Tacos de desamor Capítulo 41 — La entrega
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Capítulo 41 — La entrega

A las cuatro de la tarde, Emiliano estaba escondido en la trastienda del puesto de ella, viendo su celebración por la rendija de la lona, con la culpa haciéndole un hoyo en el pecho.

No había podido salir. Cuando el veredicto se anunció, cuando el barrio entero se le echó encima a Marisol, cuando la vi reírse con los brazos en alto y llorar al mismo tiempo, yo estaba parado en el templete del jurado, con el taco de ella todavía en la memoria, y supe que no podía acercarme.

No podía felicitarla. No podía abrazarla.

No podía ser el primero en llegar, porque no era el primero: era el que la había hundido, el que la había inscrito a escondidas, el que le había prometido la verdad y la estaba viendo celebrar desde lejos, como un cobarde.

Así que, cuando los otros jurados bajaron a felicitar a los finalistas, yo me quedé en el templete un momento, con la tarjetita en la mano y el taco de ella en la memoria.

Vi a Salvador acercarse a Marisol, darle la mano, decirle algo que la hizo sonreír —ella no sospechaba que ese hombre era el que le había dado las cinco estrellas por pedido mío—, y vi al barrio rodearla, abrazarla, levantarla casi.

Y yo, parado en el templete, viendo todo eso, supe que no tenía derecho a estar en esa foto.

Me fui por atrás. Caminé entre las lonas del concurso, por donde no había gente, hasta la trastienda del puesto de la Doctora, el cuartito donde guardaban las cajas y las tortillas y la hielera del suadero.

Me escondí ahí, como un ladrón, y me quedé viendo por la rendija, con el corazón en un puño, su celebración.

La vi abrazar a Luz. La vi reírse con Don Beto.

La vi llorar en silencio, con la cara escondida, cuando creyó que nadie la miraba.

La vi buscar a alguien entre el público —lo vi, vi cómo movía la cabeza buscando, vi cómo se le apagaba un poquito la sonrisa cuando no lo encontraba—, y supe que me estaba buscando a mí.

Que quería compartir el triunfo conmigo.

Que yo, el hombre que la hundió, era el que ella quería tener enfrente en el día más importante de su vida.

Y yo estaba escondido, a treinta metros, viéndola buscar sin atreverme a salir.

—Emiliano —dijo Memo, que había llegado hacía un rato, con dos cafés y la cara de los que ya vieron todo—. Ya lleva una hora buscándote, cabrón. ¿Cuánto tiempo piensas quedarte escondido?

—Hasta las seis —dije—. La entrega es a las seis. Cuando le den el cheque, me acerco, la felicito, y le digo la verdad.

—¿Y por qué no ahora?

—Porque ahora está feliz —dije—. Y yo no quiero ser el que le quite esa felicidad. Quiero que la tenga aunque sea hasta las seis.

Memo me vio un momento, con esa calma suya de hermano mayor que ya no sabe qué hacer conmigo. Y luego me pasó uno de los cafés, y se sentó en una caja de tortillas, y dijo, bajito:

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto, Emiliano?

—¿Qué?

—Que la felicidad esa, la que no quieres quitarle, la armaste tú —dijo Memo—.

El concurso lo conseguiste tú. La plancha, tú.

La reseña de Salvador, tú. Ella está feliz porque tú, desde la sombra, le armaste el día más importante de su vida.

Y tú no puedes acercarte a verla feliz, porque si te acercas, se entera de quién eres, y la felicidad se le cae.

Eso, carnal, es un chingo de ironía hasta para ti.

Me quedé callado, con la ironía dándome vueltas, porque Memo tenía razón, y porque la había tenido desde el principio.

Desde la noche que le pedí a Salvador la reseña.

Desde la noche que la inscribí al concurso por la espalda.

Desde la mañana que compré la plancha sin nombre.

Lo había visto así todo el tiempo, y aun así lo había hecho, porque quería devolverle algo, y lo único que sabía devolver era desde la sombra, sin cara, sin valor, sin ponerme enfrente.

—¿Y qué piensas decirle?

—La verdad —dije, y la palabra me pesó—. Toda. Que soy R. Que fui yo el de la reseña. Que la hundí. Que la inscribí al concurso por la espalda. Que la plancha era mía. Que le pedí a Salvador que la reseñara. Que me enamoré de ella sin que supiera quién era yo. Todo.

—¿Y qué esperas que pase?

—No sé —dije, y la voz me salió chiquita—. Que me odie. Que me perdone. Que me avente la plancha. Que me deje terminar de hablar. No sé.

—Pues escúchame, Emiliano —dijo Memo, y dejó los cafés en la caja de tortillas, y me vio de frente, con una voz que no admitía discusión—.

Ya llevas meses con esto. Ya llevas meses prometiendo que "mañana se lo dices".

Ya llevas meses viviendo de la promesa, y la promesa ya se te acabó.

Hoy es hoy. Hoy se lo dices, o se lo digo yo.

—¿Tú?

—Yo —dijo Memo—. Porque yo también llevo meses viéndote sufrir, y viéndola a ella buscarte con los ojos sin saber quién eres, y ya no aguanto. Así que escoge, carnal: se lo dices tú, con tus palabras, a tu manera, o se lo digo yo, sin tus palabras, a la mía. Y no te va a gustar mi manera.

Me quedé callado, con la rendija de la lona enfrente, viendo a Marisol reírse con el barrio, con la ironía de Memo dándome vueltas, pensando que el día más feliz de ella lo había armado yo, el hombre que la había hecho llorar nueve meses enteros.

—Se lo digo yo —dije al fin, bajito—. A las seis. Se lo digo yo.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo —dije.

Y Memo asintió, y se quedó callado, y yo me quedé viendo por la rendija, con la promesa pesándome, sin imaginar que a esa misma hora, afuera, ella estaba a punto de pasar por enfrente de la trastienda.

—Ya no puedo seguir mintiendo —dije, y la frase me salió sola, como las que se dicen cuando ya no queda nada más que decir—. Ya no puedo, Memo.

—Pues dile de una vez que tú la hundiste, carnal —dijo Memo, y su voz salió alta, de las que no se andan con rodeos, y rebotó en las cajas de tortillas—. O se lo digo yo. Y se lo voy a decir sin pedir permiso.

Y fue en ese momento, en el momento exacto en que Memo soltó la frase, que la lona de la trastienda se movió, apenas, como si alguien hubiera pasado por afuera y se hubiera detenido.

—¿Oíste? —dije, bajando la voz.

—¿Qué?

—Ese ruido. Como si alguien…

Memo fue a la lona, la levantó un poco, y miró afuera.

—No hay nadie —dijo—. Será el viento.

Pero yo, con la frase de Memo todavía en el aire y la rendija enfrente, supe que algo había cambiado. Que las palabras que no debían decirse en voz alta se habían dicho. Y que el mundo, tarde o temprano, iba a cobrarme por ellas.