Capítulo 44 — El premio
A las seis de la tarde, subí al templete principal a recibir el premio de doscientos mil pesos, y el barrio entero lloró conmigo.
No sé explicar lo que se siente estar parada enfrente de tu gente, con un cheque en la mano, después de nueve meses de capa caída.
Es como si todas las noches que cerré la cortina sin vender nada, todos los recibos que no pude pagar, todas las veces que leí la reseña que me hundió, se juntaran en un solo momento y se convirtieran en esto: en el barrio gritando mi nombre, en Luz llorando sin disimulo, en Don Beto aventando el sombrero al aire, en mi abuela, sentada en su banquito al pie del templete, tejiendo, con una sonrisa pequeña que solo yo vi.
Y el cheque pesaba. Pesaba, de esos pesos que se sienten en las manos, de esos que llegan después de nueve meses de cuentas que no cerraban, de cortinas que se bajaban sin vender nada, de noches llorando en la banqueta de mi propia casa. Doscientos mil pesos. El año entero, convertido en un cheque.
Y el aplauso se oyó hasta en la Roma. Y yo, con el cheque en la mano, con las fotos saliendo, con el barrio llorando, pensé que mi mamá —que no estaba, que nunca estaba— me hubiera visto desde dondequiera que anduviera, y que mi abuela, que sí estaba, me estaba viendo con esos ojos suyos que lo veían todo.
—¿Y qué se siente, señora? —me preguntó la conductora, acercándome el micrófono.
—Se siente —dije, y la voz me salió ronca, de las que no saben si reír o llorar—, como si la taquería por fin hubiera curado. Como si el año malo se hubiera acabado de a deveras.
—¿Y a quién le dedica el premio?
Me quedé callada un momento. El micrófono esperaba.
El barrio esperaba. Las cámaras esperaban.
Y yo, con el cheque en la mano y la tarde entera en la cabeza —el triunfo, las rosas de Óscar, la frase oída en la trastienda, el señor de las once perdido entre el público—, supe a quién quería dedicárselo.
—A mi abuela —dije—. Que me enseñó que la taquería no es un negocio: es un lugar donde la gente viene a sanar.
Y a la gente de la Doctores, que nunca dejó de creer en la Doctora.
Y a… —me detuve, y busqué entre el público con los ojos, sin encontrarlo—.
Y a alguien que no está, pero que debería estar.
El barrio aplaudió. La conductora sonrió. Las fotos salieron. Y yo bajé del templete con el cheque en la mano y el pecho apretado, con la frase de la trastienda todavía dándome vueltas, con la pregunta que no me atrevía a hacerme.
Entonces lo vi.
Parado al fondo, entre la gente que celebraba, con un traje oscuro y una tarjetita en la mano —la del jurado, la que colgaba de un cordón—, estaba el señor de las once.
Se me cayó el cheque.
No, no se me cayó. Se me quedó en la mano, apretado, mientras el mundo entero se me iba a cámara lenta.
Porque era él. Era el señor de las once, con el traje de la feria, con el traje de los días importantes, con la tarjetita del jurado colgando del cuello.
El señor de las once, que me había dicho que trabajaba en restaurantes.
El señor de las once, que llegaba a las once de la noche a la mesa del rincón.
El señor de las once, que me había prometido la verdad.
El señor de las once era del concurso. Era del templete. Era de los que calificaban.
Y de pronto, sin que yo quisiera, las piezas empezaron a caer solas, como las que caen cuando ya no las puedes detener: el traje de jurado de la feria, el que me había mirado raro todo el día.
El "no tengo nada que ver con el concurso" dicho demasiado rápido.
La reseña de Salvador Ortega, que llegó justo cuando él empezó a venir.
Las alcatraces sin nombre. La plancha sin nombre.
El concurso sin nombre. Y la servilleta doblada en cuadrito, la de todas las noches, la que dejaba en la mesa del rincón como quien hace la cama antes de irse, la que nadie dobla en una taquería.
Y la frase de la trastienda, la que había oído a las cuatro y cuarto, la que no quería creer: tú la hundiste.
—No —dije, en voz baja, con el cheque en la mano y el mundo cayéndose—. No puede ser.
Y lo vi a él, al fondo, con la tarjetita del jurado y el traje oscuro, viéndome a mí, con una cara que yo no le conocía: la cara de los que ya no tienen nada que esconder, y que por eso tienen miedo.
Se quedó parado ahí, sin moverse, sin acercarse, sin saludarme siquiera. Como si esperara a que yo diera el primer paso. Como si supiera que, en el momento en que se acercara, todo lo que había sido la taquería de las once de la noche se iba a romper.
Y yo, con el cheque en la mano y la verdad a medio armar, me quedé parada también, viéndolo, sin saber qué hacer con lo que acababa de ver.
—Marisol —dijo Luz, que se me acercó—. ¿Qué te pasa? Estás blanca.
—Nada —dije, y la sonrisa me salió de donde pudo—. Nomás… vi a alguien que no esperaba.
—¿Quién? —preguntó Luz, y se puso de puntitas, buscando entre la gente—. ¿Quién, prima?
—Nadie —dije—. Ya no es nadie. O todavía no sé quién es.
—¿Y eso qué significa?
—Significa —dije, y me quedé viendo al fondo, donde él seguía parado, con la tarjetita del jurado—, que hoy es un día de sorpresas, Luz. Y que a lo mejor me falta la más grande.
Y en ese momento, como si me hubiera oído, el señor de las once levantó la vista y me vio.
Los dos nos quedamos parados, a treinta metros, con el barrio de por medio, sin saber quién iba a dar el primer paso.
Él dio medio paso hacia mí, y se detuvo.
Yo di medio paso hacia él, y me detuve. Y los dos nos quedamos así, a medio camino, con la tarjetita del jurado y el cheque de la ganadora, en el día más importante de nuestras vidas, sin atrevernos a cruzar los treinta metros que nos separaban.
Y me quedé parada ahí, con el cheque en la mano y el barrio celebrando alrededor, viendo al señor de las once a treinta metros, sin saber si correr hacia él o salir huyendo.
Porque ya no era el señor de las once.
Era el hombre que me había hecho reír. Y era, casi seguro, el hombre que me había hundido.
Y los dos, el que reía y el que hundía, eran la misma persona, parada al fondo, con la tarjetita del jurado, esperando a que yo hiciera algo.
—A las siete —me dije, en voz baja, apretando el cheque—. A las siete le voy a preguntar quién es.
Y esperé las siete, con el pecho apretado, sin imaginar que él, a esa misma hora, estaba ensayando la misma pregunta con otra respuesta.