Tacos de desamor Capítulo 53 — El vacío
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Capítulo 53 — El vacío

La última semana de febrero, la taquería ganaba más que nunca, y yo nunca me había sentido más vacía.

No sé explicarlo bien. Tenía todo lo que había querido: el premio de doscientos mil pesos sobre la mesa de noche —sin abrir, sin tocar—, la clientela que había vuelto, la fila que se formaba desde las seis de la tarde, el nombre de la Doctora en los diarios, en las redes, en la boca de todo el barrio.

La final había puesto a la taquería en el mapa, y la reseña de la verdad —la que firmó con su nombre completo— la había puesto en el corazón de medio país.

Y yo, detrás de la plancha, con el paliacate rojo y el mandil de los días grandes, servía tacos con la sonrisa puesta, y por dentro estaba hueca.

Porque la mesa del rincón estaba vacía.

Llevaba semanas vacía. Desde el sábado del destape, nadie se sentaba en la mesa del rincón a las once de la noche.

Nadie pedía suadero con la salsa de la casa.

Nadie doblaba la servilleta en cuadrito al terminar, como quien hace la cama antes de irse.

Nadie me hacía reír con sus preguntas raras.

Nadie se quedaba después de las once, con el café en la mano, viéndome cerrar.

Y todas las noches, al cerrar, me dolía igual.

—¿Y el señor de las once? —me preguntó Doña Meche, una tarde, con esa voz suya de las que preguntan lo que ya saben—. ¿Ya no viene?

—Ya no —dije, y la voz me salió plana, de las que ya se acostumbraron.

—Pero viene a la banqueta —dijo ella—. Todos los días viene a pararse en la banqueta de enfrente, mija. Y se queda un rato, y se va. ¿No lo has visto?

—Lo he visto —dije—. Pero no baja. Y yo no voy a subir.

—¿Y por qué no? —preguntó Doña Meche, y me vio con esos ojos suyos que todo lo veían.

—Porque no sé —dije, y la verdad me salió sola, sin adornos—.

Porque me duele verlo. Porque cuando lo veo, me acuerdo de todo: del karaoke, de las alcatraces, de la banqueta, de la noche que me dijo que la gente que da tanto también merece que le den.

Y porque no sé si el que está parado en la banqueta es el mismo que me escribió eso, o el mismo que me hundió.

Y ya no sé cuál de los dos me duele más.

Doña Meche me vio un momento, y luego dijo, bajito:

—Pues mientras decides, mija, el pobre se va a quedar parado en la banqueta hasta que se le hagan raíces.

Y tenía razón. Porque él seguía viniendo.

Todos los días, a la misma hora, se paraba en la banqueta de enfrente, con la camisa blanca cada vez más gastada y las manos que ya no se veían igual —manos de cocina, me di cuenta una tarde, llenas de cortaditas chiquitas—, y se quedaba un rato, viendo la taquería desde lejos, y se iba.

Y yo, detrás de la plancha, lo veía llegar, y no lo corría, y no lo saludaba, y seguía sirviendo tacos.

Esa semana, la taquería ganó más que nunca, y yo no estaba.

El jueves, una muchacha joven se sentó en la barra, pidió un taco, y se quedó viendo el letrero con unos ojos que yo conocía de memoria: los ojos de los que llegan con el corazón roto a buscar algo que los cure.

—Disculpe —me dijo, bajito—. ¿Usted es la doctora? La del podcast, digo.

Me quedé con el cucharón en la mano, sin saber qué decir.

—Ya sé que no se dice —dijo ella, y sonrió, con una sonrisa triste—. Ya sé que es un secreto. Pero yo la escucho desde hace nueve meses, doctora. Usted me curó un despecho que creía que no se curaba. Y cuando dejó de transmitir, hace dos semanas… yo sentí que me había quedado sin consultorio.

—No dejé de transmitir para siempre —dije, y la voz me salió rara, de las que no saben qué prometer—. Nomás… necesitaba un momento.

—Pues ya estuvo bueno el momento, doctora —dijo la muchacha, y se comió su taco, y me vio con unos ojos que me atravesaron—. Porque hay muchos corazones rotos esperando. Y la doctora, dondequiera que esté, no los puede dejar sin consultorio.

Y se fue, y yo me quedé detrás de la plancha, con la frase encima, con el micrófono apagado en el estudio y la muchacha en la memoria, sintiendo que algo se estaba moviendo, poquito a poquito, sin que yo lo hubiera decidido.

Estaba detrás de la plancha, pero no estaba. Por dentro estaba en otra parte: en el estudio apagado, donde el micrófono seguía en su caja; en la mesa del rincón, vacía; en la banqueta de enfrente, donde un hombre con las manos llenas de cortaditas se paraba todas las tardes a verme desde lejos.

Una noche, la abuela me encontró sentada en la cocina de atrás, con el delantal puesto y las manos quietas, sin hacer nada.

—¿Qué haces, mija? —dijo, sentándose enfrente, con su tejido.

—Nada —dije—. Nomás… descanso.

—¿Y por qué descansas con la cara así? —dijo ella, sin levantar la vista del tejido—. La cara de descanso no es esa. Esa es la cara de la gente que tiene todo y no sabe qué hacer con ello.

—Abuela —dije, y la voz se me quebró, porque con mi abuela no servían las mentiras—. Ganamos el premio. La taquería está llena. Todo lo que quería, lo tengo. ¿Por qué me siento así?

Mi abuela dejó el tejido un momento. Me vio. Y dijo, con una voz que no era dura ni suave, que era simplemente verdad:

—Porque el premio no llena la panza del alma, mija.

El premio llena la caja. La panza del alma se llena con otras cosas: con la gente que se sienta en la mesa del rincón, con la risa de las once, con el que se queda después de cerrar.

Y tú, mija, tienes la caja llena y el alma vacía. Eso es lo que te duele.

Me quedé callada, con la verdad de mi abuela encima, con la caja llena y el alma vacía, con la mesa del rincón sin nadie y la banqueta de enfrente con un hombre que no se iba.

—¿Y qué hago, abuela? —pregunté al fin, bajito.

—Eso no lo decido yo —dijo mi abuela, y volvió al tejido—.

Lo decides tú. Pero te voy a decir una cosa, mija: el vacío no se llena con más trabajo.

Se llena con lo que uno deja entrar. Y tú llevas semanas con la puerta cerrada, viendo a un hombre pararse en la banqueta todos los días, sin dejar entrar nada.

—¿Y si me vuelve a doler?

—Te va a doler —dijo mi abuela, y las agujas sonaban, suaves, en la cocina—. Las cosas que valen, duelen. Pero el vacío, mija, también duele. Y el vacío no da nada a cambio.

Me quedé callada, con las agujas de mi abuela sonando, con la caja llena y el alma vacía, con la puerta cerrada y el hombre en la banqueta.

Y esa noche, cuando subí al departamento, me quedé un rato parada en la ventana, viendo la banqueta de enfrente, donde ya no había nadie porque ya era tarde.

Pero al día siguiente, cuando él llegó a pararse en su lugar de siempre, yo lo vi llegar desde la plancha.

Y por primera vez en dos semanas, no aparté la vista.