Tacos de desamor Capítulo 51 — La renuncia
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Capítulo 51 — La renuncia

El miércoles, Emiliano Rivas renunció a Sazón y circo, y se quedó sin identidad.

No fue una decisión de un día. Fue la consecuencia de todo: de la reseña de la verdad, que publiqué el martes con mi nombre completo; de los cuatro días parado enfrente de la taquería cerrada; del mensaje que le mandé a Marisol y que no me respondió —no me respondió, pero no me bloqueó, y yo me aferré a eso como se aferra uno a una migaja—.

Y fue la consecuencia de una llamada, la que recibí el martes por la noche, de la productora del programa.

—Emiliano —dijo la productora, con una voz que ya no era la de siempre—. ¿Qué es esto de la reseña? ¿Por qué firmaste con tu nombre completo? ¿Sabes lo que esto le hace al programa?

—Lo sé —dije.

—¿Y el "R."? ¿El personaje? ¿El misterio? Lo construimos durante años, Emiliano. Y lo tiras a la basura por una taquería.

—No fue por una taquería —dije, y la voz me salió tranquila, de las que ya se decidieron—. Fue por una mujer. Y por una verdad que le debía.

—Pues mañana ven a hablar con la dirección —dijo ella—. Porque esto no se queda así.

Y colgó.

Y yo, sentado en mi departamento, con el teléfono en la mano y la reseña de la verdad todavía en la memoria, supe que no iba a ir a hablar con la dirección. Iba a ir a renunciar.

Esa noche no dormí. Me quedé despierto, viendo el techo, pensando en el programa, en el personaje, en la letra.

En todo lo que había sido y en todo lo que ya no quería ser.

Y cuando amaneció, me levanté, me puse la camisa blanca, y supe que la decisión ya estaba tomada desde hacía semanas: desde la banqueta, desde la cebolla, desde el día que la vi caminar entre el barrio callado sin darse la vuelta.

Al día siguiente, entré al estudio del programa por última vez, con la camisa blanca y el corazón tranquilo, y me encontré con el set vacío, con las luces apagadas, con el lugar donde había opinado durante años de la comida de los demás sin saber cocinar nada.

—¿Ya decidiste? —preguntó Memo, que me esperaba en la puerta, con dos cafés y la cara de los que ya saben las respuestas.

—Ya decidí —dije.

—¿Y qué le vas a decir?

—La verdad —dije, y la palabra me salió liviana, como las que se dicen cuando ya no pesan—.

Que me equivoqué. Que opiné de la comida sin saber lo que era pararse detrás de una plancha.

Que me escondí detrás de una letra durante años, y que ya no quiero esconderme.

Que el programa, el personaje, el "R."… todo eso ya no me queda.

Memo me vio un momento, con esa calma suya de hermano mayor, y luego dijo, bajito:

—¿Y qué va a ser de ti, Emiliano? Porque el programa eras tú. El personaje eras tú. El "R." eras tú. Si renuncias a todo eso… ¿qué queda?

Me quedé callado, con el café en la mano, viendo el set vacío, pensando en la plancha de ella, en la cebolla que no sabía picar, en el suadero que no sabía preparar, en todo lo que no sabía y que llevaba años opinando como si supiera.

—No sé qué va a ser de mí —dije al fin—. Pero sé lo que quiero ser.

—¿Qué?

—Algo que cocine —dije, y la frase me salió sin pensarla, y me supo a verdad—. Algo que cocine. Eso es todo lo que sé.

La reunión duró veinte minutos. La dirección del programa me vio con una mezcla de lástima y de rabia, me dijo que estaba tirando una carrera, que el público no perdona a los críticos que se vuelven blandos, que el "R." era una marca, y que si me iba, no volvía.

—No vuelvo —dije, y la frase me salió liviana, porque ya lo había decidido desde antes de entrar—.

Y no estoy tirando una carrera: estoy dejando de fingir que la tenía.

Durante años opiné de la comida de los demás sin haber pasado una sola noche detrás de una plancha.

Me escondí detrás de una letra para no pagar lo que opinaba.

Y un día, la letra se convirtió en una persona, y la persona me miró, y me dijo que yo no sabía quién era ella, y que ella tampoco sabía quién era yo.

Y tenía razón: yo no sabía ni quién era yo. Así que me voy a averiguarlo.

Se quedaron callados un momento. Y entonces el director, que no había soltado el vaso de agua desde que entré, dijo, con una voz afilada, de las que buscan la yugular:

—¿Y el personaje, Emiliano? El “R.” es una marca. Una marca que construimos juntos, que vale dinero, que el público reconoce. ¿Vas a tirar años de carrera por una taquería?

—No es por una taquería —dije, y la frase me salió entera, sin titubear, como las que se dicen cuando ya no queda nada que perder—.

Es por una persona. Y el personaje, la marca, la letra…

eso no era yo, director. Era una máscara que me puse para no tener que ser yo.

Para opinar sin pagar, para esconderme sin que se notara.

Y ya no quiero usar máscaras. Ni para opinar, ni para querer, ni para nada.

El director me vio un momento. Largo. Y luego, sin decir nada más, soltó el vaso de agua y me hizo una seña con la mano, como quien despide a un barco que ya zarpó.

Y yo, por primera vez en años, me sentí más ligero de lo que me había sentido en mi vida.

—Lo sé —dije, y me levanté, y les di la mano a todos, uno por uno, como se despide uno de los lugares que ya no le pertenecen—. Y no vuelvo.

Y me fui.

Me fui del estudio con la camisa blanca y el corazón tranquilo, con mi nombre completo en la reseña de la verdad y mi renuncia en la mano, sin el programa, sin el personaje, sin la letra. Sin nada de lo que había sido durante años.

Afuera, en la calle, me esperaba un hombre viejo, parado contra la pared, con las manos en los bolsillos y los ojos que lo veían todo.

Don Arturo.

—¿Ya te despediste? —dijo, sin saludar.

—Ya me despedí —dije.

—¿Y ahora?

—No sé —dije, y la verdad me salió sin adornos, porque con Don Arturo no servían—. Voy a aprender a cocinar. De verdad, digo. No a opinar: a cocinar.

Don Arturo me vio un momento, con esos ojos suyos de los que han visto todas las mesas y todas las cocinas, y dijo, con una voz que no era dura ni suave, que era simplemente verdad:

—¿Sabes cuántos críticos he visto en mi vida, Emiliano?

Cientos. Todos opinando, todos con su letra, todos con su personaje.

Y ¿sabes cuántos se han parado detrás de una plancha a pagar lo que opinaron?

Contados con una mano. Y de esos, los que volvieron a opinar con la panza llena, con el callo de la plancha en las manos…

esos, Emiliano, son los únicos que valen.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—Gracias, Don Arturo.

—No me des las gracias —dijo él, y se enderezó, y me dio una palmada en el hombro que me movió entero—. Nomás no me salgas llorón cuando la cebolla te pique. Porque te va a picar, cabrón. Te va a picar de a deveras.

Y se fue, caminando calle abajo, con las manos en los bolsillos, dejándome parado enfrente del estudio vacío, con mi renuncia en la mano, el pañuelo en el bolsillo y mi nombre completo en la memoria.

Se quedó un momento en silencio, viéndome, con esos ojos que lo habían visto todo. Y luego, sin decir nada más, sacó un pañuelo del bolsillo del chaleco y me lo pasó.

No lo necesitaba. Pero lo acepté, y lo guardé en el bolsillo del saco, sin decir nada.

Era el primer gesto que me hacía en años. Y yo, que había escrito millones de palabras sobre comida, no supe qué decir ante ese pañuelo.

—Algo que cocine —me dije, en voz baja, y la frase me supo a plancha, a cebolla, a todo lo que no sabía y que iba a aprender.

Y caminé hacia el barrio, hacia la taquería de la esquina, hacia la banqueta donde llevaba cinco días parado, a decirle a la mujer que no me quería ver que ya no era el crítico.

Que era, apenas, un hombre que quería aprender a cocinar.

Y que iba a aprender, aunque me tardara la vida.