Capítulo 4
E l viernes, agotada, salió al patio durante el recreo y encontró a Julián solo, sentado en las gradas. No la vio llegar. Estaba escribiendo algo en un cuaderno que cerró de golpe.
—¿Qué quieres? —preguntó hosco.
—Nada.
—Pues vete. No estamos en clase.
Pero Denise no le hizo caso. Se sentó en las gradas a cierta distancia.
—Tienes buena pronunciación cuando no tratas de burlarte de mí. ¿También viviste en Francia con tu padre?
Él levantó la cabeza desafiante.
—¿Qué te ha contado?
—Que residió en Francia unos años. Lo hizo porque en la reunión de padres del otro día, alguien reprodujo el audio que habéis hecho con mis comentarios.
Dijo que había vivido en Francia y que sabía lo bastante del idioma para detectar algunos fallos gramaticales que un nativo no cometería.
He supuesto, debido a tu buen nivel, que también residiste en mi país.
Julián se relajó de forma visible.
—Yo no he hecho el audio. No soy ningún cobarde que actúa a escondidas.
—Me alegra saberlo.
—Tampoco la frase de la pizarra es cosa mía.
—Pero sí eres el causante de que tus compañeros no me acepten. No lo haces de forma directa, pero los hostigas contra mí.
Él no negó la acusación.
—Sé que todos queríais mucho a Abril, pero yo no tengo la culpa de que se haya marchado, solo soy su sustituta. Si me echan a mí, vendrá otra. ¿Pensáis hacerles lo mismo a todas?
Julián tampoco respondió. Se quedó pensativo durante unos minutos y después dijo:
—Mi padre quiere que te pida disculpas por mi comportamiento del primer día.
—Y yo no te las acepto, si te estás disculpando.
—¿Por qué no?
—Las aceptaré cuando lo hagas convencido de que obraste mal, no porque te obliguen. Y ahora volvamos a las aulas, hay clase y la hora de descanso ha terminado.
Se marchó dejándolo solo. Julián no tardó en seguirla, pero aquella mañana no interrumpió ni molestó en la clase.
***
Fernando Valdivieso había solicitado una tutoría aquella tarde. Denise acudió al instituto sin saber a qué atenerse. No había ocurrido nada digno de mencionar en los últimos días. Julián había moderado su comportamiento en clase y parecía que el resto de los alumnos también.
El hombre entró en el aula con paso firme.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes, señor Valdivieso.
—¿Le importa si nos tuteamos? Me resulta extraño hablar de usted a alguien más joven que yo.
—Sin problema. Siéntate.
Él obedeció acomodando sus largas piernas en la banca más cerca de la mesa del profesor. Aun así, la distancia era considerable y Denise bajó para tomar asiento más cerca.
—Tú dirás a qué se debe esta reunión.
—A nada concreto. Solo deseo que me informes del comportamiento de Julián en clase. Tuve una larga charla con él con motivo del audio.
—Me aseguró que no había sido obra suya.
—A mí también. ¿Le crees?
—Sí, pero sé que es quien provoca el rechazo de sus compañeros hacia mí. También me pidió disculpas.
—Eso está bien.
—No las acepté.
—¿No? —Los ojos del hombre se oscurecieron por un momento— ¿Tienes idea de lo que ha debido costarle?
—Me dijo que tú lo obligabas a hacerlo. No quiero ese tipo de disculpas. Las aceptaré de buen grado cuando lo sienta de verdad.
—Me parece razonable. —La miró suavizando las facciones y el tono de voz—. ¿Sigue dando problemas en clase?
—Menos que antes.
—Eso no es cosa mía, sale de él. Ya te dije que no es mal chico, solo está pasando por un momento difícil. El que seas francesa no ayuda.
—No puedo evitar eso.
—Ya lo sé.
—Tuve una breve charla con él en el patio y parece que le ha hecho recapacitar. No le dije que me contaste lo de su madre, pienso que se sentiría traicionado si lo supiera.
—Te lo agradezco. Me preocupa mucho.
—Si puedo ayudar en algo, dímelo. Haré lo que esté en mi mano, salvo volverme española. Eso no puedo hacerlo, aunque quisiera.
—Me gustaría estar al tanto de su evolución y de su comportamiento. ¿No te importa si nos reunimos una vez a la semana para que me informes?
—Por mí no hay inconveniente, salvo que otro padre solicite la hora de tutoría. No puedo darte prioridad.
—No me gustaría que fuera en el instituto ni de forma oficial; Julián se enteraría y no quiero que piense que lo controlo demasiado. ¿Podríamos quedar en una cafetería o algún otro sitio cada ocho o diez días?
—No es algo habitual, pero tampoco el caso de Julián lo es. De acuerdo.
—¿Nos vemos, por ejemplo, el jueves próximo a las seis de la tarde? Donde tú digas.
—¿Conoces el café Hispano? Está cerca de casa.
—Sé dónde es. Lo bastante lejos de la mía para que Julián no nos descubra.
—Hasta el jueves, entonces.
—Gracias, Denise.
—No hay de qué.
Le tendió la mano al despedirse y ella se la estrechó. Después lo vio salir de la clase y volvió a tener la certeza de que se había equivocado con aquel hombre.