…también puede besar con la mirada Capítulo 3
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Capítulo 3

No todo el mundo debería estar aquí

P ablo

—¿Qué demonios haces? —me digo una vez que cierro la puerta. Después del día infernal, he tenido que irme a correr. Carlos me ha comentado en un mensaje que sea amable, que se aloja frente a mí, y cuando la he escuchado gritar, casi tiro la puerta de su habitación.

Lo peor, que ella estaba desnuda bajo la toalla. Su piel llena de gotas era como un delicioso postre, y verla así, me he... excitado, algo que no es posible. No. De ninguna manera. Ella es mi... enemiga.

—Joder, y encima la llevo a cenar.

Me meto a la ducha y salgo rápido porque si pienso que ella estará en la suya desnuda, me pongo nervioso.

No me entiendo. Acabo por vestirme, y para hacer tiempo, me meto en internet y la busco.

Tiene hasta una charla TED donde habla del periodismo en la actualidad.

Me fascina cómo se comunica, como llega.

Un golpe en la puerta me saca de ella. Miro el reloj y cierro el portátil.

Abro. Carmen sonríe. Cojo la cazadora y salimos. Se ha puesto unos vaqueros y un jersey azul que queda bien con su rostro, ligeramente tostado, pero de ojos claros. Ya lleva el cabello seco y suelto, le cae hasta media espalda.

—Entonces, el agua caliente...

—Bien. Fue un placer, es que odio el agua fría. Y mira que procedo de Santander, donde el agua no está precisamente como en el Mediterráneo. ¿Tú eres de aquí?

—Sí, he vivido aquí siempre, excepto... un par de años. Me gusta el sitio, es tranquilo.

—Ya veo —contesta, y le señalo una calle comercial.

—¿Qué ves?

—Gente, animación...

—No, me refiero a que has contestado «ya veo» cuando te he dicho...

—Ah, sí. ¿Tomamos una cerveza? Ese sitio parece bueno.

—Lo es.

Nos sentamos en una mesa y pedimos dos botellines. La música suena algo fuerte, pero es agradable. Ella se acerca a mí un poco y huelo su suave perfume afrutado.

—Quería decir que te gusta el sitio porque es tranquilo y tal vez predecible.

—Como yo, ¿no es así? Pensaba que querías que te enseñara algún restaurante, no que ibas a criticarme.

—No te critico, Pablo. En absoluto. ¿Por qué elegiste ser periodista? Es una carrera de pasión.

—Soy más apasionado de lo que tú crees —digo acercándome a ella enfadado. Me mira y luego a mis labios. Me aparto bruscamente.

—No lo dudo, Pablo. Entonces ¿qué te ha pasado?

Me quedo callado y justo entonces la camarera nos trae los dos botellines y un cuenco con frutos secos. Ella me mira con una sonrisa y ladea la cabeza, esperando.

—Nada que te interese. La verdad, me voy a ir a casa. Esto no funciona.

—No tiene que funcionar. No somos pareja ni nada. Solo estamos hablando. Pero tranquilo, ya cambio de conversación. Veo que no te gusta hablar de tus cosas.

—No soy un alumno ni tampoco tienes que analizarme, Carmen.

Durante unos minutos se queda callada, bebiendo cerveza y mirando a los demás, pero vuelve al ataque.

—Me gustaría conocerte, pero puedo empezar yo.

Como sabes, soy del norte, mis padres y mi hermano todavía viven allí.

Tienen una pequeña granja de vacas; sí, de vacas —dice riéndose cuando alzo mis cejas—, soy la primera de la familia que ha estudiado y se sienten muy orgullosos de mí, pero también de mi hermano, que está ayudándolos en la explotación.

Son unos buenos padres. Pero yo quería ver mundo, saber qué pasaba en él, conocer a gente nueva.

Mi pueblo, a unos kilómetros de Santander, se me quedaba pequeño.

—Me da que todos los sitios se te quedan pequeños. No pareces muy de establecerte en uno.

—Puede ser. O puede que no haya tenido los motivos necesarios para ello. Quién sabe.

Se la ve distraída y aprovecho.

—Así es complicado tener familia, supongo.

—Supones bien, pero tampoco la busco —contesta a la defensiva—, si encuentro a alguien que me gusta, estoy con él el tiempo que quiero. Y listo. Sin ataduras.

—Eso no es tener una relación. Eso es pasar por la vida de forma superficial. Y me dices a mí...

—La diferencia es que yo sé lo que estoy haciendo, pero tú ¿sabes que tus alumnos van solo por llenar el expediente? No digo que no seas bueno, te he visto hablar y realmente explicas bien. Pero... no interactúas.

Me pongo rígido. Tomo un trago largo de cerveza. Sé que no interactúo, pero que ella... que ella me lo diga así, sin conocerme, me jode más de lo que pienso.

—Decirle a un compañero algo así es de mala educación.

—O es decirle algo que no sabe o no quiere reconocer y que le ayudaría a ser el profesor brillante que podría. Te lo digo desde el cariño.

—¿Cariño? Acabas de conocerme, no digas tonterías.

—Es una expresión, Pablo. La cambio. Te lo digo desde el respeto a tu trayectoria, a tus artículos e incluso a tu tesis.

Trago saliva, incómodo.

—¿Te has leído todo?

—Bastante. No todo, la verdad. Me gusta conocer a la persona con la que voy a trabajar. Algo que me parece que tú no has hecho. Has ignorado mis correos.

—Sí —contesto incómodo.

—¿Por qué? —pregunta ella con naturalidad. Niego y me levanto a pagar, luego, salgo por la puerta. Ella me sigue y me toma del brazo—. ¿Por qué, Pablo? Quiero... ayudarte. Si me dejas.

—No, Carmen. Respetaré tu tiempo y tú respetarás el mío. Me vuelvo a casa. Al final de la calle tienes un italiano.

—Lo siento, no quería entrometerme.

—Para no querer, lo has hecho perfectamente.

Me giro y empiezo a caminar hacia la residencia. Estoy incómodo, porque, sin quererlo, esta mujer ha dado donde más me duele, y sé que esta noche no será bonita.