Tacos de desamor Capítulo 46 — El destape
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Capítulo 46 — El destape

A las ocho de la noche, en la alameda encendida, le dije al hombre que me había hecho reír que yo tampoco era quien él creía.

Me acuerdo de todo, aunque me duela. Me acuerdo del ruido de la gente alrededor, de las luces de los puestos, de mi abuela a lo lejos, sentada en su banquito, con el tejido quieto en las manos, viéndolo todo.

Me acuerdo de él, parado enfrente de mí, con el traje oscuro y la cara de los que ya dijeron todo lo que tenían que decir.

Y me acuerdo de mí, con el cheque en la mano y las lágrimas secas en la cara, decidiendo que no iba a ser la única en quedarse sin nombre.

—Usted me conoce de las once de la noche —dije, y la voz me salió entera, de las que ya no piden permiso—. Pero no me conoce de las dos de la mañana. No me conoce del estudio, del micrófono, de la madrugada.

—¿De qué hablas? —preguntó él, y su voz salió baja, de las que ya no entienden nada.

—De esto —dije, y respiré hondo, y lo dije—. Yo soy la doctora Corazón.

El mundo se calló.

No sé si fue el tono de mi voz o la palabra, pero el barrio entero se fue quedando en silencio, de a poquito, como cuando se apagan las luces de una casa.

Luz se quedó con la boca abierta. Don Beto dejó caer el sombrero.

Doña Meche se persignó. Y yo, parada enfrente de él, con el cheque en la mano, seguí hablando, porque ya no había manera de parar.

—La del podcast —dije—. La que atiende de siete a once.

La que lleva ocho meses hablando de corazones rotos en la madrugada, sin que nadie supiera que era yo.

La que los corazones rotos de todo el país escuchan todas las noches para sanar.

Esa soy yo. Yo soy la doctora, Emiliano.

Yo soy la del programa que se burla de ustedes, los críticos.

La que dijo, en un episodio, que "el amor no se pide a domicilio".

La que lleva meses diciéndole a medio país que la gente que da tanto también merece que le den.

Eso era lo único que me quedaba, después de que usted me hundió: el micrófono y la madrugada. Y usted no lo sabía. ¿Verdad?

Él se quedó parado, con la cara blanca, con los ojos fijos en mí, con el mundo cayéndosele encima.

—No —dijo, y la voz le salió rara, de las que se dicen cuando ya no queda nada—. No lo sabía.

—Pues ya lo sabe —dije, y me limpié la cara con el dorso de la mano—. Usted no sabe quién soy yo. Y yo tampoco sé quién es usted. Ahora estamos parejos.

Y en ese momento, el barrio, que había estado callado, empezó a hablar. Bajito, primero, como los murmullos que corren entre la gente:

—¿La doctora? ¿La del podcast?—La del programa de la madrugada, la de los corazones rotos…—¿Y el señor de las once es el crítico? ¿El de la reseña que la hundió?—¡Y el jurado que le dio el premio!

—¡Un momento! —gritó Don Beto, y se abrió paso entre la gente, con el sombrero en la mano—.

¡Un momento! ¿Me están diciendo que el cabrón que escribió la reseña que hundió a la Marisol es el mismo que venía todas las noches a comerse su suadero?

¿Y que la Marisol, la taquera, es la doctora del podcast, la de la radio, la que cura corazones en la madrugada?

—Sí, Don Beto —dije, y la voz me salió cansada, de las que ya no pueden con más—. Así es.

Don Beto me vio un momento. Luego vio a Emiliano. Luego volvió a verme a mí. Y dijo, con una voz que no le había oído nunca:

—Pues entonces, mija, este cabrón no es de fiar. Pero el taco que hiciste hoy… ese taco sí era de fiar. Ese taco era de a deveras.

Y el barrio, que no sabía si enojarse o llorar, se quedó callado, viéndonos a los dos, a la doctora Corazón y al crítico sin nombre, parados en la alameda, con el premio de por medio y la verdad ya dicha.

Él dio un paso hacia mí.

—Marisol —dijo, y su voz salió quebrada, de las que se dicen cuando ya no hay manera de arreglar nada—.

Yo no sabía. No sabía lo del podcast. No sabía que…

que te habías quedado con eso. Con el micrófono.

Con la madrugada. Pensé que te había quitado todo, y resulta que te quedaste con lo más importante.

—Sí —dije, y las lágrimas me volvieron a salir, y esta vez no las limpié—.

Me quedé con lo más importante. Y usted me lo dijo, sin saberlo, en la banqueta: que la gente que da tanto también merece que le den.

Eso me lo dijo el hombre que me hundió. ¿Se da cuenta?

El que me hundió fue el único que me dijo que merecía que me dieran.

—Marisol…

—Ya no me diga así —dije, y di un paso atrás—. Ya no soy la Marisol de las once de la noche. Ya soy la doctora, la de la madrugada, la que se quedó sin nombre. Y usted… usted es R. El crítico. El que firma con una sola letra. El que me hizo llorar todo este tiempo.

—Y el que te quiere —dijo él, bajito, con una voz que se oyó en toda la alameda—. El que te quiere, Marisol. Eso también soy yo.

—Ya sé —dije, y me reí, con una risa corta, rota, de las que se ríen cuando ya no queda nada más—.

Eso es lo peor. Que lo sé. Que usted me quiere, y yo lo quiero, y que el único hombre que me hizo reír era el que me hizo llorar.

¿Se da cuenta? El catorce de febrero, el día del amor, me enamoré del hombre que me hundió.

—Y yo —dijo él, y dio otro paso hacia mí—, yo me enamoré de la mujer que hundí. Y la quiero, Marisol. La quiero con la panza llena, con el suadero en la memoria, con la banqueta y el karaoke y las once de la noche. La quiero y no sé si me va a perdonar, pero…

—¿Perdonarlo? —dije, y la palabra me salió sola, sin pensarla—.

¿Perdonarlo? No sé ni por dónde empezar a perdonarlo.

No sé si quiero. No sé si puedo. Lo único que sé es que hoy, el día más importante de mi vida, lo estuve buscando a usted.

Y usted estaba escondido en la trastienda, viéndome celebrar, sin atreverse a salir.

—Tenía miedo —dijo él—. Tenía miedo de este momento. De que me vieras como me estás viendo ahora.

—Pues ya me ve —dije—. Y yo ya lo vi. Ahora los dos sabemos quiénes somos. Y no sé si eso alcanza para algo.

Me di la vuelta. Y caminé. Caminé entre el barrio callado, con el cheque en la mano y la cara llena de lágrimas, sintiendo el peso de las miradas, sintiendo el peso de la verdad, sintiendo el peso de haber perdido, en un solo día, al hombre que me hizo reír.

—¡Marisol! —gritó él, detrás de mí.

No me di la vuelta.

—¡Marisol, espérate!

No me di la vuelta.

Caminé hasta la orilla de la alameda, donde mi abuela me esperaba, parada con su banquito en la mano y el tejido en la bolsa, sin decir nada.

—Vámonos, abuela —dije, y mi voz salió chiquita, de las que se acaban.

—Ya sé —dijo mi abuela, y me tomó del brazo—. Vámonos.

Y me llevó, como me había llevado tantas veces, sin preguntar, sin juzgar, sin decirme que me lo había advertido.

Y yo, caminando de vuelta a la taquería, con el premio en la mano y el corazón roto, supe que el catorce de febrero había terminado como tenían que terminar las cosas que empiezan con una mentira.

Subimos las escaleras de la taquería, y cuando cerré la puerta de mi cuarto, me quedé parada en medio, con el olor a feria todavía en la ropa y el cheque apretado en la mano, sin saber qué hacer conmigo.

La plancha nueva se quedó abajo, apagada.

El micrófono, en la mesa del estudio, apagado también.

Y yo, en medio de los dos, con la verdad de él todavía ardiéndome en los oídos.

Y entonces me reí. Me reí sola, en mi cuarto, con el olor a feria en la ropa, porque era la historia más ridícula que había oído en mi vida: un crítico que se enamora de la taquera a la que hundió, y una taquera que se enamora del crítico sin saberlo. Si no fuera por el dolor, sería una comedia.

Me reí hasta que se me acabó la risa, y entonces, ya sin nada que hacer con las manos, me senté en la orilla de la cama, con el cheque en el regazo, y dejé que el silencio del cuarto me dijera lo que las palabras no alcanzaban: que el catorce de febrero había terminado como tenían que terminar las cosas que empiezan con una mentira.

Me había enamorado del hombre que me hundió.

Y lo había perdido, sin haberlo tenido nunca.