Tacos de desamor Capítulo 45 — Lo que iba a decir
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Capítulo 45 — Lo que iba a decir

A las siete de la noche, Emiliano Rivas apartó a Marisol de la celebración, con las once versiones de la confesión en la cabeza y el corazón en la garganta, y abrió la boca para decir la verdad.

La encontró al lado del templete, con el cheque todavía en la mano, viendo la alameda encenderse con las luces de la noche.

La vio de espaldas, con el paliacate rojo un poco suelto y el mandil de los días grandes, y por un momento, por un momento nada más, quiso no haber venido.

Quiso quedarse en la trastienda, con la mentira, con las once de la noche, con la mesa del rincón que ya no volvería a ser la misma.

—Marisol —dijo, y su voz salió rara, de las que se usan para las cosas grandes.

Ella se dio la vuelta. Lo vio un momento, con unos ojos que no eran los de todas las noches —eran los ojos de alguien que ya no sabía quién tenía enfrente—, y dijo, con una voz que no le conocía:

—¿Usted?

—Necesito decirte algo —dijo él, y dio un paso hacia ella—. Algo que te debía desde hace mucho tiempo. Algo que… llevo meses queriendo decirte y no me atrevo.

—¿Qué cosa? —preguntó ella, y la voz le salió plana, como la de los que ya saben la respuesta y quieren oírla igual.

—Yo soy… —empezó él, y las palabras, las de las once versiones, las que había ensayado en la trastienda, se le atoraron en la garganta—. Yo soy…

—Usted es el crítico —dijo ella.

El mundo se detuvo.

—¿Qué?

—Usted es el crítico —repitió ella, y su voz salió entera, sin temblar, como la de los que ya lloraron por dentro—. El de la reseña. El que firmaba con una sola letra. El que escribió que mi suadero sabía a desamor. El que me hundió el negocio, el año, la vida. ¿Verdad?

—Marisol…

—No me diga Marisol —dijo ella, y dio un paso atrás, y él vio cómo le temblaban las manos, cómo apretaba el cheque como si fuera un escudo—. Dígame si es verdad. Usted es R. Usted es el crítico.

Emiliano se quedó parado, con la verdad en la boca, con las once versiones que de nada habían servido.

—Sí —dijo.

La palabra cayó entre los dos como una piedra.

—Sí —repitió, y la voz se le quebró—. Soy yo. Soy R. Soy el que escribió la reseña. Soy el que te hundió. Soy… todo lo que odias, Marisol. Todo lo que te ha hecho llorar este año.

Ella se quedó callada un momento. Largo. Un silencio de esos que pesan más que las palabras.

—¿Y lo demás? —preguntó al fin, bajito—. ¿El concurso? ¿La plancha? ¿La reseña de Salvador Ortega? ¿Todo lo bueno que me ha pasado en los últimos meses? ¿También fuiste tú?

—Sí —dijo él, y esta vez la palabra le salió más fácil, porque ya no había nada que esconder—.

El concurso fui yo. La inscribí a escondidas, con la ayuda de un amigo, porque quería devolverte lo que te quité.

La plancha fui yo. Se la mandé sin nombre, porque no tenía valor para firmarla.

La reseña de Salvador también fui yo: se la pedí, le rogué, le dije que me había equivocado, para que alguien de verdad le hiciera justicia.

Todo fui yo, Marisol. Todo lo bueno y todo lo malo.

Lo malo, por mi culpa. Lo bueno, también por mi culpa, porque lo hice para pagar una deuda que no se paga con planchas ni con concursos.

—¿Y las alcatraces? —preguntó ella, y la voz se le quebró por primera vez—. ¿Las alcatraces también?

—Sí —dijo él, bajito—. Las alcatraces también. Y el karaoke. Y la banqueta. Y las once de la noche. Todo era yo. Todo, Marisol. Menos una cosa.

—¿Qué cosa?

—Que te quiero —dijo él, y la frase le salió entera, sin ensayar, como las que se dicen cuando ya no queda nada más—.

Eso no fue para pagar nada. Eso no fue por culpa.

Eso fue lo único que no me salió mintiendo.

Te quiero, Marisol. Te quiero desde la banqueta, desde el karaoke, desde la noche que me diste el primer suadero sin conocerme.

Te quiero y te mentí, y sé que no hay disculpa que alcance, pero necesitaba que lo supieras. Necesitaba que lo supieras de mí.

Ella se quedó parada, con el cheque en la mano y los ojos llenos, viéndolo a él, al hombre que la había hecho reír, al hombre que la había hundido, al hombre que le acababa de decir que la quería.

El catorce de febrero. El día del amor. Y el amor, parado enfrente de ella, con la cara de los que ya dijeron todo, esperando el veredicto como se espera un taco a las once de la noche: con hambre y con miedo.

—Usted sabe quién soy yo —dijo ella, y la voz le salió rara, de las que se dicen cuando ya no hay manera de volver atrás—. Usted sabe quién soy yo, y yo no sabía quién era usted. Todo este tiempo. Todas las noches. Y usted lo sabía.

—Lo supe tarde —dijo él—. Lo supe cuando ya era demasiado tarde para decírtelo sin romper todo.

—Y aun así —dijo ella, y las lágrimas le corrieron por la cara, sin que ella las limpiara—. Aun así me dejó quererlo. Aun así me hizo creer que el señor de las once era real.

—Era real —dijo él, y dio un paso hacia ella, con las manos abiertas—. El señor de las once era real, Marisol. Era lo único real que tenía. Lo único que no era mentira.

—¿Y cómo sé que eso no es mentira también? —preguntó ella, y la pregunta lo partió en dos—. ¿Cómo sé que no es otra pieza del arreglo? ¿Otra plancha sin nombre?

—Porque no tengo nada que ganar diciéndotelo —dijo él, y la voz se le quebró—. Porque si me odias, me voy. Pero quería que lo supieras. Quería que supieras quién era el que te servía los tacos.

Ella se quedó callada un momento. Largo.

Largo de verdad. El tipo de silencio que se llena de todo lo que no se dice: el año de capa caída, las noches de las once, las alcatraces, el karaoke, la banqueta, la promesa.

Lo miró, y él aguantó la mirada, sin buscar el piso, y ese gesto —que aguantara la mirada— fue lo que la terminó de decidir.

—Ahora me toca a mí —dijo ella, bajito, y la frase cayó entre los dos como la segunda piedra.

Y luego hizo lo que él no esperaba.

Se rio.

No una risa de felicidad. Una risa corta, rota, de las que salen cuando el mundo te da una noticia que no cabe en la cabeza.

—Usted no sabe quién soy yo —dijo ella, y la voz le salió quebrada, y él no entendió, y ella lo vio, y siguió—. Usted no sabe quién soy yo. Y yo tampoco sé quién es usted.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir —dijo ella, y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, y lo miró de frente, con unos ojos que ya no eran los de la taquera—, que usted me conoce de las once de la noche. Pero no me conoce de las dos de la mañana.

Y fue entonces, parada en la alameda, con el cheque en la mano y el barrio a unos metros, que Marisol decidió igualar el golpe.

—¿Y usted qué sabe de mí? —dijo, y la voz le salió entera, de las que ya no piden permiso—.

Nada. Usted no sabe nada de mí. Y yo ya no sé nada de usted.

Y así no se puede. Así, la taquería de las once, la mesa del rincón, las alcatraces…

todo eso no fue de a deveras, porque de a deveras no se conoce a la gente a medias.

—Dime quién eres, entonces —dijo él, bajito, con la voz de los que ya no esperan nada.

—No —dijo ella—. Esta vez, la que va a decir quién es, soy yo.