Capítulo 3
L os siguientes días las cosas no mejoraron. Aunque Julián se incorporó a las clases con total normalidad, el resto de los alumnos parecía querer vengarse de Denise por haberlo expulsado.
A veces veía las manos de alguno moviéndose por debajo de la mesa, pero sin que pudiera averiguar qué hacía. Intuía que utilizar el teléfono móvil, a pesar de su prohibición, pero no lograba sorprenderlos por mucho que lo intentara.
Una mañana, al entrar, encontró una frase escrita en la pizarra, en perfecto francés y letras mayúsculas: «Vuelve a Francia».
Se giró para contemplar las caras de inocencia de toda la clase.
Supo al instante que no lograría descubrir al culpable.
La frase era lo bastante simple para que cualquiera fuese el autor o autora, porque todos se cubrirían unos a otros.
Se sintió abatida, pero no lo demostró. Apretó los dientes y borró con parsimonia la frase, notando a su espalda la expectativa sobre su posible reacción.
Sin embargo, se volvió y comenzó la clase, como cada día.
Una semana después empezó a circular entre los alumnos una grabación de audio en la que habían recogido frases de Denise, manipuladas de forma que parecía que insultaba a los alumnos.
Varios padres solicitaron una reunión con la profesora agresiva que humillaba a sus hijos.
La directora la convocó y la dejó sola en medio de varios rostros muy enfadados, entre ellos el de Fernando Valdivieso, que ocupaba una de las primeras bancas.
—Buenas tardes —saludó. Nadie respondió y se preguntó si no responder a los saludos era algo habitual en España—. Supongo que el motivo de esta reunión es para conocerme: me llamo Denise Beaumont y sustituyo a la anterior profesora de Francés de sus hijos.
—Eso ya lo sabemos —comentó una madre muy enfadada—. Estamos aquí por su manera de tratar a nuestros hijos en clase.
—No sé cómo lo harán en su país —dijo otro de los padres—, pero aquí se respeta a los alumnos y no se los insulta.
—Yo no insulto a sus hijos. Me limito a enseñarles francés y a exigir en mi clase un mínimo de disciplina.
—¿Ah, no? ¿Y esto qué es?
Un hombre sacó su teléfono y pulsó para reproducir la grabación. Denise palideció. Era su voz, eran sus palabras, pero sacadas de contexto.
—Yo no he dicho eso, al menos no de esa forma.
Vio los ojos del padre de Julián mirarla con fijeza y temió lo que pudiera decir, pero el hombre calló, limitándose a dejar que los demás se ensañaran con ella.
—Sin duda esa es mi voz y esas, mis palabras, pero el audio es un montaje en el que han recortado frases y pegado en otro discurso.
—¿Por qué iban los chicos a hacer algo así?
«Porque no me soportan».
—No lo sé. Tal vez deberían preguntarles a ellos.
Estuvo tentada de hablar de la frase de la pizarra, de la poca colaboración en clase y de los mil detalles con los que debía lidiar a diario.
—Abril era una buena profesora, con ella nunca hubo problemas. No entiendo por qué han tenido que traer a una extranjera para sustituirla.
—Estoy segura de que lo era —se defendió, irguiéndose—. Pero yo tengo mis propios métodos. Y no soy una extranjera, sino una profesora nativa, lo que es bueno para sus hijos. No siempre se tiene la suerte de aprender con alguien oriundo del país cuyo idioma se enseña.
—Tenga cuidado con lo que hace. Vamos a estar muy pendientes de sus actos.
—Si no cambia su actitud, pediremos que la destituyan.
Fernando Valdivieso seguía mirándola en silencio. Al parecer, los padres ya habían dicho todo lo que deseaban y esperaban una respuesta, tal vez una aceptación de sus condiciones, que no pensaba dar.
—Hagan lo que crean oportuno. Si este es el único tema a tratar, la reunión ha terminado. Para cualquier otra cosa, pidan una tutoría individual y los atenderé encantada para comentarles el progreso de sus hijos.
Los asistentes se empezaron a levantar y a marcharse, hablando entre ellos. El padre de Julián se quedó el último. Cuando ella lo miró con frialdad, invitándolo a irse también, se acercó más y preguntó.
—¿Cree que mi hijo es el culpable de ese audio?
Tenía bastantes sospechas, porque el adolescente no dejaba de molestar en clase, aunque no se había enfrentado a ella otra vez de forma explícita, pero no tenía pruebas de su culpabilidad.
—No lo sé. Puede haber sido cualquiera. Tengo prohibidos los teléfonos móviles en clase, pero estoy segura de que los utilizan, sin que haya podido detectarlos. Ese audio es una prueba evidente de ello. Pero le aseguro que es un montaje, yo no he dicho eso.
—Estoy convencido. Sé el suficiente francés para detectar algunos fallos gramaticales que un nativo jamás cometería.
El hombre la miró con más detenimiento, la mirada menos agresiva que en su reunión anterior.
—¿Tiene problemas con los chicos en clase?
—Digamos que no soy su profesora favorita. Supongo que echan de menos a Abril y les cuesta adaptarse a mis métodos de estudio.
—¿Los defiende? ¿A pesar de lo que han hecho?
—Trato de ser indulgente. Si lo que pretenden es que cambie mi forma de enseñar, no lo van a conseguir. Supongo que más pronto o más tarde se acostumbrarán a mí. —«O conseguirán que me echen», se dijo.
—No debe ser fácil enfrentarse a veinticinco adolescentes hostiles.
—No lo es, pero yo tengo la piel dura.
—Me alegro. La gente como usted merece mi respeto.
—No tuve esa impresión el otro día; más bien parecía pedir mi cabeza.
—Solo trataba de averiguar qué había pasado con mi hijo.
Él me contó su versión y yo quise conocer la suya.
Y hoy, si me he quedado, es porque quiero comentarle algo respecto a Julián, que tal vez la ayude a comprender mejor su actitud.
No a justificarlo, sino a comprenderlo. Es muy posible que el audio sea obra suya, y el rechazo de la clase hacia usted, también.
Su madre era francesa y su llegada le ha removido muchos fantasmas.
—¿Era? ¿Ha fallecido?
La mirada del hombre se ensombreció.
—No, que yo sepa. Pero hace cinco años, nos dejó y se marchó a Brasil con su nueva pareja.
Denise no supo qué decir. Fernando se rehízo en un segundo y continuó hablando.
—Julián estaba muy unido a su madre, la adoraba, pero ella se marchó sin mirar atrás.
—Supongo que sigue en contacto con ella, a pesar de la distancia.
—Ahí está el problema; no, mi exmujer no quiso ningún tipo de custodia, ni compartida ni siquiera con derecho a visita. Yo soy el único responsable de mi hijo.
—Brasil está un poco lejos para visitas.
—Lo sé, pero existen las vacaciones; y hoy día, en unas horas en avión se puede recorrer esa distancia, si se quiere.
—¿Él no quiere?
—Ella no quiere.
—¡No puedo creerlo! En un divorcio se separan los cónyuges, pero los hijos es otra cosa.
—Dígaselo a ella, porque se fue sin más, dejándolo atrás. Al principio, Julián le proponía visitarla en vacaciones y todo eran excusas para posponer el viaje, hasta que un día le dijo claramente que no deseaba que fuera, que tenía otra pareja y otra vida, y que mejor se olvidara de ella.
—No sé qué decirle, me parece muy incomprensible.
—Y a mí, pero es lo que hay. Julián lleva cinco años con una psicóloga, tratando de gestionar el abandono, pero le está costando mucho. Usted es francesa, su tono de voz y su acento son muy parecidos al de su madre, por eso se está enfrentando a usted; no es nada personal.
Fernando la observó en silencio.
—Me alegra que me lo haya dicho.
—Entiéndame, no le estoy pidiendo que le perdone todo lo que haga, solo que sepa el motivo por el que lo hace.
Averigüe si ha sido él el autor de esa grabación, y si es así, dígamelo y yo lo castigaré como es debido, se lo aseguro.
No se librará de la responsabilidad de sus actos, y esto es bastante grave.
—¿Cómo se lleva con usted? —Quiso saber.
Fernando se encogió de hombros.
—Como todo adolescente con su padre, ni bien ni mal. Nada fuera de lo normal.
—Perdone que le haga esta pregunta tan personal, pero si queremos ayudar al chico, me gustaría tener toda la información posible. ¿Lo culpa Julián por el abandono de su madre?
—No lo creo. Yo estuve tan sorprendido como él con su partida. Y no la molesto más, me marcho. Me aseguraré de que Julián deje el móvil en casa cuando venga al instituto.
Se fue dejándola pensativa y cavilosa. Sin duda había juzgado mal al hijo y también al padre.