Tacos de desamor Capítulo 55 — El que pide trabajo
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Capítulo 55 — El que pide trabajo

El martes, Emiliano Rivas entró a la taquería La Doctora por primera vez desde el destape, y le pidió trabajo a la mujer que no quería verlo.

Había pasado dos semanas aprendiendo en lo de Don Chuy.

Dos semanas de cebolla y de plancha y de cortaditas en los dedos.

Dos semanas parándome en la banqueta de enfrente, sin cruzar, viéndola desde lejos.

Y esa tarde, con las manos llenas de cicatrices chiquitas y el olor a cocina en la ropa, decidí que ya no servía pararme en la banqueta.

Decidí cruzar.

La taquería estaba llena —más llena que nunca, desde lo del video, desde que los corazones rotos descubrieron que la doctora era la taquera—.

La fila llegaba hasta la esquina. Y ella, Marisol, estaba detrás de la plancha, con el paliacate rojo y el mandil de los días grandes, sirviendo tacos con una velocidad que yo había visto cien veces y que nunca me cansaba de ver.

Crucé la calle. Caminé hasta la puerta. Me quedé un momento parado en el umbral, con el corazón en la garganta, viéndola trabajar, pensando en todas las noches que había entrado por esa puerta como cliente, con mi mentira, a sentarme en la mesa del rincón.

La taquería olía igual. Eso fue lo primero que me golpeó: el olor.

A suadero, a cebolla, a tortilla recién hecha, a la salsa de la casa.

El mismo olor de las once de la noche, el de la mesa del rincón, el de todo lo que yo había conocido de la felicidad sin saber que la estaba conociendo.

Y yo, parado en el umbral, con ese olor encima y el corazón en la garganta, supe que había entrado a mi casa después de un mes de vivir en la calle.

—¿Qué haces aquí? —dijo Luz, que me vio primero, con los brazos cruzados y los ojos echando chispas—. ¿Se te perdió algo, crítico?

—No —dije, y la voz me salió tranquila, de las que ya se decidieron—. No se me perdió nada. Vengo a pedir algo.

—¿Qué?

—Trabajo —dije.

Luz me vio un momento, con la boca abierta, sin saber qué hacer con eso. Y luego, sin dejar de mirarme, gritó hacia la cocina, con esa voz que se oía en toda la cuadra:

—¡Marisol! ¡Adivina quién está en la puerta pidiendo trabajo!

—¿Quién? —dijo la voz de Marisol, desde la plancha, sin levantar la vista.

—¡El crítico! —gritó Luz—. ¡El de la letra! ¡El que te hundió! ¡El que se paró dos semanas en la banqueta de enfrente! ¡Ese! ¡Dice que quiere que le enseñes!

El barrio entero se calló.

Y Marisol levantó la vista.

Nos quedamos viendo.

Fue un segundo, nada más, pero se sintió como un año.

Me vio, con esos ojos que yo conocía de memoria —los mismos que me habían visto mentir todas las noches, los mismos que me habían visto confesar en la alameda—, y yo la vi a ella, con el paliacate rojo y el cansancio de dos semanas y el vacío que yo conocía porque también lo llevaba puesto.

—Marisol —dije, y mi voz salió bajita, de las que se usan para las cosas grandes—. No vengo a criticar. No vengo a opinar. No vengo a pedirte que me perdones, porque sé que no es así de fácil.

—¿Entonces qué vienes a hacer? —dijo ella, y su voz salió plana, de las que ya no saben qué sentir.

—Vengo a que me enseñes —dije—. A cocinar.

De verdad. A pararme detrás de una plancha y aprender lo que yo opinaba sin saber.

Aprendí dos semanas en lo de Don Chuy, a picar cebolla y a lavar planchas y a hacer tortillas.

Don Chuy dice que ya no estoy tan cabrón, que ya no soy un peligro para el cuchillo.

Pero no vine a quedarme en lo de Don Chuy.

Vine a aprender de la mejor. Y la mejor, Marisol, eres tú. Siempre lo fuiste.

Me quedé parado en el umbral, con las manos llenas de cortaditas y el corazón en la mano, esperando.

Marisol me vio un momento. Largo. Con la plancha humeando entre los dos, con la fila esperando, con el barrio entero mirando.

—No —dijo.

La palabra cayó entre los dos como una piedra.

—No —repitió ella, y volvió a la plancha, sin mirarme—. No te voy a enseñar nada. No quiero que estés aquí. No quiero verte en mi taquería, ni en mi banqueta, ni enfrente de mi casa. Ya te dije todo lo que tenía que decirte en la alameda. Vete.

—Marisol…

—Vete —dijo ella, y su voz se quebró, apenas, y yo la oí, porque conocía su voz de memoria—. Vete, Emiliano. Por favor.

Y me quedé parado en el umbral, con el "no" en los oídos y el "por favor" en el pecho, viéndola volver a la plancha, con la espalda recta y las manos temblando.

No insistí. No discutí. Me di la vuelta, salí a la banqueta, y me quedé parado enfrente de la taquería, en el lugar de siempre, sin irme.

El barrio me vio quedarme. Luz me vio quedarme. Don Beto me vio quedarme, desde su esquina, y dijo, sin mirarme:

—Te dijo que no, crítico.

—Me dijo que no —dije.

—¿Y qué vas a hacer?

—Quedarme —dije.

—¿Aquí? ¿Enfrente de su taquería, con el no todavía fresco?

—Aquí —dije—. Hasta que me deje.

Don Beto me vio un momento, con esa cara de los que han visto de todo, y luego dijo, nomás:

—Pues a mí me parece que te va a costar más que la cebolla, cabrón.

—Ya sé —dije—. Pero la cebolla también me costó.

Y me quedé.

Me quedé parado en la banqueta, enfrente de la taquería, el resto de la tarde, hasta que cerró. Y al día siguiente volví. Y al otro. Y al otro.

Ya no pedía trabajo. Ya no pedía nada. Nomás me paraba en la banqueta, con las manos llenas de cortaditas y el olor a cocina en la ropa, y me quedaba un rato, viéndola trabajar desde lejos, esperando.

Y ella, detrás de la plancha, me veía llegar, y no me corría, y no me saludaba, y seguía sirviendo tacos.

Pero una tarde, al cuarto día, cuando yo me estaba yendo, la vi levantar la vista.

Y me vio.

Y no apartó la mirada.

Y yo me quedé parado en la banqueta, con el corazón en la garganta, sin atreverme a respirar, hasta que ella bajó la vista y volvió a la plancha.

No me dijo nada. No me llamó. No me sonrió.

Pero me vio.

Me vio, y se quedó viéndome un segundo más de lo que dura un segundo, y yo, desde la banqueta, sentí que ese segundo me pagaba todos los días de espera.

Y yo, parado en la banqueta, con el corazón en la garganta, no me atreví a moverme.

Me quedé ahí, viéndola, hasta que ella bajó la vista y volvió a la plancha, y entonces, despacio, como quien no quiere asustar a un animal, di media vuelta y me fui, con la mirada guardada en el pecho como un tesoro.

Y eso, después de cuatro días de "no", era más de lo que había tenido la semana pasada.