Tacos de desamor Capítulo 52 — El aprendiz
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Capítulo 52 — El aprendiz

El jueves, Emiliano Rivas se paró enfrente de la taquería de Don Chuy, en la esquina de Dr. Navarro, y pidió trabajo sin pedir sueldo.

Don Chuy lo vio llegar con la camisa blanca y la cara de los que no saben dónde están, y lo mandó al diablo.

Y yo, que llevaba una semana parado enfrente de la taquería de La Doctora sin atreverme a cruzar, que había renunciado al programa con mi nombre completo y mi renuncia en la mano, no me fui.

Me quedé parado enfrente del puesto de Don Chuy, esperando, hasta que Don Chuy salió otra vez, con el cucharón en la mano y los ojos que lo veían todo.

—¿Todavía sigues aquí? —dijo.

—Sigo —dije.

—¿Y qué quieres?

—Que me enseñe —dije—. A cocinar. De verdad. No a opinar: a cocinar. No tengo dinero para pagarle, pero puedo trabajar a cambio. Lo que sea. Barrer, lavar, picar…

—¿Picar? —dijo Don Chuy, y se rio, una risa corta, sin humor—. Tú no sabes picar ni el hambre, cabrón. Tú eres el del programa, el de la letra, el que opinaba de la comida de los demás sin haberse quemado nunca las manos. ¿Verdad?

—Verdad —dije, y la palabra me salió sin defensas, porque era la primera vez que la decía en voz alta, en un puesto del barrio, sin el programa que me respaldara—. Soy ese. Y ya no quiero serlo.

Don Chuy me vio un momento, con el cucharón en la mano y la cara de los que han visto pasar a muchos tipos como yo, y luego dijo, nomás:

—Pues agarra el cuchillo.

Y me dio un cuchillo, una tabla, y una cebolla.

—Pica —dijo.

Y yo, que había escrito durante años sobre cebollas —sobre la cebolla caramelizada de tal restaurante, sobre la cebolla morada de tal otro, sobre la cebolla que "no lloraba" en la cocina de fulano—, tomé el cuchillo como se toma un objeto desconocido, y no supe ni cómo agarrarlo.

—Así no, cabrón —dijo Don Chuy, y me quitó el cuchillo, y me lo puso en la mano como se le pone a un niño—. El cuchillo se agarra así. Los dedos se meten así. La cebolla se sujeta con las uñas. Y si te cortas, te cortas. Así se aprende.

La primera cebolla fue un desastre. La corté en pedazos irregulares, con los dedos torpes y los ojos llorando, con la cebolla picándome de verdad, como me había advertido Don Arturo, como si la cebolla supiera quién era yo y me estuviera cobrando cada reseña que había escrito.

—Más parejo —dijo Don Chuy, sin mirarme, desde la plancha—. La cebolla se pica parejo. La comida no se hace con prisa, se hace con paciencia. Y tú, cabrón, no tienes paciencia: tienes opiniones.

Y siguió.

Y yo seguí.

La primera semana fue una humillación gloriosa.

Aprendí a picar cebolla —a medias, con los dedos llenos de cortadas chiquitas, con el lagrimeo de los que no saben—.

Aprendí a lavar la plancha al final del turno, con el raspa y el aceite, hasta que quedara como espejo.

Aprendí a hacer las tortillas a mano, con las palmas rojas, con la masa que se me pegaba en los dedos y Don Chuy riéndose de mí sin piedad.

—No. Así no se agarra la masa, cabrón. La masa se agarra con cariño, no con miedo.

Mírala: no te va a morder. La que muerde es la plancha, y esa ya te mordió.

—Don Chuy me tomó las manos, me las puso sobre la masa, y me enseñó el movimiento, una vez, despacio—.

Así. Con paciencia. La tortilla no se hace de un golpe, se hace de muchos golpecitos suaves.

Como las personas, cabrón. Como las personas.

Y yo, que había escrito una vez que las tortillas de un restaurante "carecían de alma", aprendí ese día, en lo de Don Chuy, que el alma de una tortilla no se escribe: se amasa.

—¿Y esto es lo que opinabas? —decía, cuando me veía luchar con la masa—. ¿Esto es lo que juzgabas con tu letra, cabrón? Pues opina ahora. Opina de la masa que no te sale.

Y yo no opinaba. Porque no había nada que opinar: había todo que aprender.

Lo más raro de todo fue que me encantaba.

Me encantaba el olor de la plancha a primera hora.

Me encantaba el ruido de la cebolla al caer en el aceite.

Me encantaba la fatiga de las diez de la noche, con las manos quemadas y la espalda adolorida, sintiendo por primera vez en años que había hecho algo de verdad, algo con las manos, algo que no se podía borrar con una letra.

Y el viernes, al final de la primera semana, pasó algo que no esperaba.

Don Chuy me vio terminar una tortilla —una tortilla torcida, despareja, de las que nunca vendería—, y me dijo, sin mirarme, desde la plancha:

—Esa ya no está tan cabrona.

Me quedé con la tortilla en la mano, sin saber si había oído bien.

—¿Cómo dice?

—Que esa ya no está tan cabrona —repitió Don Chuy, y siguió con lo suyo—. Todavía está torcida. Todavía está fea. Pero ya no está cabrona. Y eso, para alguien que llegó sin saber agarrar un cuchillo, es un chingo de avance.

Y yo, con la tortilla torcida en la mano y el elogio más raro de mi vida en los oídos, sentí que me había ganado algo que no me había ganado nunca: un lugar en una cocina.

Y esa noche, cuando llegué a la banqueta de La Doctora, con las manos llenas de harina y el pecho lleno de esa cosa rara que no sabía nombrar, me quedé un momento más de lo de siempre, viendo la taquería desde lejos, pensando que el lugar que me había ganado era ese.

Y todas las tardes, cuando terminaba el turno en lo de Don Chuy, me lavaba las manos, me ponía la camisa blanca —cada vez más gastada, cada vez menos de crítico—, y me iba a pararme enfrente de la taquería de La Doctora.

Ya no cruzaba. Ya no pedía nada. Ya no esperaba que ella bajara. Nomás me paraba en la banqueta de enfrente, con las manos llenas de cicatrices chiquitas y el olor a cebolla en la ropa, y me quedaba un rato, viendo la taquería desde lejos, como quien ve una casa que ya no le pertenece.

Una tarde, Don Beto me vio llegar y me dijo, desde su esquina:

—Ya hueles a cocina, crítico. Ya hueles a de a deveras.

—Gracias, Don Beto —dije.

—No te lo digo como favor —dijo él—. Te lo digo porque es cierto. El que aprende a picar cebolla en el barrio, ya no es el mismo que llegó. Y tú ya no hueles igual.

Me quedé callado, con el olor a cebolla en la ropa y las manos llenas de cortadas, pensando que Don Beto tenía razón: que ya no olía igual. Que estaba dejando de ser el crítico, el de la letra, el del programa. Y que, sin saber todavía qué iba a ser, ya estaba siendo otra cosa.

Algo que cocinaba.

Algo que aprendía.

Algo que, por primera vez en su vida, no opinaba de la comida: la hacía.