…también puede besar con la mirada Capítulo 4
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Capítulo 4

Decir las cosas

C armen

No he visto a Pablo en todo el día, así que me marcho a tomar una cerveza con los compañeros. Me mandan la ubicación, y aunque me despisto, acabo encontrándolos. Hay tres mujeres y dos hombres, de diferentes materias. Me reciben con una sonrisa, qué diferencia con él.

Y sí, el viernes me fui a cenar sola y poco me importa, estoy acostumbrada, pero quería conocerlo un poco más, y solo lo he empeorado.

—Carmen, siéntate —dice Fran, otro profesor. Es de la edad de Pablo, creo, quizá algo mayor. Las mujeres me sonríen y pido una cerveza. Una de ellas, Isa, me pregunta:

—¿Qué tal con Pablo? Es duro de pelar.

—Bueno, he entrado en su clase y supongo que a todos les molestaría.

—A mí no —dice Fran guiñándome un ojo. Isa bufa y me mira preocupada. Vaya, aquí hay un amor no correspondido.

—El caso es que solo voy a estar cuatro meses aquí, así que se tendrá que acostumbrar.

—Es una vida un poco a salto de mata, que diría mi madre —comenta Isa. Me encojo de hombros.

—Sí, pero es la que me gusta. Ir de ciudad en ciudad, conocer a gente nueva, jóvenes que quieren aprender, unos más apasionados que otro; es estimulante, la verdad.

Ellos asienten y me empiezan a contar cotilleos, luego los voy conociendo.

Isa y Fran son los únicos solteros y por lo visto el primero, de treinta y nueve, es de los que van de flor en flor, teniendo a Isa loca por sus huesos.

Tomamos un par de cervezas más, y ya, un poco mareada, porque no suelo beber, me despido y me voy a casa.

Debería haber comido algo antes de salir.

Cuando llego a la habitación, se me caen las llaves. Me echo a reír yo sola. Y acabo apoyándome en la pared. No sabía que me iban a sentar tan mal las cervezas. Se abre la puerta de enfrente.

—Oye, Carmen, quería disculparme... —Me mira y luego a las llaves, que siguen en el suelo. Las recoge—. ¿Has bebido?

—Poco. No cené...

—Déjame ayudarte.

Abre la puerta y me tropiezo, así que me coge de la cintura.

—Te aseguro que no bebo —digo con los ojos brillantes—. Gracias.

Todavía me tiene agarrada de la cintura y entonces paso los brazos por su nuca, algo que he deseado desde el primer momento. Él se pone rígido e intenta apartarse, pero no lo dejo.

—Vamos, Carmen, esto no es... no es...

—Sé lo que hago —digo, y en parte es verdad. Acaricio su nuca y lo atraigo hacia mí, pero él se aparta como si quemara, haciendo que me tambalee y me caiga de culo. Chasquea la lengua y me ayuda a levantar. Sonrío tontamente, y después me quedo de pie, mirándolo—. Eres guapo, a pesar de ser tan...

No puedo seguir, me dan arcadas y me voy corriendo al baño. Después de vomitar y jurar que no voy a tomar más cervezas, escucho la puerta. Bien, se ha ido. Me lavo la cara y me pongo el pijama. Cuando salgo del baño, está ahí, con una caja.

—Es manzanilla, va bien, si te gusta.

Me mira, nervioso, y tomo la caja. Sigo mareada, pero he expulsado el alcohol de mi cuerpo y me encuentro mejor.

—Lo siento, Pablo. Realmente me sienta mal beber.

Se acerca a la nevera y la abre. Está casi vacía.

—¿En serio no tienes nada? ¿Y cómo ibas a pasar el fin de semana?

—Iba a comer fuera. Estoy acostumbrada.

—Espera, ahora vuelvo.

Se marcha enfrente y me preparo la infusión.

Al menos, tengo agua. Me siento en el sofá con la taza caliente y al rato, pasa con una bandeja y se pone en la cocina a preparar cosas.

Me acerco y me siento en una de las banquetas de la encimera.

Está preparando unas fajitas con carne picada y pimientos.

—¿Te gusta cocinar?

—Si vives solo no queda otra. Paso de ir a comer fuera a todas horas. Imagino que te gusta esto, ¿no?

—Me gusta, gracias. ¿Por qué lo haces?

Me mira y se encoge de hombros. Saca una sartén, la limpia y la pone en el fuego. Luego, sin girarse, me lo confiesa.

—Supongo que tienes razón. He estado... todo el día pensando en lo que me dijiste. Me he vuelto... predecible. Y yo no era así.

Dejo la manzanilla y me acerco a él. Mira fijamente la carne picada de la sartén, pero no a mí. Rozo su brazo y se vuelve.

—Tranquilo, estaré solo unos meses. No tendrás que aguantarme demasiado. Y... no quise... hacerte daño.

—Ya. En realidad, tú no me hiciste daño, me dijiste algo que nadie... se había atrevido. Eres sincera.

Sonrío.

—Espero que no me consideres de esas personas que dicen ser sinceras cuando sueltan todo lo que pasa por su cabeza sin pensar en los demás. Yo no soy así, pero... tienes tanto talento que me dio... pena que no lo sacaras.

—Eso lo dices tú —responde molesto. Se gira para poner la carne sobre las fajitas.

—Lo dice mucha gente, pero supongo que... se cambia. Te pasó algo.

—No quiero hablar de eso. Come.

Me acerca el plato con uno de los tacos y le doy un mordisco. La salsa se me escurre mientras ronroneo por lo bueno que está.

Él se tensa y me mira con los ojos muy abiertos. Luego, pasa un dedo por mi comisura y lo lleva a su boca. Eso es demasiado para mi cordura.

—Come, Carmen —dice y él le da un mordisco al suyo.

Estamos de pie, apoyados en la encimera, y hacía tiempo que no me sentía tan cómoda.

Acabo mi plato, pero no lo pierdo de vista.

Él termina el suyo y limpia la sartén y los platos.

Yo solo puedo ver sus músculos moverse y creo que me está afectando. Luego, se seca las manos.

—Quédate, Pablo.

—No. Es un error. No debo y no... puedo.

—¿Estás con alguien?

—No, no es eso. Joder, te he conocido hace nada y somos... profesores, y yo...

—Tranquilo, lo entiendo. No soy de tu gusto.

Entonces él se acerca deprisa y me toma de la cintura. Sus labios quedan a nada de los míos.

—Eres perfectamente de mi gusto, Carmen, pero no es correcto.

—Solo estaré cuatro meses, Pablo.

Se acerca y me besa suavemente, pero luego se aparta. Abre la puerta y me mira.

—Es una de las razones de más peso. Buenas noches.

Se marcha y me siento en el sofá. Mis labios siguen sensibles. Ha sido algo suave, casi..., pero me ha gustado y me ha dejado con más hambre.