Capítulo 58 — El banquito
Esa noche, mi abuela se sentó en su banquito, me hizo señas de que me sentara enfrente, y me contó la historia que nunca me había contado.
Llevaba todo el día con el corazón raro.
Desde la mañana, cuando la vi ponerle el mandil a Emiliano, cuando lo senté a amasar sin querer, cuando le puse las manos sobre las suyas para enseñarle el movimiento, la taquería entera me sabía distinto.
No mal. Distinto. Como cuando cambias el punto de la sal y ya no sabes si te gusta o si nomás te acostumbraste.
Y mi abuela, que lo veía todo, no dijo nada en todo el día.
Esperó a que cerráramos. Esperó a que Emiliano se fuera —se fue a las nueve, con las manos llenas de harina y la masa ya casi domada, sin pedir nada, sin quedarse de más—.
Esperó a que la taquería quedara en silencio.
Y entonces sacó su banquito, lo puso en la banqueta, enfrente de la puerta, y me hizo señas.
—Siéntate, mija —dijo.
—¿Qué pasa, abuela? —dije, sentándome en la banqueta, con el cansancio de todo el día encima.
—Nada —dijo ella, y se quedó un momento en silencio, viendo la calle, con el tejido en las manos pero sin tejer—. Nomás quiero contarte una cosa. Una que nunca te he contado.
Me quedé callada. Mi abuela no contaba historias. Mi abuela tejía, sentenciaba, y guardaba todo lo demás para adentro. Si iba a hablar de sí misma, era porque algo se estaba moviendo.
—¿Se acuerda de mi abuelo? —dijo ella, y la voz le salió rara, de las que se usan para las cosas que duelen—. El papá de tu mamá, digo. El que se murió cuando tú tenías cinco años.
—Me acuerdo —dije—. Me acuerdo de que se sentaba en un banquito parecido a este, en la puerta de la casa, y pelaba naranjas con una navaja.
—Ese —dijo mi abuela, y por primera vez en toda la noche levantó la vista del tejido, y me vio, con unos ojos que ya no eran los de la abuela: eran los de una mujer que había sido joven hacía mucho tiempo—. Pues a ese hombre, mija, yo lo perdí por orgullo.
Me quedé sin aire.
—¿Cómo?
—Por orgullo —repitió mi abuela, y volvió a ver la calle, con la voz plana, de las que ya pagaron la cuenta—.
Nos peleamos. No me acuerdo ni por qué, mija.
De esas peleas de matrimonio, de las que empiezan por nada y terminan por todo.
Él me dijo una cosa, yo le dije otra más fea.
Y yo, con el orgullo parado enfrente, le dije que se fuera.
—¿Y él se fue?
—Se fue —dijo mi abuela, y las agujas volvieron a sonar, suaves, en la noche—. Se fue esa misma noche, con su costal y su orgullo, y se quedó a vivir en lo de su primo, a tres calles de aquí. Y yo me quedé con el mío, sentada en este banquito, esperando a que volviera.
—¿Y volvió?
—Volvió —dijo mi abuela—. A los tres días volvió, con una bolsa de naranjas, a pedirme perdón. Y yo, mija, con el orgullo todavía parado, le dije que no. Que se esperara. Que yo no perdonaba así de fácil.
—Abuela…
—Déjame terminar —dijo ella—. Se esperó. Se esperó una semana, y después dos, y después tres, viniendo a la puerta con sus naranjas, como ese muchacho viene a la banqueta con su cebolla. Y yo, con el orgullo, le decía que no. Hasta que un día dejó de venir.
—¿Y por qué dejó de venir? —pregunté, y la voz me salió chiquita, porque ya sabía que la historia no terminaba bien.
—Porque se enfermó —dijo mi abuela, y las agujas se quedaron quietas—.
Se enfermó del corazón, dijeron los médicos.
Del corazón, mija. Y yo, que lo había mandado a la calle por orgullo, me enteré cuando ya era tarde.
Cuando ya no había naranjas que aceptar, ni perdón que dar, ni banquito que esperar.
Me quedé callada, con la historia de mi abuela encima, con la noche pasando, con el barrio en silencio alrededor.
—Y desde entonces —dijo mi abuela, y me vio, con esos ojos que lo veían todo—, yo me siento en este banquito todas las noches. No porque me guste tejer. Tejo porque si tejo, tengo las manos ocupadas y no se me ocurre mandar a nadie a la calle.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—¿Y por qué me cuenta esto ahora? —pregunté, aunque ya lo sabía.
—Porque tú eres igual que yo, mija —dijo mi abuela, y la verdad me llegó hasta los huesos—.
Tienes el mismo orgullo parado, el mismo banquito, el mismo "que se espere".
Y yo te veo, con ese muchacho en la banqueta, con su cebolla y su mandil, y me veo a mí, con las naranjas de tu abuelo, hace cincuenta años.
Y no quiero que te pase lo que me pasó a mí.
—Pero abuela —dije, y las lágrimas me llegaron sin avisar—. Él me hundió. Él me mintió. Él me dijo que me quería sin decirme quién era. No es lo mismo que las naranjas de mi abuelo.
—No es lo mismo —dijo mi abuela, y asintió, despacio—. Lo que te hizo es más grande. Por eso su perdón, mija, también tiene que ser más grande. Y más difícil. Y más tuyo. Pero el orgullo, el que te dice "que se espere", ese es el mismo. Y ese, mija, se come frío y amargo. No lo dejes enfriar.
Me quedé callada, con las lágrimas en la cara y la historia de mi abuela en el pecho, con el banquito entre las dos, con la noche pasando.
—¿Y cómo supo usted que era de a deveras? —pregunté al fin, bajito—. Con mi abuelo, digo. Cuando volvió con las naranjas.
Mi abuela se quedó un momento en silencio. Y luego dijo, con una voz que no era dura ni suave, que era simplemente verdad:
—Cuando dejó de importarme si era de a deveras. Cuando me di cuenta de que prefería equivocarme perdonándolo, a acertar perdiéndolo. Ese es el momento, mija. Cuando el miedo a perderlo le gana al miedo a que te vuelva a doler.
Me quedé callada, con la verdad de mi abuela encima, con el banquito entre las dos, con la noche que se llevaba el orgullo, poquito a poquito.
—Buenas noches, abuela —dije, levantándome, con el corazón hecho un nudo.
—Buenas noches, mija —dijo ella, y volvió al tejido—. Y piensa en lo que te dije. Pero no lo pienses mucho. Porque las cosas del corazón, como los tacos, se sirven calientes. Y el tuyo, mija, ya lleva rato en la mesa.
Y subí las escaleras, con la historia de mi abuela en el pecho, con el orgullo parado y el miedo a perderlo, con el hombre de la banqueta esperando afuera, en la noche.
Y por primera vez, al cerrar la puerta de mi cuarto, no supe si el que estaba esperando era él… o era yo.
Pero supe, con una certeza que me dolió y me alivió al mismo tiempo, que ya no quería que se fuera.