Capítulo 48 — El último episodio
A la una de la madrugada del quince de febrero, grabé el último episodio de la doctora Corazón, y lo grabé con la voz de la que ya no tiene nada que curar.
Me acuerdo de todo. Me acuerdo de la casa en silencio, con mi abuela dormida en su cuarto —o haciendo como que dormía, que es distinto—.
Me acuerdo del estudio, que era mi cuarto, con el micrófono en la mesa y los audífonos colgados y la cortina de la ventana sin abrir desde hacía dos días.
Me acuerdo del check del concurso, doscientos mil pesos, sobre la mesa de noche, sin abrir, sin mirar, sin importar.
Y me acuerdo de mí, sentada frente al micrófono, a la una de la madrugada, con los ojos rojos de llorar y las manos quietas, sabiendo que iba a ser la última vez.
Encendí el micrófono.
—Hola, corazones rotos —dije, y mi voz salió rara, de las que ya no saben cómo empezar—. Soy la doctora Corazón, y esta noche… esta noche no sé qué decirles.
Me quedé callada un momento. El micrófono esperaba. La madrugada esperaba. Y yo, con la mano en el audífono, con la reseña que me había hundido y la alameda y el señor de las once y la verdad toda encima, no sabía por dónde empezar.
—Llevo ocho meses hablándoles de corazones rotos —dije, y la voz me fue saliendo, de a poquito, como las cosas que se dicen cuando ya no queda nada que perder—.
Ocho meses diciéndoles que el amor no llega solo, que hay que pedirlo de frente, que la gente que da tanto también merece que le den, que los tacos curan lo que los médicos no pueden.
Ocho meses curando corazones ajenos, sin decirles nunca quién era yo.
Y esta noche… esta noche ya no puedo seguir.
—Porque esta noche aprendí algo —dije, y las lágrimas me empezaron a llegar, y no las paré, porque ya no había para qué—.
Aprendí que la doctora que curaba corazones rotos tenía el corazón más roto de todos.
Aprendí que llevaba ocho meses hablándoles de sanar, sin sanar yo.
Aprendí que el hombre que me hizo reír era el mismo que me hizo llorar, y que el día más importante de mi vida se me cayó encima, y que lo único que me quedaba, lo único que me quedaba de a deveras, era esto: el micrófono y la madrugada.
—Y ya no me alcanza —dije, y la voz se me quebró, y la dejé quebrarse, porque los corazones rotos también tienen derecho a oírme llorar—.
Ya no me alcanza el micrófono. Ya no me alcanza la madrugada.
Ya no me alcanza decirles a ustedes lo que yo no puedo hacerme.
Así que esta noche, corazones rotos, la doctora se va a atender a sí misma.
Me quedé callada un momento. Largo. El silencio se oía en el estudio, en la madrugada, en el micrófono.
—Hoy la doctora se atiende a sí misma —dije, y la frase me salió entera, como la última de todas—.
Se va a quedar callada. Se va a llorar lo que tenga que llorar.
Se va a comer un taco, de los de su abuela, y se va a acostar, y mañana…
mañana va a ver. Porque los corazones rotos, corazones, también sanan.
Pero sanan callados. Sanan solos. Sanan con tiempo.
Y esta noche, la doctora necesita tiempo.
—Así que esto es todo —dije, y la voz me salió bajita, de las que se despiden—.
Gracias por escucharme. Gracias por creer que una taquera de la Doctores podía curar corazones.
Gracias por los mensajes, por los votos, por las madrugadas.
Gracias por hacerme sentir que servía para algo, cuando servía para nada.
—Y recuerden —dije, y empecé la frase de siempre, la del cierre, la de todos los episodios—: aquí se cura…
Me detuve.
La frase se me quedó atorada, a medio camino, con la mano en el micrófono y las lágrimas en la cara.
Porque ya no era verdad. Porque aquí ya no se curaba.
Porque la taquería estaba cerrada, y el estudio estaba cerrado, y yo, la doctora Corazón, la que curaba corazones rotos en la madrugada, no podía curar ni el mío.
—Aquí se cura… —repetí, y la voz se me quebró—. Ya no sé si aquí se cura. Ya no sé si yo curo algo.
Y apagué el micrófono.
No lo publiqué. El último episodio de la doctora Corazón se quedó en la carpeta de borradores, junto con el micrófono en su caja, esperando a que yo decidiera si la doctora volvía a abrir.
Me quedé sentada un momento, en el silencio del estudio, con la mano sobre el micrófono apagado, con el episodio terminado, con el podcast cerrado, con la doctora Corazón guardada, para siempre, en un cajón de la memoria.
—Se acabó —dije, en voz baja, para mí—. Se acabó.
Me quité los audífonos. Guardé el micrófono en su caja. Apagué la luz del estudio. Cerré la puerta. Y me quedé parada en el pasillo de mi casa, a la una y media de la madrugada, sin saber qué hacer conmigo, sin saber qué hacer con el corazón roto, sin saber qué hacer con el día de mañana.
Entonces la vi.
Mi abuela, parada en la puerta de la cocina, con un plato en la mano.
No dijo nada. No preguntó nada. Se acercó, me puso el plato en las manos —un taco, de los suyos, con la salsa del secreto, caliente todavía—, y se quedó parada enfrente de mí, viéndome, con esos ojos que lo veían todo.
—Come —dijo, nada más.
—Abuela —dije, y la voz se me quebró—. Ya no sé qué hacer.
—Come —repitió ella—. Después lloras. Después piensas. Pero primero comes.
Y me senté en la mesa de la cocina, a la una y media de la madrugada, con el taco de mi abuela en las manos y las lágrimas cayendo en el plato, y mi abuela se sentó enfrente, sin decir nada, tejiendo, como siempre, como si el mundo no se estuviera acabando.
—Abuela —dije, cuando pude hablar—. Usted lo sabía. Usted sabía quién era él, desde el principio. ¿Por qué no me dijo nada?
Mi abuela dejó el tejido un momento. Me vio. Y dijo, con una voz que no era dura ni suave, que era simplemente verdad:
—Porque no era mi verdad, mija. Era la tuya. Y la verdad, cuando la dice otro, no sirve: nomás se dice. Se dice en la boca del que la dice, y se queda ahí, sin llegar a ningún lado.
—La mentira se orita —dije, y la frase me salió sola, la de ella, la de la banqueta, la de la noche que se lo dijo a él.
—Y la verdad también —dijo mi abuela, y volvió al tejido—. La verdad también se dice, mija. Se dice cuando la dices tú. Y tú ya la dijiste. Hoy, en la alameda, enfrente de todo el barrio. Ya la dijiste. Y ahora, lo que sigue, es lo difícil: lo que viene después.
—¿Y qué viene después?
—No sé —dijo mi abuela, y las agujas sonaban, suaves, en la madrugada—. Pero mañana, cuando amanezca, vas a saber una cosa que no sabías hoy.
—¿Qué cosa?
—Que te quedaste sin podcast —dijo mi abuela, y me vio con esos ojos que lo veían todo—. Que te quedaste sin taquería, por un rato. Que te quedaste sin el hombre que querías, por un rato. Pero que no te quedaste sin ti. A ti nunca te ha faltado eso, mija. Y a ti no te va a faltar nunca.
Me quedé callada, con el taco en las manos y las lágrimas en la cara, con la madrugada pasando y mi abuela tejiendo.
—¿Y él? —pregunté al fin, bajito—. ¿Él va a volver?
—Lleva toda la noche parado enfrente de la taquería cerrada —dijo mi abuela, sin levantar la vista del tejido—, esperando a que bajes. Hoy no te lo dije. Pero ya te lo digo: va a volver mañana. Y pasado. Y todos los días, si hace falta.
—Abuela —dije, y miré hacia el cuarto—. El cheque sigue ahí, sobre la mesa de noche. Sin abrir. No sé qué hacer con él.
—Pues gástalo en lo que necesites —dijo mi abuela, sin levantar la vista del tejido—. O guárdalo. El dinero no arregla el corazón, pero arregla la cortina. Y la cortina, mija, hace falta.
Me quedé callada. El taco se me enfrió en las manos. La madrugada pasó. Y yo, sentada en la mesa de la cocina, con mi abuela enfrente y la verdad dicha y el micrófono apagado, supe que el Acto de la mentira se había acabado, y que el de la verdad —el difícil, el que viene después— apenas empezaba.
Y en la mesa de la cocina, el cheque seguía sin abrir, y el micrófono seguía en su caja, y el taco de mi abuela se enfriaba en mis manos. Pero afuera, en la calle, alguien seguía esperando.