fuera. Se deleita con mi piel y, sin darnos cuenta, ya estamos desnudos.
—No tengo condón —dice levantando la cabeza de mi cuello.
—No importa, estoy protegida. Y sana.
—Yo también. Dios, estoy deseando hacerte el amor.
—No te cortes —suspiro deseándolo. Se introduce en mí y siento que algo está pasando, porque cuando él me mira mientras se mueve dentro y fuera, creo que es lo adecuado.
Gimo cuando estoy a punto y, nada más que acabo, él también. Se echa a mi lado y ambos respiramos agitados. Luego se vuelve hacia mí y pasa su brazo por debajo de mi cuello, para que me acurruque.
—Eres... asquerosamente perfecto, Pablo —digo en su cuello. Se echa a reír. Su risa es profunda y por demás sensual. Me pego como una pequeña lapa y me acaricia la espalda.
—Ha sido un polvo rápido, Carmen, esto habría que mejorarlo. Si quieres.
—Sí, quiero. O sea, lo mejoramos, vale.
Vuelve a reírse y mi estómago hace un ruido de hambre. Me da un beso en los labios y se levanta, para ponerse solo los pantalones.
—Voy a meter la lasaña al horno, ¿de acuerdo?
Me incorporo para verlo trabajar. Tener un hombre —un hombre, no, ese hombre— medio desnudo en la cocina me encanta. Aunque sea solo para meter una lasaña en el horno.
Él se vuelve con una sonrisa burlona y una vez que la ha metido, vuelve a la cama, aunque no se quita el pantalón.
—Me encanta que me hagan la comida.
—Se me da muy bien hacerlas —dice besándome un pecho, que se eriza.
—Creo que igual voy a ducharme. Salgo enseguida.
Corro a la ducha porque mi corazón está palpitando demasiado rápido. Y es por él.