Capítulo 8
L a lectura avanzaba a buen ritmo y con la entera participación de los alumnos. Denise estaba contenta por el éxito de su iniciativa y al fin se sentía aceptada.
Aquella mañana, después de terminar la clase, la última de la jornada, se encontraba recogiendo sus cosas para marcharse cuando un discreto golpe en la puerta abierta del aula la hizo levantar la cabeza. Julián estaba en el umbral, solicitando permiso para entrar de nuevo.
—Pasa —lo invitó—. ¿Has olvidado algo?
—No; quiero hablar contigo si tienes unos minutos.
—Por supuesto. ¿Algún problema con el libro?
El chico avanzó despacio hasta la mesa de la profesora y se detuvo delante.
—No. Solo... —titubeó indeciso—. He venido a disculparme.
—¿Has hecho algo reprobable?
—Últimamente no, pero te debo una disculpa por mi comportamiento del principio. —Aguantó su mirada y añadió—: Mi padre no sabe que he venido, esto... es cosa mía.
—En ese caso, las acepto encantada.
—Gracias...
—No tienes que darlas. Pero me alegro de que hayas recapacitado y reconducido tu actitud.
Eso irá en tu beneficio. Eres muy bueno en francés y es una lástima que no aproveches la oportunidad que tienes de mejorarlo.
No me refiero solo a mí, sino a cualquier profesor que imparta la asignatura, si es que esta sobrevive.
Una sombra cruzó el rostro juvenil.
—¿Vas a marcharte? En la pizarra pusimos que deseábamos que te quedaras. ¿Recuerdas? Fuenteovejuna.
—Eso no depende de mí. La asignatura corre peligro de desaparecer. Cada vez más alumnos solicitan el inglés como idioma y no sé si me renovarán el contrato para el año próximo.
—Pero si te lo renuevan, ¿te quedarías?
El chico le dirigió una mirada ¿implorante?
—Sí, me encantaría quedarme, pero no puedo hacerlo sin un empleo.
—Lo comprendo. En ese caso, crucemos los dedos —añadió haciendo el gesto con ambas manos.
Denise hizo lo mismo.
—Crucémoslos.
Julián hizo amago de salir, pero se volvió a medio camino.
—Profe... Denise..., ¿puedo hacerte una pregunta personal?
—Hazla; ya veré si la respondo o no.
—¿Te gusta mi padre?
Denise sintió que el corazón se saltaba un latido y endureció el rostro.
—No hay nada entre nosotros, si es lo que quieres saber. No hemos vuelto a vernos después de aquella tarde en la cafetería.
—No es lo que te he preguntado.
—Lo que yo sienta no es de tu incumbencia, Julián.
Solo puedo asegurarte que no hay nada, ni lo va a haber.
Tu padre te quiere lo bastante para anteponer tu estabilidad emocional a la posibilidad de rehacer su vida.
Él y yo nunca hemos hablado de sentimientos de ningún tipo, pero deberás hacerte a la idea de que, más pronto o más tarde, conocerá a alguien.
Es un hombre joven, además de tu padre, con necesidades afectivas que van más allá de ti.
¡No seas egoísta y no se lo pongas difícil!
Y no estoy hablando de mí, sino de cualquier mujer futura que llegue a su vida.
—O sea que sí, que te gusta.
—Yo no he dicho tal cosa.
—De acuerdo, profe. Nos vemos mañana en clase.
—Hasta mañana, Julián.
Lo vio marcharse. Esperaba que le hubiera quedado claro que no había nada entre Fernando y ella, pero que el hombre tenía derecho a rehacer su vida.
***
Una semana más tarde, Julián volvió a quedarse el último al salir de clase. Cuando todos sus compañeros se hubieron marchado, se acercó a la mesa.
—Profe, quería comentarte una cosa.
—Dime —lo invitó, temerosa de lo que pudiera decirle. La última vez había traspasado un terreno personal y no le apetecía volver a darle ningún tipo de explicaciones.
—Es sobre la asignatura.
Denise respiró aliviada y Julián esbozó una sonrisa ladina.
—Todos hemos ido en masa a dirección a pedir Francés para el año que viene, y a ti como profesora. Te van a renovar el contrato, lo que te obligará a quedarte, ¿verdad?
—No será una obligación, Julián, me quedaré encantada. Pero no creáis que con esto os vais a librar de los exámenes escritos.
—¡Había que intentarlo! Pero ¿incluirás más lecturas como la de este año? Nos está gustando mucho.
—Por supuesto que las incluiré, y otras actividades que hagan la asignatura más divertida.
—Genial.
El chico la miró con una amplia sonrisa y continuó hablando.
—También quiero decirte que a mi padre y a mí nos gustaría que vinieras esta noche a cenar a casa.
Se quedó petrificada. Julián apenas podía contener su hilaridad.
—Estás de broma, ¿verdad?
—Hablo en serio.
—¡No me puedo creer que tu padre te haya mandado para invitarme a cenar! No es su estilo.
—Es cosa mía. Te estoy invitando yo en nombre de los dos.
—¿Sin consultarle?
—Le he dicho que quería invitar a una amiga, sin mencionar tu nombre.
—¿Y cómo sabes que querrá que esa amiga sea yo?
—Querrá, créeme. Le gustas un montón.
—¿Y tú? ¿Por qué haces esto?
—Tus palabras del otro día me han hecho pensar mucho, y tienes razón. He sido un poco egoísta con él, pensando solo en mí y sin querer ver su sacrificio y su dedicación durante todos estos años. Sabes lo de mi madre, ¿verdad?
—Solo por encima.
—Es lógico que quiera rehacer su vida, y si ha de suceder, ¿por qué no contigo? Le gustas y a mí me caes bien... aunque seas francesa.
—Pero presentarme así a cenar, sin que lo sepa...
—Quiero darle la sorpresa, hacer algo por él para compensar lo mucho que él hace por mí.
—¿Y qué te hace suponer que yo siento algo por él? El otro día no te confirmé nada.
—Tampoco lo negaste. Soy adolescente, no tonto. Dime, ¿vendrás esta noche?
—De acuerdo, iré.
—¿A las ocho y media? Cenamos sobre las nueve, pero así podéis hablar un poco antes de comer.
—Allí estaré.
—Gracias. Te paso la ubicación. Y, Denise, por favor, no le rompas el corazón también tú.
—Rompería el mío —admitió.
—Hasta la noche entonces, profe. Y una advertencia... no es ningún chef cinco estrellas, pero hace lo que puede.
—Eso no importa. Hasta luego.
***
Cuando a las ocho y media sonó el timbre de la puerta, Julián le pidió a su padre que abriera él.
—¿Yo? —preguntó este—. Es tu invitada.
—Pero si le abres tú la harás sentir bienvenida.
Fernando se acercó a la puerta y se quedó de una pieza al ver a Denise.
—¿Tú?
—Estoy invitada a cenar —comentó ella con una sonrisa.
Fernando se giró para mirar a su hijo.
—¿Ella es la invitada?
—Te dije que iba a venir una amiga, pero no especifiqué si tuya o mía. ¿Vas a hacerla pasar o la dejarás en la puerta?
—Perdona —comentó volviéndose hacia ella—. Eres la última persona que esperaba ver hoy. Pasa, por favor.
Julián se levantó del sofá.
—Me voy a mi habitación. Debo terminar unos ejercicios de francés para mañana; la profesora es bastante... exigente. Llamadme cuando esté la cena.
Lo vieron salir del salón y se quedaron frente a frente.
—¿De verdad te ha invitado a cenar?
—Sí, de verdad. Pero si te incomoda, me voy. Ya le dije que no era buena idea que no te hubiera preguntado.
Hizo ademán de girarse, pero él la detuvo agarrándola por el brazo.
—No me incomoda, solo estoy un poco sorprendido. Mucho, en realidad.
—Al parecer tu hijo piensa que es hora de que rehagas tu vida sentimental y cree que yo puedo ser una candidata, aunque sea francesa. Pero si tú prefieres otra me quedaré a cenar y luego me iré.
—Ni se te ocurra —murmuró mirándola a los ojos—. Eres la candidata perfecta.
Y se inclinó para besarla. Después la soltó, mirando hacia el pasillo, temeroso de encontrarse con Julián, pero el adolescente había decidido darles un poco de privacidad.
—Me temo que el menú es de macarrones con tomate. De lata, ni siquiera lo he frito yo. Pensaba dar de cenar a una adolescente y no a una sofisticada francesa.
—Si aún no has añadido el tomate puedo improvisar una salsa con lo que tengas en el frigorífico.
—¿Pretendes ponerte a cocinar? Eres la invitada.
—No me importa.
—Si mejoras mis macarrones con tomate te ganarás a Julián de por vida.
—Creo que ya lo he hecho.
—Ven a la cocina entonces. Allí podré besarte otra vez sin riesgo de ser interrumpidos. No pisa la cocina ni muerto.
Salieron del salón con el alma ligera y la ilusión pintada en los ojos. Con la promesa de un futuro que habían pensado que nunca vivirían. Era solo una cena, pero los dos estaban seguros de que en el futuro habría mucho más.