Tacos de desamor Capítulo 47 — La taquería cerrada
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Capítulo 47 — La taquería cerrada

A las once de la noche, Emiliano Rivas estaba parado enfrente de la taquería La Doctora, y la taquería estaba cerrada.

Sábado por la noche. La noche que nunca cerraba.

La noche en que la taquería de la esquina de Dr. Balmis abría hasta la una, con la plancha encendida y la cortina de colores ondeando, para que el barrio entero viniera a curarse la cruda de la semana.

La noche que yo conocía de memoria, porque era la noche de las once, la noche de la mesa del rincón, la noche de ella.

Y estaba cerrada.

La cortina de colores estaba bajada. La lona roja, recogida. El letrero de "TACOS LA DOCTORA — AQUÍ SE CURA", apagado. No había luz adentro, no había humo de la plancha, no había música. La taquería que curaba, la que nunca cerraba, estaba cerrada por primera vez en su historia, y yo sabía por qué.

Porque la había cerrado yo.

Me quedé parado enfrente, con las manos en los bolsillos y el traje oscuro todavía puesto —el del jurado, el de la feria, el de la tarjetita—, viendo la cortina bajada, sin saber qué hacer conmigo mismo.

Había caminado desde la alameda sin darme cuenta, con las palabras de ella rebotándome en la cabeza: usted no sabe quién soy yo, y yo tampoco sé quién es usted.

Había caminado hasta la taquería porque no sabía ir a otro lado, porque la taquería era mi lugar, el único lugar donde yo cabía, y ahora estaba cerrada, y yo no cabía en ningún lado.

—¿La buscas a ella? —dijo una voz.

Me sobresalté. En la puerta de la taquería, sentada en un banquito que yo no había visto, estaba la abuela.

No la había visto. Estaba sentada en la penumbra, con el quinto de tejido en las manos, tejiendo, como si fueran las tres de la tarde de un día cualquiera.

La abuela de Marisol. La que me había mirado feo desde el principio.

La que me había dicho, aquella noche en la banqueta, que la mentira se orita.

La que lo sabía todo, desde el principio, y nunca me había delatado.

—Abuela —dije, y la voz me salió ronca, de las que ya no saben cómo hablar—. ¿Qué hace aquí?

—Te esperaba —dijo ella, sin levantar la vista del tejido—. Hace rato que te esperaba.

—¿Cómo sabía?

—Siempre me siento aquí los sábados por la noche —dijo, como si me leyera el pensamiento—. Es mi lugar. Pero esta noche… esta noche sabía que ibas a venir.

—¿Por qué?

—Porque a donde más duele es a donde se vuelve —dijo mi abuela, y las palabras me pegaron en el pecho—. Y a ti te duele aquí.

Me quedé callado, parado enfrente de la taquería cerrada, con la abuela tejiendo en la puerta, con el barrio en silencio alrededor.

—¿Ella? —pregunté, y la palabra me salió chiquita—. ¿Está bien?

—¿Tú qué crees? —dijo la abuela, y por primera vez levantó la vista del tejido, y me vio, con esos ojos suyos que lo veían todo—. La mujer que más querías, enterándose de que el hombre que la quería era el mismo que la hundió. En el día más importante de su vida. ¿Tú qué crees, mijo?

—No lo sé —dije, y la voz se me quebró—. Por eso pregunto.

La abuela me vio un momento largo. Luego volvió al tejido, y dijo, con una voz que no era dura ni suave, que era simplemente verdad:

—Está arriba. En su cuarto. Llorando. No quiso cenar, no quiso hablar, no quiso abrir.

Me dijo que no abriera la taquería, que hoy no se curaba nadie.

Y yo, que la he visto llorar por ese Óscar que se fue, y por la reseña que la hundió, y por los recibos que no alcanzaban…

yo nunca la había visto llorar así. Así de callado.

Así de sin ruido. Como quien llora algo que no se puede llorar en voz alta.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—¿Puedo…? —empecé, y señalé la puerta, y la abuela me cortó.

—No —dijo, y la palabra salió seca, de las que no admiten discusión—. Hoy no. Hoy no se cura aquí, mijo. Hoy se cura ella sola.

—Pero yo tengo que decirle… tengo que explicarle…

—Ya le dijiste —dijo la abuela—. Ya le explicaste. Ya le diste la verdad, toda, de una sentada, en la alameda, enfrente de todo el barrio. Y ahora, lo único que le toca a ella es llorar. Y a ti, lo único que te toca es esperar.

—¿Esperar qué?

—Que se le acabe el coraje —dijo mi abuela, y siguió tejiendo—.

O que no se le acabe nunca. Eso no lo decido yo, ni lo decides tú.

Lo decide ella, y ella está arriba, llorando, y no va a bajar a verte esta noche.

Ni mañana, a lo mejor. Ni pasado. Eso es lo que tiene la verdad, mijo: cuando se dice, ya no se puede volver a guardar.

Me quedé parado enfrente de la taquería cerrada, con la abuela tejiendo en la puerta, con la cortina de colores bajada, con la noche sábado pasando en silencio.

—Yo la quiero, abuela —dije, y la frase me salió sola, sin pensar, como las que se dicen cuando ya no queda nada más—. La quiero de verdad. La quiero desde antes de saber quién era. La quiero y la hundí, y no sé cómo se arregla eso.

—No se arregla —dijo la abuela, y las palabras cayeron como piedras—.

No se arregla con planchas, ni con concursos, ni con disculpas.

Se arregla con tiempo. Y con que ella quiera.

Y con que tú aguantes. Y tú, mijo —me vio, una vez más, con esos ojos que lo veían todo—, tú aguantas poquito. Eso lo vi desde el primer día.

—La primera vez que me vio —dije, y casi me reí, aunque no había nada de qué reírse—, me dijo que la mentira se dice sola.

—Y se dijo —dijo la abuela, y siguió tejiendo—. Se dijo hoy, en la alameda, enfrente de todo el barrio. Y ahora, lo que sigue, es lo difícil: lo que viene después de que la mentira se dice.

—¿Y qué viene después?

La abuela se quedó callada un momento. Las agujas sonaban, suaves, en la noche sábado.

—No sé —dijo al fin—. Eso lo decide ella. Y ella está arriba, llorando. Y tú estás aquí, enfrente de una taquería cerrada, que nunca se cierra. ¿Te das cuenta, mijo? Hasta la taquería siente lo que le hiciste.

Me quedé callado. La abuela siguió tejiendo. La noche sábado pasó, en silencio, enfrente de la taquería cerrada.

—¿Qué hago? —pregunté al fin, bajito, con la voz de los que ya no saben.

—Te vas a tu casa —dijo la abuela, sin levantar la vista—.

Te cambias esa camisa de jurado, que ya no es tuya.

Y mañana, si quieres, vuelves. Y pasado, si quieres, vuelves.

Y el día que ella baje, y te vea, y decida si quiere oírte, ese día hablamos.

Pero hoy no, mijo. Hoy, la taquería está cerrada, y tú no tienes nada que hacer aquí.

—¿Y si no quiere verme nunca?

—Entonces —dijo mi abuela, y por primera vez en toda la noche su voz se suavizó, apenas, como la de las abuelas que saben lo que es esperar—, entonces aprendiste lo que yo aprendí hace muchos años: que hay amores que llegan a tiempo, y amores que llegan tarde, y que los dos duelen parejo.

Pero ninguno se arregla de enfrente de una puerta cerrada.

Me quedé un momento más, parado en la banqueta, viendo la cortina de colores bajada, la taquería apagada, la abuela tejiendo.

—Gracias, abuela —dije, bajito.

—No me des las gracias —dijo ella—. Nomás vuelve mañana. Y pasado. Y el día que ella baje. Eso es todo lo que te pido.

Y me fui. Caminé de vuelta a mi casa, con el traje de jurado puesto, con la camisa de los días importantes que ya no era mía, con el pecho apretado y la taquería cerrada en la memoria.

Sábado por la noche. La noche que nunca cerraba. Cerrada.

Por mi culpa.

Y yo, caminando solo por la calle vacía, supe que mi abuela tenía razón: que hay amores que llegan tarde, y que los dos duelen parejo, pero que ninguno se arregla de enfrente de una puerta cerrada.

—Mañana —me dije, en voz baja, con la noche encima—. Mañana vuelvo.

Y volví. Y volví. Y volví, esa noche y las que siguieron, a la taquería cerrada, esperando a que ella bajara.