Capítulo 54 — La doctora sale del clóset
El sábado por la noche, los corazones rotos me sacaron del clóset sin pedirme permiso, y me abrazaron al hacerlo.
No lo vi venir. Llevaba dos semanas con el micrófono en su caja, con el estudio apagado, con el último episodio —el que no publiqué, el que se quedó en la carpeta de borradores— guardado como un secreto.
Llevaba dos semanas sin la doctora, sin la madrugada, sin los corazones rotos. Y creía que nadie lo había notado.
Me equivoqué.
Empezó con un video. Uno de los de la final, de esos que graba el público con el teléfono: el momento del destape, el de "usted no sabe quién soy yo.
Y yo tampoco sé quién es usted". El video se viralizó el viernes, con un millón de vistas, con los comentarios de medio país preguntándose quién era la taquera del concurso que le había dicho eso al crítico famoso.
Y entonces, alguien conectó los puntos.
—Prima —dijo Luz, entrando a la taquería el sábado por la tarde, con el teléfono en la mano y la cara de las noticias grandes—. Necesitas ver esto. Ya.
—¿Qué cosa? —dije, sin levantar la vista de la plancha.
—Esto —dijo Luz, y me puso el teléfono enfrente.
Era un hilo de una red social. Un hilo largo, escrito por una desconocida, que empezaba así:
"Okay, corazones rotos. Hagan cuentas conmigo.
La doctora Corazón dejó de transmitir hace dos semanas, sin despedirse.
La última noche de transmisión fue el 14 de febrero.
¿Qué pasó el 14 de febrero? La final del Sabor de barrio, donde una taquera de la Doctores le dijo al crítico R.
que ella tampoco era quien él creía. Y la taquera de la Doctores…
se llama Marisol. Y la doctora siempre decía que atendía de siete a once…
¿Y la taquería? 'TACOS LA DOCTORA — AQUÍ SE CURA'.
¿Me están siguiendo? LA DOCTORA ES LA TAQUERA.
La taquera es la doctora Corazón. Y el crítico R.
es el señor de las once. Todo el tiempo. TODO EL TIEMPO."
Me quedé sin aire, con el teléfono en la mano, con el hilo en la pantalla, con los comentarios creciendo debajo, cientos, miles, como si el país entero hubiera estado esperando la señal:
"NO PUEDE SER."
"YO SABÍA. Yo la escuchaba a la doctora y me curaba la panza del alma, y resulta que también curaba la panza de a deveras."
"La doctora Corazón y la taquera que cura son la misma persona. Estoy llorando en el camión, no me miren."
"O sea que cuando la doctora decía que atendía de siete a once, era literal.
TODO ERA LITERAL.""LA VOZ. La voz de la doctora es la de la señora de la final, yo la reconocí desde el primer día.
""Atendía de siete a once… y de once a dos.
SIEMPRE SUPIMOS.""Corazones rotos, ¿nos estábamos curando con tacos sin saberlo?
""LA DOCTORA NOS CURÓ A TODOS Y NADIE SABÍA QUE ERA ELLA. "
—Prima —dijo Luz, bajito, con el teléfono todavía en la mano—. Todo el mundo lo sabe ya. Todo el país. Los corazones rotos te encontraron. Y no están enojados. Están… emocionados. Están llorando, prima. Están diciendo que la doctora los curó de a deveras, y que ahora saben que los curaba con tacos.
Me quedé callada, con el teléfono temblando en la mano, con los comentarios subiendo, con los corazones rotos abrazándome sin conocerme, con la doctora Corazón —la de la madrugada, la del micrófono, la que se escondía— expuesta, por fin, por su propia gente.
Y entonces, el teléfono vibró. Y otro. Y otro.
Mensajes. Cientos. De corazones rotos que me habían escrito durante nueve meses, y que ahora escribían otra vez, con sus nombres verdaderos, diciéndome que me habían encontrado, que la doctora no estaba muerta, que la taquería de la Doctores era el consultorio más bonito del mundo.
—¿Y ahora qué hago? —dije, y la voz me salió chiquita, de las que no saben.
—Ahora decides —dijo Luz—. Pero yo, prima, te voy a decir una cosa: ellos no te van a dejar esconderte. Y tú no deberías esconderte. Tú llevas nueve meses diciéndoles que la gente que da tanto también merece que le den. Pues dales tú algo: dales la cara.
Y esa noche, después de cerrar la taquería, subí al departamento, abrí la puerta del estudio, y me quedé parada enfrente del micrófono, en su caja, apagado desde hacía dos semanas.
Dos semanas. Se sentían como dos años. La mesa seguía igual: los audífonos colgados, la libreta con las notas del último episodio, el archivo en la carpeta de borradores, sin publicar, esperando.
Y yo, parada enfrente de todo eso, con el teléfono lleno de mensajes de corazones rotos en el bolsillo del mandil, supe que había estado esperando esta noche sin saberlo.
Lo saqué. Lo conecté. Me puse los audífonos. Respiré hondo. Y encendí.
—Hola, corazones rotos —dije, y mi voz salió ronca, de las que vuelven después de mucho—. Soy la doctora Corazón. La de la madrugada. La de los tacos. La que se escondió durante nueve meses enteros, y la que ustedes encontraron sin pedir permiso.
—Y sí —dije, y la verdad me salió entera, como la única manera de decirlo—. Soy la taquera. La de la Doctores. La que cura con suadero y con salsa, la que atiende de siete a once, y de once a dos, según el despecho. Esa soy yo.
—Llevo dos semanas sin transmitir —dije, y la voz se me quebró, y la dejé quebrarse, porque los corazones rotos también tenían derecho a oírme llorar—.
Sin saber si la doctora volvía. Sin saber si yo volvía.
Y ustedes me encontraron, y me abrazaron, y no me dejaron esconderme. Así que ya no me escondo.
—La doctora Corazón atiende en Dr. Balmis con Dr. Navarro —dije, y la frase me salió como la dirección de mi casa, porque lo era—. En la taquería La Doctora. Ahí donde dice que se cura. Y sí: se cura. Se cura de crudas, de penas, de corazones rotos. Y ahora, corazones, ya saben dónde encontrarme.
—Y ustedes —dije, y respiré hondo, y sonreí, con la sonrisa de las que vuelven—. Ustedes ya no tienen que escribirme a la madrugada. Ahora pueden venir a sentarse en la mesa del rincón.
Apagué el micrófono, con el corazón a mil y las lágrimas en la cara, y me quedé un momento sentada, con la doctora fuera del clóset, con la taquera con nombre, con la dirección dicha en voz alta.
El teléfono no dejaba de vibrar. Los corazones rotos respondían, con mensajes, con corazones, con lágrimas escritas. Y yo, sentada en el estudio, con la doctora ya no escondida y la taquera con nombre, sentí por primera vez en semanas que el vacío tenía una salida: la puerta de la taquería.
Y supe, por primera vez en dos semanas, que el vacío no se iba a llenar solo. Que la taquería, la doctora, la dirección dicha en voz alta… todo eso era una puerta abierta, pero que adentro seguía faltando algo.
Pero que ya había abierto la puerta.
Y que abrir la puerta, después de dos semanas cerrada, era el primer paso para que algo —o alguien— volviera a entrar.