Tacos de desamor Capítulo 57 — El que amasa
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Capítulo 57 — El que amasa

El sábado por la mañana, mi abuela le puso un mandil a Emiliano sin decir nada, y lo sentó a amasar.

Yo no lo vi llegar. Estaba en la cocina de atrás, acomodando la masa del día, cuando oí la voz de Don Beto en la puerta:

—Ya llegó el de la cebolla, Marisol.

—Ya sé —dije, sin levantar la vista—. Lleva una semana llegando.

—Pues hoy no está parado en la banqueta —dijo Don Beto, y su voz sonó rara, de las que no saben cómo contar lo que vieron—. Hoy está dentro. Y tu abuela le está poniendo un mandil.

Se me cayó la masa.

—¿Qué?

—Lo que oíste —dijo Don Beto, y ya se reía, el muy cabrón—.

Tu abuela salió con el mandil de los días grandes, se lo dio, y lo sentó en la mesita de amasar.

Sin decir nada. Nomás lo sentó y le puso la masa enfrente.

Y ahí está, el crítico, amasando como si hubiera nacido para eso.

O como si se estuviera ahogando y la masa fuera un salvavidas.

Salí corriendo.

Y lo vi.

Ahí estaba, en la mesita de amasar, al lado de la cocina, con el mandil de los días grandes puesto —el de mi abuela, el que no le prestaba a nadie, el que usaba solo ella—, con las manos hundidas en la masa, amasando con una torpeza de principiante que me partió el corazón y me dio risa al mismo tiempo.

—¿Desde cuándo está aquí? —le pregunté a Don Beto, sin quitarle los ojos de encima.

—Desde las seis de la mañana —dijo Don Beto—. Llegó antes que yo, que llego a las seis y media. Y tu abuela ya lo estaba esperando, con el mandil doblado y la masa lista. Como si hubieran quedado.

—¿Como si hubieran quedado?

—Como si hubieran quedado —repitió Don Beto, y se encogió de hombros—. Tu abuela, mija, no hace nada sin razón. Si lo sentó a amasar, es porque ya lo vio con otros ojos. Y si tú no lo ves todavía, es porque el orgullo te tapa la vista.

Y mi abuela, sentada en su banquito, a un lado, tejiendo, como si fuera la cosa más normal del mundo tener al crítico que me hundió amasando en su cocina.

—Abuela —dije, y la voz me salió ronca, de las que no saben si enojarse o llorar—. ¿Qué está haciendo?

—Amasando —dijo mi abuela, sin levantar la vista del tejido.

—¿Y por qué?

—Porque se lo dije —dijo ella—. Le dije que el que critica no amasa. Y él me dijo: "pues enséñeme a amasar, abuela". Y aquí está. Amasando.

Me quedé sin palabras, parada en la puerta de la cocina, viendo al hombre que me había hundido, al que me había mentido todas las noches, al que me había dicho que me quería, amasando con las manos llenas de harina y el mandil de mi abuela puesto, con una concentración de las que no se ensayan.

La masa le quedaba mal. Se veía, a leguas. Le quedaba pegajosa, despareja, con los bordes rotos. Pero él seguía, amasando con una paciencia que yo no le conocía, doblando la masa, empujándola, dándole la vuelta, sin rendirse, con las manos llenas de harina y la frente sudada.

—No le sale —dije, bajito, sin darme cuenta.

—No le sale —dijo mi abuela, y siguió tejiendo—. Pero no se rinde. Y eso, mija, es más de lo que puedo decir de muchos que nacieron amasando.

—¿Y por qué lo dejó entrar? —pregunté, y la voz se me quebró, porque con mi abuela no servían las vueltas—. Usted sabe lo que me hizo. Usted sabe quién es. ¿Por qué lo dejó entrar?

Mi abuela dejó el tejido un momento. Me vio. Y dijo, con una voz que no era dura ni suave, que era simplemente verdad:

—Porque el que critica, no amasa —dijo ella—. Y el que amasa, se queda.

Se quedó viéndome, con esos ojos que lo veían todo, y siguió:

—Yo no lo dejé entrar por él, mija. Lo dejé entrar porque el hombre que amasa enfrente de una mujer a la que le debe la vida, sin pedir nada a cambio, con las manos llenas de harina y de cicatrices de plancha, ese hombre ya no es el que llegó.

Ese hombre está pagando. Y tú, mija, tienes que decidir si le cobras o si le dejas pagar.

Me quedé callada, parada en la puerta de la cocina, viendo a Emiliano amasar, con el mandil de mi abuela y las manos llenas de harina, con las cicatrices chiquitas que yo le había visto en la banqueta, con el sudor en la frente y la masa que no le salía.

—¿Y si no es de a deveras? —pregunté, bajito.

—¿Y si sí? —dijo mi abuela, y volvió al tejido—. Esa es la parte difícil, mija. Que no lo sabes hasta que lo pruebas. Y probar, para ti, es dejar que amase.

Me quedé un momento más, viéndolo, sin saber qué hacer con las manos, con el corazón, con todo.

Lo vi doblar la masa, empujarla, darle la vuelta, con el mandil lleno de harina y la frente sudada, con una concentración que no era de las que se ensayan.

Lo vi equivocarse, y volver a empezar, y equivocarse otra vez, y volver a empezar otra vez, sin rendirse, sin mirar el reloj, sin pedir nada.

Y me acordé de la banqueta. De los días parado enfrente, sin cruzar, sin pedir nada.

De la cebolla picada con las uñas, llorando como un bendito.

De las cortaditas en las manos, que yo veía desde la plancha y hacía como que no veía.

Y pensé que ese hombre, el que amasaba con el mandil de mi abuela, no era el mismo que había escrito la reseña.

O que sí era, y que estaba pagando, y que la única manera de saberlo era dejar que siguiera pagando.

Y entonces, sin decidirlo, sin pensarlo, entré a la cocina, me paré a su lado, y le dije, con la voz más plana que pude:

—Se amasa así. No así.

Y le puse las manos sobre las suyas, sobre la masa, y le enseñé, sin querer enseñarle, el movimiento de amasar.

Él se quedó quieto un momento, con mis manos sobre las suyas, sin atreverse a respirar.

—Gracias —dijo, bajito, con la voz de los que no esperaban nada.

—No me des las gracias —dije, y me aparté, y volví a la plancha, con el corazón haciendo ruido—. Nomás no me arruines la masa.

Y desde la plancha, sin mirarlo, lo vi amasar, con mis manos todavía en la memoria, con el mandil de mi abuela puesto, con la masa que ya le salía un poquito mejor.

—El que critica, no amasa —me dije, en voz baja, para mí, para nadie—. El que amasa, se queda.

Y por primera vez en un mes, la taquería no me pareció vacía.

Y cuando él se fue, esa noche, con las manos llenas de harina y la masa ya casi domada, yo me quedé un momento en la puerta, viéndolo alejarse, con el mandil de mi abuela todavía en la memoria.

—Se queda —me dije, en voz baja, y la frase me supo rara, pero no me supo mal.