…también puede besar con la mirada Capítulo 2
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Capítulo 2

Hablar

C armen

Miro a Pablo con cierta pena. Sus compañeros casi me han dado el pésame por haberme incluido en su clase, pero no me asustan los retos.

—Disculpad. Voy a por algo de comer.

Me levanto de la mesa de la cafetería y me acerco a él. Está mirando la bollería que ofrecen y también la tortilla de patata. No parece decidirse.

—Si te gusta el dulce y el salado, ¿por qué no un poco de los dos? O mejor, yo me pido dulce; tú, salado, y compartimos.

Me mira entre sorprendido y horrorizado.

No entiendo nada. He leído su expediente y es un tipo brillante y, he de reconocer, guapo, incluso con su cabeza repeinada y sus gafas de montura gruesa.

Lleva un jersey oscuro, con camisa y pantalones también oscuros.

Afeitado, ojos color chocolate, mandíbula recta y diría que hace deporte, aunque esté delgado.

Muy serio para tener treinta y ocho, siete más que yo. Me acerco al camarero.

—Un cruasán y tortilla de patata. Y dos cafés solos. —Me giro hacia él—. Te invito para agradecértelo.

Sigue sin hablar y se va a una mesa. Yo pago todo y lo sigo, me coloco frente a él, parto las dos cosas, las distribuyo en los platos y se lo pongo delante.

—A veces se pueden elegir dos cosas y no es malo.

—No me queda otro remedio que aceptar tu intromisión, pero eso no significa que vayamos a ser amigos.

—Lo sé. No eres el primero que rechaza mis clases —digo con un suspiro.

Me mira y empiezo a comer la tortilla. La verdad es que siempre me lo han puesto difícil, pero solían ser profesores más mayores.

Él es joven—. Te voy a mandar un mensaje para que tengas mi móvil y así puedes comentarme lo que sea necesario.

Como no dice nada, lo hago. Él no lo mira y sigue comiendo en silencio.

—¿No vas a hablarme de nada?

—No es obligatorio, ¿o también entra en tus cometidos hacerme hablar?

Lo miro y, sin poder evitarlo, me echo a reír. Él se asombra, me observa como si fuera algo peligroso y mueve la cabeza.

—Hagamos esto agradable, Pablo. Te pido que te leas el proyecto, que podamos colaborar. Mi interés es que los alumnos lleguen a ser buenos comunicadores, que amen su profesión. ¿Nunca pensaste dedicarte a otra cosa que no fueran las clases? ¿No fuiste corresponsal?

Lo noto tenso. He escuchado algo, pero quiero que me lo cuente él.

—Sí, en Ucrania, durante la guerra. Por eso me retiré.

—¿Dejaste las clases una temporada?

—Un año. Y luego volví.

—¿No te gustaba ese tipo de trabajo?

—¿A quién le gusta ir a un sitio donde muere la gente? Me voy al despacho.

Se levanta y coge su plato para dejarlo en el carro de recoger la vajilla. Luego se marcha. Me quedo pensativa. Cierto, ir de corresponsal a un sitio en conflicto es terrible, pero creo que hay algo más.

Dejo lo mío y voy al despacho. Él está tecleando y yo me siento allí a preparar mis cosas, y también me meto en internet. Lo encuentro. Al parecer, una bomba cayó muy cerca de donde vivía con otros periodistas. Murieron cuatro personas, sobrevivieron dos, otro profesional y él.

Se levanta y miro la hora. Toca la otra clase. Cojo mis cosas y voy tras él.

—Veinte minutos al final de la clase —dice dudoso.

—Lo sé, pero quiero estar desde el principio. Es una de mis asignaturas favoritas.

Bufa ligeramente y entra en la clase. Yo me siento en un lado.

Hay como quince alumnos, se los nota apáticos como él.

Suelta su discurso como una grabadora. La gente no toma apuntes, porque ya los tienen.

Eso me lo ha dicho el decano. Creo que fue alumno suyo y lo aprecia.

Según él, la guerra lo cambió. Y no me extraña, lo hace con todos. Cuando acaba, me mira y me levanto.

—Buenos días, soy Carmen Ríos.

Me presento y les hablo del proyecto, al que llamo La lista. Me sorprende que él se haya quedado, se ha sentado en un lado y mira sus papeles, pero sé que me presta atención.

—La profesión de periodismo ha cambiado mucho en los últimos años y solo aquellos que realmente estéis comprometidos con ella vais a conseguir superarla y trabajar de ello.

Una mano se alza.

—Sí, dime.

—Hoy en día, con la inteligencia artificial y las personas que se ponen a contar noticias, lo tenemos muy mal —dice un chico de la segunda fila.

—Así es. ¿Cuál es tu nombre?

—Jorge.

—Está bien, Jorge. Tienes razón. Ha sido un cambio que afecta a todo el mundo, no solo al periodismo.

Pero tienes dos opciones: la primera, decir que esto va a ser una ruina, que nos vamos a quedar sin trabajo todos y que no queremos saber nada y buscar un trabajo que no tenga que ver.

La segunda es la que yo elegiría, y se trata de adaptarse, de dar al mundo lo que las nuevas tecnologías no pueden, y es a nosotros.

A nuestra humanidad, nuestras opiniones, la documentación, la conversación, las opiniones, hablar con las personas y, lo que es más importante, escucharlos.

Jorge asiente y veo que los demás van prestando atención.

—Por eso estoy aquí, porque hablar con el mundo es hacer algo que importe, y este es el primer punto de la lista. ¿Cuántos de vosotros os matriculasteis en Periodismo porque sentíais que podíais mejorar el mundo?

Las manos se alzan, tímidas, hasta que todos acaban sonriendo y con la mano alzada. Miro de reojo a Pablo, que está atónito. Sonrío.

—Eso es maravilloso. Y de eso se trata. Y no es hacer algo heroico o ponerse delante de una bala.

Esto no es la película de El guardaespaldas —todos sonríen—, esto va de pequeños gestos diarios, de contrastar la información y de no recurrir a herramientas que hagan nuestro trabajo, sino de usar la mejor que tenemos —digo señalándome la cabeza—, porque...

¿qué es la humanidad sin su pensamiento?

¿Habéis leído el libro de Un mundo feliz , de Aldous Huxley?

Algunas manos se levantan, pocas.

—Os resumo. En esta historia todo está dado, el mundo está preparado para que nadie se cuestione nada.

Hasta que alguien lo cambia todo. En ese caso, es una mujer que quiere tener un hijo por sus propios medios, algo que no estaba programado.

Y es cierto que tenemos herramientas que nos lo ponen todo igual de fácil, pero ese no es el problema.

El verdadero problema está en no cuestionar lo que nos dicen, o dejar de pensar porque hay algo que te lo hace todo.

La tecnología es una herramienta muy útil que, como todas, hay que saber usar.

A mí me gusta de vez en cuando, pero también disfruto con una buena charla entre personas, intercambiando opiniones.

Esto es lo que quiero que sea para vosotros el pequeño espacio que amablemente ha cedido el profesor Vega.

Alguno lo mira de reojo, pero él no dice nada.

—Y por eso, puesto que es viernes y tenéis todo el fin de semana, me gustaría invitaros a pensar.

A llenar un folio, solamente, con aquellas cosas que de verdad importan en vuestra vida, las que os impulsan cada jornada a venir a clase, las que os hicieron decidir elegir esta profesión tan apasionante.

Podéis usar un cuaderno, de los de escribir a mano, no sé si alguno os acordáis cómo se hacía —risas contenidas—, pero en cada clase hablaremos de una lista que vamos a hacer.

Y este punto es el primero. Título: «Esto me importa». Muchas gracias.

Ellos se levantan, comentando, y veo alguna sonrisa. Me giro hacia Pablo, pero ya se ha ido. Siento que él haya perdido la ilusión, pero me niego a que estos chicos lo hagan.

Me han asignado una habitación en la residencia de profesores, así que recojo mis cosas y camino hacia el edificio.

Está dentro del campus, y los que venimos de fuera o estamos por poco tiempo podemos alojarnos allí.

Me gusta porque es un miniapartamento con una habitación y el baño.

En ella hay una cama amplia, una cocina con fregadero y un escritorio.

He estado en sitios peores y esta ciudad del norte me encanta, es fresca, pequeña, pero tiene de todo.

Llego a mi apartamento. Todavía no he deshecho las maletas, porque llegué ayer.

En el sótano hay una lavandería común y también un gimnasio con pocos aparatos.

Algunos de los profesores y profesoras me han dado su teléfono y me han acogido bien.

El sábado por la noche suelen juntarse en un local de la ciudad.

Imagino que Pablo no irá. Tengo muchísima curiosidad por él.

Deshago las maletas y me meto en la ducha. El agua no sale caliente y chillo al sentirla fría. Fría no, helada. Maldita sea.

Llaman con fuerza a la puerta. Me envuelvo con una toalla y salgo mojada y helada a abrir. Cuando lo hago, él está ahí, vestido con ropa de deporte. Me mira alarmado.

—¿Estás bien? Te escuché chillar.

Traga saliva cuando ve que estoy solo con una toalla, el cabello húmedo y descalza.

—No salía agua caliente.

—¿No has conectado el termo?

—Ah... creo que no, pero no sé...

—¿Puedo pasar?

—Por favor.

Me aparto y cierro la puerta. Él va directo a la cocina y aprovecho para calzarme. Abre un armario donde está la caldera y la enciende. Luego me mira, dudoso.

—Hemos empezado mal, pero... lo que les has dicho a los chicos... no está mal.

—Gracias. Por todo. ¿Vives aquí?

—Temporalmente. Mi piso se inundó y Carlos me cedió una habitación. Estoy... enfrente.

—¿Por si necesito algo?

—Supongo que sí. Deberías... deberías vestirte.

—Acabaré de ducharme con agua caliente. Iba a salir para conocer la ciudad... no sé si te apetecería mostrármela. La ciudad. Ya sabes.

Me sonrojo, porque es un juego de palabras que he hecho sin querer, creo. No esperaba fijarme en él de esa forma.

La ropa de deporte le cae demasiado bien.

Los hombros son anchos, los brazos firmes, y en las piernas, el pantalón se le ajusta en los sitios adecuados.

Trago saliva, consciente de que llevo un segundo —o dos— de más observándolo.

Aparto la mirada y sonrío, como si no me hubiera entrado demasiado calor.

—¿Has ido a correr?

—Suelo hacerlo. Me voy.

Se gira y lo tomo del brazo. Él se aparta, como si quemara. Y puede... puede que sí.

—Entonces... ¿esta tarde? ¿Te gusta la comida italiana? Necesito encontrar el sitio perfecto.

Parece dudar, pero asiente.

—En una hora abajo.

Se marcha y sonrío. Algo es algo.