Capítulo 1
Esto no sirve para nada
P ablo
El tercer correo llega a mi móvil mientras estoy entrando en clase.
Asunto: «Seguimiento del proyecto conjunto» .
No lo abro. Entro en la clase de Teoría de la comunicación, donde algunos alumnos se sientan distraídos, hablando, y no me hacen ni caso, pero estoy acostumbrado.
Dejo mi maletín y saco mi agenda donde anoto todas las clases, el bolígrafo y la botella de agua.
Apoyo el móvil boca abajo en la mesa, para bloquearlo.
Total, ya imagino lo que dice, tonterías entusiastas para cambiar algo que no sé si funciona, pero es lo de siempre.
Lo que aprendí cuando estudié en la facultad de Periodismo.
Lo que intento transmitirles a los alumnos.
Solo aquellos verdaderamente interesados conseguirán acabar el grado. Es una criba natural.
No soy su amigo. Soy su formador.
Echo un vistazo. Mi clase tiene treinta y tres alumnos, pero hoy no habrá más de veinte. Conozco sus nombres y sus fichas, y también sus notas. Llevamos cuatro meses de curso.
—Buenos días.
Alguno levanta la cabeza; y más por costumbre que por respeto, se van callando, pero al fondo, varios siguen mirando el móvil.
—Cerrad móviles. Empezamos.
Como siempre, algunos lo hacen; otros, no. Mis clases tienen un esquema claro. Teoría, historia, ejemplos. Así que empiezo a soltar la clase, igual que el año anterior y que los cinco que vengo impartiendo este tema.
Llevo quince minutos y llaman a la puerta. Molesto, miro a través del cristal esmerilado y veo una silueta de mujer. Abro, impaciente, y ella sonríe con energía. No puede ser. Levanta la mano y la extiende para que se la estreche.
—Carmen Ríos, profesor Vega. ¿Puedo llamarle Pablo?
—Estoy en mitad de una clase, señorita Ríos.
—Carmen está bien, puesto que vamos a trabajar juntos.
Escucho un murmullo curioso en la clase, me vuelvo serio y se callan, pero no nos pierden de vista. Me molesta mucho que interrumpan mi clase.
—Hablamos más tarde en mi despacho —digo, pero ella niega.
—Me gustaría conocer a los alumnos. ¿Le importa?
Cuando voy a contestar, ella se ha colado en la clase y se acerca a mi mesa para dejar su carpeta.
Sonríe a los asistentes y ellos se quedan callados, a la expectativa.
Me pongo casi detrás. Es bajita, me llegará a mitad de brazo, o puede que sea porque soy alto.
Ajusto mis gafas, malhumorado. Ella se vuelve hacia mí y luego hacia los alumnos.
—Soy Carmen Ríos. Trabajo en comunicación y he pasado los últimos años moviéndome entre universidades.
—Se encoge ligeramente de hombros—. Y si algo tengo claro es que saber teoría no sirve de mucho si no sabes decir lo que te pasa de verdad.
Un periodista debe conocerse mejor a sí mismo para poder comunicar.
Y, sobre todo, evolucionar con el tiempo que vivimos, donde los youtubers o la IA son una verdadera competencia.
Algunos sonríen. Yo aprieto la mandíbula. Eso ha ido por mí. Ni que fuera un carcamal. Me faltan dos para los cuarenta. Miro a los chicos, parecen interesados, y los que tenían el móvil en la mano lo han dejado.
—Vamos a realizar un proyecto juntos, con el profesor Vega, por supuesto. Algo práctico. —Ellos se miran, sorprendidos, y alguno me echa un vistazo. Empiezo a enfadarme—. No es obligatorio, por supuesto, pero es una oportunidad para tomar las decisiones adecuadas.
Sonríe cuando lo dice y he de reconocer que ha despertado su curiosidad, no la mía.
—Los alumnos están aquí porque desean ser periodistas, no influencers.
—Una cosa no está reñida con la otra. Si más periodistas se convirtieran en personas de influencia, podrían ayudar a muchos jóvenes.
El silencio nos golpea. Me vuelvo hacia mis alumnos con mal genio.
—Clase terminada, pueden irse. Usted, a mi despacho.
Ella sonríe y saluda a los chicos. Luego se vuelve hacia mí cuando ya ha salido el último.
—Profesor Vega, si piensa que me voy a retirar de alguna forma, está equivocado. Mi misión es...
—Su misión es usar otra clase para hacer sus tonterías.
Ella se pone un poco más rígida y la miro. No puedo evitar fijarme en su rostro. Es bonita, sin ser una modelo, pero sus labios gruesos me llaman, aunque ahora están en una línea recta.
—Su clase es la que menos asistencia tiene y el decano ha decidido que intervenga en ella. Además, está totalmente relacionado.
—¿Con la teoría de la comunicación? —pregunto ya enervado. No suelo perder la paciencia, pero me toca la narices—. ¿Y qué es lo que va a hacer? ¿Jugar con ellos?
—Puede que sí. Si hubiera leído mis correos o mi dossier sabría exactamente qué es lo que vamos a hacer. Y, por cierto, compartiremos despacho.
—¡No! Hablaré con el decano ahora mismo.
—Vaya si quiere, pero ya está hecho.
Ella cruza los brazos delante de su pecho, enfadada. La miro, recojo mis cosas rápido y me voy directo al despacho, sin mirar atrás. Miro alrededor, mi escritorio está muy ordenado, y... pues ¿no hay otra mesa y una silla en un lado?
La puerta se abre y entra ella. Deja sus cosas encima de su lugar de trabajo.
—Esto no puede ser. Salga de mi despacho.
—Estaré cuatro meses. Podrían ser menos. Hagamos que sean agradables en lugar de tirarnos los libros a la cabeza.
Miro el reloj. No tengo la siguiente clase hasta dentro de dos horas, así que me siento delante de mi portátil y ella hace lo mismo en su mesa.
¿En serio se va a quedar? Tecleo un e-mail al decano diciéndole que es imposible, que esto no es lo que funciona, mil razones.
Sigo corrigiendo los trabajos, bufando de vez en cuando.
Son mediocres, muchos pueden haber usado la inteligencia artificial.
—¿Suele gruñir tanto, profesor Vega?
Levanto la vista, ya se me había olvidado que estaba allí. Ella sonríe. Se ha hecho un moño con su cabello castaño y lo ha recogido con una pinza. Ahora lleva gafas, supongo que para el ordenador.
—Señorita Ríos, métase en sus asuntos.
—Oh, por favor, no creo que seas mucho mayor que yo, así que llámame Carmen y te llamaré Pablo; si vamos a estar cuatro meses trabajando codo con codo podría ser incómodo.
No contesto. Entra un correo del decano en el que me dice que no hay ningún tipo de posibilidad de evitar la colaboración.
La orden viene de más arriba. Conozco a Carlos desde hace tiempo, fue uno de mis profesores y tengo confianza, debe de ser por eso que me dice que tengo que ponerme al día con las nuevas formas de enseñar.
Y que Carmen es una gran comunicadora, que los alumnos aprenderán mucho de ella.
Cierro el portátil con fuerza y me levanto. Ella lo hace.
—¿Hora del café? Me vendrá bien.
—Vete a la cafetería, Carmen —digo remarcando su nombre—, yo me voy a dar un paseo.
—Te acompaño.
—De eso nada. Es mi momento libre.
—Me gustaría hablar sobre el proyecto, es algo conjunto. Y puesto que creo que no te has leído nada de lo que te he enviado...
—No. Haz lo que te dé la gana. Te dejaré quince minutos al final de la clase y listo. En ese tiempo das lo que quieras.
—Necesito como mínimo treinta minutos.
—Veinte.
—Hecho.
La miro y ella sonríe. Me da que me acaba de meter un gol. Salgo deprisa y me dirijo a la máquina de café, donde saco uno solo. Veo a Carlos caminar por el pasillo y en dos zancadas lo alcanzo. Él me mira con preocupación.
—¿Qué pasa, Pablo?
—Ha sido una encerrona.
—No si hubieras leído el proyecto. Me da que no lo has hecho.
—Es mi clase, joder. ¿Por qué yo?
—Ha habido alguna queja. Tus clases son iguales a las del año pasado.
Y la del otro —dice mientras me indica el pequeño patio que hay en los edificios.
Paseamos por el cuidado jardín—. Circulan tus apuntes por ahí y se dice que muchos van leyendo a la vez que explicas, sin que varíe una coma o un punto.
¿Qué te ha pasado, Pablo? Eras un comunicador brillante.
Tomo un trago de café para evitar contestar. Él espera, pero sabe que... me he vuelto reservado. Suspira.
—En cualquier caso, Carmen no solo será un buen revulsivo para tus alumnos, tal vez también para ti.
—Ni en sueños, Carlos.
—Dale tiempo. He visto algunas de sus intervenciones y es brillante. —Se para y me coge de los hombros—. Hazte un favor y abre tu mente. Es lo mejor para todos y también para tu carrera. No somos IAS, somos personas, y eso se tiene que notar.
—No soy ningún robot, Carlos, yo...
—¿Estás seguro? ¿Interactúas con los alumnos? ¿Hablas con ellos?
—Tengo tutorías.
—Eres lo suficientemente inteligente para saber que no me refiero a eso. Mira, Pablo. No te queda otro remedio, así que acéptalo como el buen jugador de ajedrez que eres. No es una batalla perdida. Es un cambio de mentalidad.
—¿Y si no quiero?
Se encoge de hombros y se va hacia su despacho.
Termino el café, cabreado, y voy hacia la cafetería para tomar algo sólido.
Esta mañana no me dio tiempo a desayunar.
Las pesadillas han vuelto. Cuando llego, está rodeada de mis compañeros, como si fuera una más.
Acaba de llegar y ya habla con más gente que yo.
Me mira con una sonrisa, y aparto la vista hacia la barra del bar.
Esto es una putada, como dirían mis alumnos.