Capítulo 42 — El que oyó
A las cuatro y cuarto, pasé por enfrente de la trastienda, y oí algo que no debía oír.
Había estado buscándolo toda la tarde. Al señor de las once, digo.
Lo había buscado entre el público cuando gané, entre los puestos cuando Óscar se fue, por toda la alameda cuando la fiesta empezó a bajar.
No estaba, y yo, que nunca lo buscaba —él siempre llegaba solo, a las once, a la mesa del rincón—, no sabía qué hacer con esa ausencia.
Entonces me acordé de la trastienda. El cuartito de atrás del puesto, donde guardábamos las cajas y las tortillas.
La organizadora me había dicho que ahí podía dejar mis cosas mientras duraba la final.
Y pensé que a lo mejor él se había escondido ahí.
A lo mejor me estaba esperando ahí. A lo mejor, como siempre, había llegado sin que yo lo viera.
Caminé hacia la trastienda con el pecho apretado, con la idea de sorprenderlo, de decirle "gané, ¿ya viste?, gané, y quería que estuvieras aquí".
Y cuando llegué a la lona, oí voces.
Dos hombres. Uno que no conocía, con una voz que se oía cansada, de las que ya vieron todo. Y otra voz. Una voz que yo conocía de memoria. La voz del señor de las once.
—Ya no puedo seguir mintiendo —decía esa voz, y se me heló la sangre, porque nunca la había oído así, rota, chiquita, como la de los que se están acabando—. Ya no puedo, Memo.
—Pues dile de una vez que tú la hundiste, carnal —dijo la otra voz, alta, sin rodeos, y las palabras me pegaron en la cara como una bofetada—. O se lo digo yo. Y se lo voy a decir sin pedir permiso.
Me quedé congelada.
Parada enfrente de la lona de la trastienda, con la mano a medio camino de levantarla, con el corazón dejando de latir y volviendo a latir al mismo tiempo.
Tú la hundiste.
Las palabras rebotaron en mi cabeza, sin encontrar dónde aterrizar. Tú la hundiste. ¿Hundir qué? ¿A quién? ¿De qué estaban hablando? El señor de las once, el que me servía los tacos, el que me mandaba alcatraces, el que me había prometido la verdad, ¿había hundido algo? ¿A alguien?
—No —me dije, en voz baja, con la mano temblando—. No puede ser. No él.
Pero la voz. La voz era suya. La conocía de memoria, de todas las noches, de la mesa del rincón, de la banqueta, de la víspera.
Y esa voz acababa de decir "ya no puedo seguir mintiendo".
Esa voz, la que me había hecho reír, la que me había dicho que la gente que da tanto también merece que le den, acababa de confesar, sin saber que yo estaba ahí, que llevaba meses mintiendo.
Y la otra voz. La que no conocía. La que dijo "tú la hundiste". Hundiste. Pasado. Ya estaba hecho. Ya la había hundido.
Y de pronto, sin que yo quisiera, las piezas empezaron a moverse solas, despacio, como las que se mueven cuando ya no las puedes detener.
La reseña. La que me había hundido nueve meses enteros.
La que firmaba con una sola letra, "R.", como si su nombre fuera un misterio.
El crítico que nunca había visto, que nunca había conocido, que había escrito que mi suadero sabía a desamor y que me había dejado de capa caída.
R. El señor de las once. El que llegaba todas las noches. El que me había mandado alcatraces. El que me había dicho "si ganas, te voy a deber una disculpa".
—No —repetí, apretando los ojos—. No puede ser. No él.
No podía ser. El señor de las once, el de la mesa del rincón, el que me hacía reír, el que defendía a la doctora sin conocerla, el que me había dicho que la gente que da tanto también merece que le den…
no podía ser el crítico. No podía ser el hombre que me hundió.
Eso no podía ser, porque si era, entonces todas las noches, todas las once, todas las alcatraces, todo el karaoke, toda la banqueta…
todo había sido mentira. Y yo no podía vivir con eso. No sin saberlo. No sin confirmarlo.
No entré.
No pude entrar. Me quedé parada enfrente de la lona, con la mano a medio camino, oyendo el silencio que se hizo adentro, oyendo a la otra voz decir "¿oíste?" y "como si alguien…", y sin moverme, sin respirar, sin querer creer lo que acababa de oír.
—Vámonos —me dije a mí misma, bajito—. Vámonos de aquí.
Y di media vuelta, y caminé. Caminé sin saber a dónde, entre los puestos de la alameda, con las palabras rebotándome en la cabeza: tú la hundiste.
No le pregunté. No me enfrenté. Me quedé con la duda clavada, con la esperanza de haber oído mal, con la certeza de que no había oído mal, y con una sola cosa clara: que no podía subir a recibir mi premio como si nada, sin saber si el hombre que me había hecho reír era el mismo que me había hecho llorar.
Y a las seis, cuando me tocaba subir al templete a recibir el premio de doscientos mil pesos, yo todavía no sabía si el hombre que me había hecho reír era el mismo que me había hecho llorar.
Pero ya sabía que algo se me había roto por dentro.
Y aun así, cuando bajé del templete, cuando el barrio me abrazó, cuando Don Beto me levantó en vilo, yo seguí sonriendo.
Porque el barrio se lo merecía. Porque la taquería se lo merecía.
Porque mi abuela, que estaba en su banquito, tejiendo, me estaba viendo, y yo no podía llorar enfrente de mi abuela sin que ella supiera por qué.
Así que sonreí, y celebré, y busqué al señor de las once con los ojos, una y otra vez, sin encontrarlo, con la frase de la trastienda clavada como una espina.
—Sonría, señora —dijo el fotógrafo, cuando me paré en el templete, con el cheque en la mano y el barrio aplaudiendo—. Es su día.
—Ya sé —dije, y sonreí, con la sonrisa puesta, con la sonrisa de los que sonríen para no derrumbarse—. Es mi día.
Y sonreí, y el fotógrafo disparó, y la conductora siguió hablando, y el barrio siguió aplaudiendo, y yo me quedé parada ahí, con el cheque en la mano, sonriendo para la foto, con las palabras de la trastienda dándome vueltas: tú la hundiste.
Sonreí, porque era mi día. Porque el barrio me estaba viendo.
Porque doscientos mil pesos no se reciben llorando.
Pero por dentro, debajo de la sonrisa, algo se me estaba desarmando, pieza por pieza, como un taco que se deshace en las manos.
Y mientras el barrio aplaudía y las fotos salían y el cheque pesaba en mis manos, yo seguía buscando entre el público, con los ojos, al señor de las once, y pensando en la frase oída en la trastienda, y en la voz que la dijo, y en todo lo que se me había roto en cuatro minutos de reloj.
Sin imaginar que lo iba a encontrar.
Sin sospechar que, cuando lo encontrara, iba a tener el traje de jurado puesto.