Capítulo 59 — El taco del perdón
El sábado, Emiliano Rivas le cocinó a Marisol su versión del taco de suadero, y con ese taco le pidió perdón.
Habían pasado quince días desde que empecé a aprender en lo de Don Chuy.
Quince días de cebolla, de plancha, de tortillas que no salían, de manos llenas de cortaditas y quemaduras chiquitas.
Quince días desde que ella me puso la prueba de la cebolla, desde que la abuela me sentó a amasar, desde que ella me puso las manos sobre las mías para enseñarme el movimiento —y yo, con sus manos sobre las mías, no había podido respirar.
Y esa mañana, cuando llegué a la taquería con el mandil que ya era mío —el de los días grandes, el que la abuela me había dado sin decir nada—, Don Beto me esperaba en la puerta, con la cara de los que traen noticias.
—Hoy es el día, crítico —dijo.
—¿Qué día? —pregunté.
—El día que dejas de amasar y empiezas a cocinar —dijo Don Beto, y me pasó una bolsa—. Suadero. De la buena. De la del sábado. La de la Doctora se usa para la plancha. Pero tú, hoy, vas a usar esta.
—No entiendo, Don Beto.
—No tienes que entender —dijo él—. Nomás tienes que cocinar. La abuela dijo que era tu turno. Y cuando la abuela dice que es tu turno, es tu turno.
Y me quedé en la puerta de la taquería, con la bolsa de suadero en la mano, con el mandil puesto, con el corazón en la garganta, sin saber que la abuela, desde su banquito, me había visto llegar y le había dicho a Marisol, sin decirle nada, que hoy iba a pasar algo.
No sé cuánto tardé en armarlo. Todo el sábado me tardé, con la taquería abierta, con el barrio yendo y viniendo, con Marisol detrás de la plancha sin mirarme —o mirándome a ratos, cuando creía que yo no la veía—.
Me tardé porque quería hacerlo bien. Me tardé porque el suadero, el de ella, el de la receta de la casa, no se hace con prisa: se hace con paciencia, con fuego lento, con las manos que ya aprendieron a esperar.
La abuela me enseñó el punto, desde su banquito, sin levantarse, con frases cortas:
—La carne se dora, no se quema. —La salsa se prueba con la tortilla, no con la cuchara. —El taco se arma caliente, mijo. El taco frío es otra cosa.
Y yo la escuché, y aprendí, y cociné.
A las ocho de la noche, con la taquería casi vacía y el barrio asomándose en silencio, le puse el plato enfrente.
Un taco. Uno solo. De suadero, con la salsa de la casa, con la cebolla y el cilantro, con la tortilla hecha a mano —hecha por mí, con las manos que ya no eran de crítico, llenas de cicatrices de plancha—.
Marisol se quedó viendo el plato, sin tocarlo, con el barrio en silencio alrededor, con la abuela en su banquito, tejiendo, sin perder detalle.
—¿Qué es esto? —dijo ella, y la voz le salió rara, de las que no saben.
—Un taco —dije, y la voz me salió tranquila, porque ya no había nada que esconder—.
Mi versión del tuyo. Aprendido en quince días, con la cebolla de Don Chuy, con el amasado de tu abuela, con el suadero del sábado y la salsa de la casa.
No es el tuyo. No puede ser el tuyo, porque el tuyo lleva años de plancha y de barrio y de ti. Pero es el mío. El que aprendí para ti.
—¿Y qué se supone que haga con él? —dijo ella, y la voz se le quebró, apenas.
—Que lo pruebes —dije—. Nada más. Que lo pruebes, y que me digas lo que sabe.
El barrio entero se quedó callado. Hasta Don Beto, que no se callaba nunca, se quedó callado. Y Marisol, parada enfrente del plato, con las manos temblando, con el barrio mirando, con la abuela en su banquito tejiendo, tomó el taco.
Lo llevó a la boca.
Y mordió.
No sé cuánto tardó en masticar. Me parecieron años. La vi masticar, con la cara rara, con los ojos llenos, con el barrio en silencio alrededor, y yo, parado enfrente, con el corazón en la mano, sin atreverme a respirar.
—¿A qué sabe? —pregunté, bajito, con la voz de los que ya no tienen nada más.
Marisol se quedó un momento en silencio, con el taco a medio comer en la mano, con las lágrimas asomándose sin caerse, con el barrio entero esperando.
—Este no sabe a desamor —dijo ella, y la voz le salió ronca, de las que se dicen cuando ya no hay manera de volver atrás—. Este sabe a perdón. Y me lo debes.
—Te lo debo —dije, y la verdad me salió entera, sin ensayar, como las que se dicen cuando ya no queda nada más—.
Te lo debo, Marisol. Te debo el año que te quité.
Te debo las noches que te mentí. Te debo las alcatraces con nombre, la plancha con nombre, el concurso con nombre, todo lo que te di a escondidas como un cobarde.
Y te debo esto: a mí, enfrente, sin letra, sin programa, sin nada que esconder.
Me quedé parado enfrente de ella, con las manos llenas de cicatrices y el corazón en la mano, esperando.
Y entonces, Marisol hizo algo que nadie esperaba.
Sacó de su mandil una llave.
Una llave vieja, de las de antes, con el óxido en la cabeza.
La llave de la taquería, la que yo había guardado como un amuleto desde la noche que me dejó ayudar a cerrar, la que había llevado en el bolsillo el día de la final, la que pensé que se me había perdido en la trastienda el día del destape.
—¿Reconoces esto? —dijo ella, y la llave colgaba de sus dedos, brillando bajo la luz de la taquería—. La encontré en la trastienda, después de la final. Sabía que era tuya. Sabía que la habías guardado, como se guardan las cosas que no se pueden decir. Y la guardé yo también, sin saber para qué.
—Marisol…
—Ya no la necesitas —dijo ella, y me puso la llave en las manos, caliente, como si la hubiera estado apretando desde hacía un mes—. Ya no necesitas la llave, Emiliano. Porque ahora tienes la puerta.
El barrio entero soltó el aire que estaba aguantando. Don Beto se limpió los ojos con el dorso de la mano, disimulando. Luz lloró sin disimular. Doña Meche se persignó. Y la abuela, desde su banquito, dejó el tejido un momento, y asintió, una sola vez, con esos ojos que lo veían todo.
Y yo, con la llave en las manos y el corazón a punto de reventar, le dije lo único que me quedaba por decir:
—Gracias.
—No me des las gracias —dijo Marisol, y por primera vez en un mes le salió una sonrisa, pequeña, cansada, pero sonrisa al fin—. Nomás no me vuelvas a mentir. Porque la próxima vez, la cebolla te la hago picar entera.
Y el barrio se rio. Y yo me reí también, con la llave en las manos y las lágrimas en los ojos, con la taquería llena de luz y de barrio y de ella, con la abuela tejiendo en su banquito y el mundo, por fin, en su lugar.
—No te voy a volver a mentir —dije, bajito, para que solo ella me oyera—. Te lo prometo.
—Ya sé —dijo ella—. Ya lo sé.
Y esa noche, por primera vez en un mes, la mesa del rincón volvió a tener dueño.