Capítulo 56 — La prueba
El jueves, Marisol me puso la prueba imposible: pica una cebolla entera sin llorar, y hablamos.
Llevaba cuatro días parado en la banqueta, desde el "no" del martes, sin pedir nada, sin cruzar, viéndola trabajar desde lejos. Y ese jueves, cuando ella salió de la taquería con una cebolla en la mano, yo supe que algo había cambiado.
—Tú —dijo ella, parándose enfrente de mí, con la cebolla en la mano y la cara de las que ya no aguantan más—. Llevas cuatro días parado ahí. Diciendo que quieres que te enseñe. Diciendo que aprendiste a picar cebolla. ¿Verdad?
—Verdad —dije, y la voz me salió tranquila, aunque el corazón me latía como si fuera a salírseme.
—Pues demuéstralo —dijo ella, y me puso la cebolla en las manos—. Pica esta cebolla entera, aquí, en la banqueta, sin llorar, y hablamos.
Me quedé viendo la cebolla en mis manos, con el barrio entero asomándose desde las esquinas, con Luz parada en la puerta de la taquería con los brazos cruzados, con Don Beto sin quitarle los ojos de encima.
—¿Sin llorar? —dije.
—Sin llorar —dijo ella—. Y no me vengas con que la cebolla no pica, porque a mí no me engañas, crítico. Yo sé lo que hace la cebolla. Tú también, ahora.
Y se cruzó de brazos, y se quedó parada enfrente de mí, esperando.
No tenía cuchillo. No tenía tabla. No tenía nada, nomás la cebolla en las manos y la prueba encima.
—¿Y con qué la pico? —pregunté.
—Con lo que tengas —dijo ella—. Con las uñas, si hace falta. Pero la picas entera, aquí, enfrente de mí, sin llorar. Y cuando termines, hablamos.
Y yo, parado en la banqueta, con la cebolla en la mano y el barrio mirando, supe que no había manera de ganar esa prueba.
Nadie pica una cebolla entera sin llorar.
Nadie. Y ella lo sabía. No me estaba pidiendo que picara la cebolla: me estaba pidiendo que admitiera, frente a todo el barrio, que no podía.
O que lo intentara de todas formas.
—Está bien —dije, y me arrodillé en la banqueta, con la cebolla en una mano y las uñas de la otra, y empecé a pelarla con los dedos, porque no tenía cuchillo.
El barrio se calló.
La cebolla empezó a picarme a los diez segundos. Primero los ojos, después la nariz, después todo. El lagrimeo llegó como llegan las cosas que no se pueden parar: sin avisar, sin pedir permiso, llenándome la cara de lágrimas que yo no podía controlar.
Y yo, arrodillado en la banqueta, con la cebolla a medio pelar y las lágrimas corriéndome por la cara, seguí.
—Llora —dijo ella, con una voz que no sé si era dura o se le estaba quebrando—. Llora, Emiliano. Es la cebolla. Todo el mundo llora con la cebolla.
—Ya sé —dije, y la voz me salió ronca, mezclada con el llanto y con la cebolla y con todo—. Pero usted dijo sin llorar. Y yo… yo no me voy a ir, Marisol. Puedo llorar toda la cebolla que haga falta. Pero no me voy a ir.
Y seguí.
Pelé la cebolla con las uñas, llorando como un bendito, con el barrio en silencio alrededor y las lágrimas cayéndome en la banqueta.
La partí a la mitad con las manos, y la picé con las uñas, en pedazos irregulares, torpes, con los dedos resbalando por el jugo de la cebolla y las lágrimas nublándome la vista.
No sé cuánto tardé. Me parecieron horas. El barrio no decía nada, y el silencio se oía en toda la calle, y yo seguía picando, con la cebolla en pedazos chiquitos, irregulares, feos, y las lágrimas corriéndome por la cara, sin parar, sin limpiarme, sin rendirme.
—Ya —dijo alguien, y era Luz, con la voz rara, de las que se les está ablandando el corazón—. Ya, prima. Ya basta.
—No le digas que ya —dijo Don Beto, desde la esquina, con los brazos cruzados—. Si le dices que ya, no termina la cebolla, y después va a andar diciendo que el barrio lo dejó a medias. Déjalo que termine, cabrones. Ya mero.
—¡Don Beto, cállese! —gritó Luz—. ¿No ve que el pobre está llorando?
—¡Pues por eso! —gritó Don Beto—. ¡El que llora picando cebolla, termina la cebolla! ¡El que llora y se va, ese es el que no vuelve! ¡Yo sé lo que digo!
Y el barrio, que no sabía si reírse o apiadarse, se quedó callado otra vez, viéndome llorar y picar, picar y llorar, con la cebolla haciéndose chiquitos enfrente de mí. El pobre ya lloró todo lo que tenía que llorar. Míralo: está hecho un mar de lágrimas. ¿No ves que lo está haciendo por ti?
—No me digas eso —dijo Marisol, con la voz apretada—. No me digas eso, Luz.
—Pues míralo —dijo Luz—. Míralo, prima. Ese no es el crítico. El crítico no se arrodilla en la banqueta a picar una cebolla con las uñas, enfrente de todo el barrio, llorando como un niño. Ese es un hombre que se está ganando el derecho a hablar contigo. Y tú se lo estás negando.
Y yo seguí picando, con las lágrimas nublándome todo, hasta que la cebolla quedó en pedazos, picada, terminada, en la banqueta, enfrente de mí.
—Listo —dije, y la voz me salió ronca, con la cara llena de lágrimas y de jugo de cebolla—. La picé entera. Sin parar. Y sin parpadear, aunque sea mentira. ¿Ahora sí podemos hablar?
El barrio entero se quedó callado, esperando.
Marisol me vio un momento. Largo. Con la cebolla picada entre los dos, con las lágrimas todavía en mi cara, con el barrio en silencio alrededor.
—No —dijo ella, y la voz se le quebró, y se dio la vuelta, y entró a la taquería, dejándome arrodillado en la banqueta, con la cebolla picada y la cara llena de lágrimas.
—Mañana —me dijo Luz, bajito, desde la puerta, con una voz que ya no era de chispas—. Mañana vuelve, ¿ok? Y vuelve con la cebolla. Porque yo, prima, no sé qué le pasa, pero ya no te quiere ver llorar en la banqueta.
Y me quedé arrodillado en la banqueta, con la cebolla picada enfrente, con el barrio que se iba yendo, con las lágrimas secándose solas en la cara.
No me había aceptado. No me había perdonado. Pero me había puesto una prueba, y la había hecho, y ella lo había visto.
Esa noche, en mi departamento, me lavé la cara con agua fría, y todavía me ardían los ojos. Me quedé un rato viendo el techo, con el ardor y la cebolla en la memoria, pensando que era la primera vez en mi vida que algo me dolía de verdad y me gustaba como dolía.
—Mañana —me dije, levantándome, con la cebolla en la mano—. Mañana vuelvo.
Y volví. Y volví. Y volví, con la cebolla y sin la cebolla, todos los días, a la banqueta de enfrente, esperando a que el "no" se le acabara.
Y cada día, la cebolla picada —la que terminé en la banqueta, la que nadie me pidió recoger— se fue poniendo más chiquita en mi memoria, y más grande la certeza de que no me iba a ir.
Y una mañana, el "no" se le acabó.