Capítulo 43 — Las piezas
A las cinco de la tarde, Emiliano Rivas estaba sentado en la trastienda, con el discurso de confesión en la mano, ensayando las palabras que le iban a cambiar la vida.
Se había escapado de la alameda un momento, había ido a la trastienda a buscar el papel —el mismo de la mesa de noche, el de las once versiones—, y ahora estaba ahí, sentado en una caja de tortillas, con el papel temblando en la mano, ensayando en voz baja, como los que ensayan las cosas que no quieren decir.
—Marisol —dijo, y su voz sonó rara en el cuartito vacío—. Necesito decirte algo. Algo que te debía desde hace mucho tiempo.
Se detuvo. Sacudió la cabeza.
—No. Así no. —Volvió a empezar—. Marisol. Yo no soy quien crees. Yo soy… yo soy el crítico. El de la reseña. El R. que te hundió.
—No —se dijo a sí mismo, y arrugó el papel—. Eso se dice de golpe, no se anuncia.
Lo alisó contra la pierna y volvió a empezar.
—Marisol. Quiero que sepas que el concurso… el concurso lo gestioné yo. Porque quería devolverte lo que te quité, y no supe cómo hacerlo de frente.
Se detuvo. Sacudió la cabeza.
—No. Eso suena a trámite. Como si estuviera entregando un reporte. —Se quedó viendo el papel, con las once versiones escritas, y se dio cuenta de algo—. Todas suenan a trámite. Todas suenan a discurso. Y ella no se merece un discurso. Se merece la verdad, pelona, sin adornos.
Arrugó el papel, lo tiró a la caja de tortillas vacía, y se quedó sentado en silencio, con las manos vacías y la verdad en la cabeza.
—Marisol. Yo fui el que escribió la reseña.
La del año pasado. La que firmaba con una sola letra.
Yo la escribí sin conocerte, sin probar tu suadero como se debe, sin saber que estabas del otro lado de esa plancha.
Y te hundí. Te hundí el negocio, te hundí el año, te hundí…
—se detuvo, y la voz se le quebró—. Te hundí sin conocerte.
Y después te conocí. Y resultó que eras la mejor persona que había conocido en mi vida.
Y te mentí todas las noches, durante meses, sentado en tu mesa del rincón, comiéndome tu suadero, viéndote sonreír, sin decirte quién era.
—Y no fue lo único —siguió, y la voz le salió más firme, como la de los que ya se decidieron—.
El concurso. Yo te inscribí. A escondidas, por la espalda, con la ayuda de un amigo.
Quería devolverte lo que te quité, y lo hice como lo hacen los cobardes: sin nombre, sin cara, sin valor.
La plancha también fui yo. La reseña de Salvador Ortega también.
Todo lo bueno que te ha pasado en los últimos meses, lo armé yo, desde la sombra, para pagar una deuda que no se paga con planchas ni con concursos.
—Y te quiero —dijo, y la voz se le quebró otra vez, y esta vez no la pudo sostener—.
Te quiero, Marisol. Te quiero desde la banqueta, desde el karaoke, desde las once de la noche.
Te quiero y te mentí, y no sé si vas a poder perdonarme, pero necesitaba que lo supieras.
Necesitaba que lo supieras de mí, no de nadie más.
Se quedó callado, con el papel en la mano, con la trastienda en silencio, con el corazón desbocado.
—¿Y ahora? —dijo Memo, que estaba recargado en la puerta, con los brazos cruzados, oyéndolo desde hacía un rato—. ¿Ya está?
—Ya está —dijo Emiliano, y dobló el papel—. Ya está.
—¿Y se lo vas a decir así nomás? ¿Con el papel?
—No —dijo Emiliano, y metió el papel al bolsillo—. Sin papel. Se lo voy a decir de frente, mirándola a los ojos, como se dicen las cosas que van en serio. El papel nomás era para no olvidarme de nada. Pero no me voy a olvidar: es todo lo que he pensado en meses.
Memo lo vio un momento, con esa calma suya de hermano mayor.
—¿Y sabes qué es lo más cabrón, Emiliano?
—dijo—. Que tú ensayaste once versiones de esa confesión.
Once. Yo te vi escribirlas, en la mesa de la cocina, con el café ya frío.
Y en las once, te decías a ti mismo que iba a llegar el momento de decírselo, y que la ibas a decir bien, y que ella iba a entender.
Y ahora que el momento llegó de verdad, te vas a parar enfrente de ella sin papel, y lo único que te va a salir va a ser lo que te salga.
—¿Y qué va a salirme?
—No sé —dijo Memo, y se encogió de hombros—. Pero las once versiones que escribiste no te van a servir. Porque cuando la veas, se te van a olvidar todas, y te va a salir la de verdad: la que no se escribe, la que se dice cuando ya no puedes más. Esa es la que ella necesita oír.
—¿Y si me sale mal?
—Pues te sale mal —dijo Memo—. Pero te sale de verdad. Y eso, carnal, vale más que las once versiones perfectas.
Emiliano respiró hondo, con el papel en el bolsillo y la confesión en la cabeza.
—Gracias, Memo.
—No me des las gracias —dijo Memo, y le dio una palmada en el hombro—. Nomás no la cagues. O se la digo yo.
—Y si me odia, ¿qué? —preguntó Emiliano, con la voz bajita, la de los que ya aceptaron lo peor—.
—Me va a odiar —dijo Memo, y la frase salió sin drama, como las cosas que ya se saben—. Y va a tener razón. Pero prefiero que me odie sabiendo quién soy, a que me quiera sin saberlo.
—Pues entonces —dijo Memo—, ve. Son casi las seis. La entrega es a las seis. Ve, felicítala, y cuando termine la ceremonia, la apartas y se lo dices. Todo.
—Todo —dijo Emiliano, y respiró hondo, y se levantó de la caja de tortillas, y se alisó la camisa, la blanca, la de los días importantes—. Se lo digo todo.
Y salió de la trastienda, con la verdad en el bolsillo y el pecho apretado, caminando hacia el templete donde ella estaba a punto de recibir el premio.
Lo que él no sabía, alisándose la camisa blanca, era que ella ya había oído la frase.
Lo que él no sabía era que, mientras ensayaba su confesión, ella estaba parada en el templete, con el cheque en la mano y la sonrisa puesta, buscándolo entre el público con unos ojos que ya no buscaban a un amigo: buscaban a un hombre que le debía la verdad.
Y lo que él menos sabía era que la confesión, la que había ensayado once veces, la que tenía en el bolsillo, la que le iba a cambiar la vida, iba a llegar tarde.
Porque ella, a esa hora, ya estaba armando las piezas sola.
—A las seis en punto —se dijo él, y metió la mano al bolsillo, donde el papel ya no estaba, porque lo había tirado a la caja de tortillas vacía—. A las seis en punto se acaba todo.
Y caminó hacia el templete, sin imaginarse que la frase, la de Memo, la de “tú la hundiste”, ya había llegado a su destino antes que él.