Tacos de desamor Capítulo 40 — El memo
67%

Capítulo 40 — El memo

A las dos de la tarde, Óscar seguía parado en el mismo lugar, con las rosas en la mano y la sonrisa que ya se le estaba cansando.

—Marisol —dijo otra vez, dando otro paso hacia mí—. Nomás quiero hablar contigo. Un momento. Cinco minutos.

—Óscar —dije, y mi voz salió firme, de las que no piden permiso—. Te fuiste hace siete meses. Con tu "necesito vivir mi verdad". Te fuiste sin avisar, sin mirar atrás, sin dejar ni una nota que valiera la pena. Y hoy, el día más importante de mi vida, apareces con rosas.

—Porque hoy era el día —dijo él, y se acercó más—. Porque hoy supe que podías lograrlo, y quise estar aquí. Porque… —buscó las palabras, como siempre las buscaba—. Porque nunca dejé de quererte, Marisol.

Se me escapó una risa. Una risa corta, sin humor, de las que salen cuando el mundo te da la razón demasiado tarde.

—¿Nunca dejaste de quererme? —dije—. Óscar, me dejaste en julio, con la taquería hundida, con las cuentas que no cerraban, con la cortina que no podía pagar.

Me dejaste llorando en la banqueta de mi propia casa, sin saber cómo iba a salir adelante.

Y no estuviste. Ni en julio, ni en agosto, ni en ninguno de los meses que seguí sola, trabajando, llorando, levantándome. No estuviste.

—Estaba mal, Marisol —dijo él, y el ramo le temblaba un poco—. Estaba confundido. Necesitaba encontrarme.

—¿Y ya te encontraste? —pregunté, y la pregunta me salió sin veneno, casi con lástima—. ¿Ya te encontraste, Óscar?

Él abrió la boca. La cerró. Y en el silencio, el barrio entero lo vio, y el barrio, que lo conocía de toda la vida, que lo había visto irse y que lo había visto a mí llorar, no dijo nada, pero lo miró feo, de esa manera que tiene el barrio de juzgar sin abrir la boca.

—Llegaste catorce de febrero tarde, Óscar —dije, bajito, para que solo él me oyera—. Llegaste el día del amor, con flores, al concurso que gané. Pero llegaste siete meses tarde. Y yo… yo ya no estoy esperándote.

—¿Hay alguien más? —preguntó él, y la pregunta le salió sin pensarla, y se quedó callado, como si él mismo se hubiera sorprendido.

—No lo sé —dije, y la verdad me salió sin querer—. No sé si hay alguien más. Pero sé que ya no eres tú. Y eso, para mí, es suficiente.

Óscar se quedó parado un momento, con las rosas en la mano y la cara de los que llegan tarde a todo.

Y luego, sin decir nada más, dejó las rosas en la orilla de mi puesto, dio media vuelta y se fue, caminando entre la gente de la alameda, con el ramo abandonado como un recordatorio de lo que ya no era.

El barrio lo vio irse. Don Beto, que no se callaba nunca, se quedó callado.

Luz me abrazó, sin decir nada. Doña Meche, que lo había visto crecer, que lo había visto llevarme flores cuando éramos novios, que lo había visto irse en julio con su maleta y su "necesito vivir mi verdad", negó con la cabeza, despacio, como quien despide a un hijo que se perdió solo.

—Ese muchacho —dijo la señora del jugos, bajito—. Siempre llegando tarde.

—Ya no es muchacho —dijo Don Beto, con el sombrero en la mano—. Es un hombre que no supo lo que tenía hasta que lo vio en la lona grande de un concurso. Y esos, mija, son los peores: los que vuelven cuando ya hay premio.

Y yo me quedé un momento parada detrás de mi plancha, con las rosas de Óscar en la orilla, pensando que Don Beto tenía razón, y que cerrar una historia es más fácil de lo que parece: nomás hay que dejar de esperar.

—¿Y las flores? —preguntó Luz, señalando el ramo—. ¿Las tiro?

—Déjalas —dije—. Se van a marchitar solas. Como él.

Luz me vio un momento, y luego, sin decir nada, levantó el ramo y lo puso detrás del puesto, fuera de la vista, donde no tuviera que verlo.

—¿Y ahora? —dijo Luz, cuando la fiesta se reacomodó—. ¿Ahora qué, prima? ¡Ganaste! ¡Doscientos mil pesos! ¡La entrega es a las seis!

—Ahora —dije, y busqué con los ojos entre el público otra vez—, necesito encontrar a alguien.

—¿A quién?

—Al señor de las once —dije, y la voz me salió bajita—. No lo he visto en toda la mañana. Y yo… quería que estuviera aquí. Quería que lo viera. Quería compartir esto con él.

Luz me vio un momento, con esa mirada suya que a veces veía de más, y luego dijo, con una voz que no era la suya:

—Prima. ¿Tú sabes que es el día más importante de tu vida, y que estás buscando a un hombre que ni siquiera te ha dicho su nombre?

—Sí —dije—. Lo sé.

—¿Y no te parece raro?

—Sí —dije, y me reí, pero la risa me salió rara—. Me parece rarísimo. Pero es el que quiero que esté aquí. Y no está.

Y lo busqué. Lo busqué por toda la alameda, entre los puestos, entre las lonas, entre la gente que celebraba.

Pregunté a Don Beto, que no lo había visto.

A Doña Meche, que tampoco. A la señora del jugos, que ni sabía quién era.

Busqué al hombre de la mesa del rincón, al de las alcatraces, al que me había prometido decirme la verdad después de la final, y no estaba por ningún lado.

—Prima —dijo Luz, alcanzándome, con el ceño fruncido—.

Ya llevas rato buscando. ¿Quién es? ¿Quién es el misterioso?

Porque yo, con todo y que no me dices nada, ya le puse nombre en mi cabeza: le puse "el de las alcatraces", y le puse "el de las once", y le puse "el que le escribió a mi prima el corazón en la servilleta".

—No sé cómo se llama —dije, y la verdad me salió sola, sin pensarla, y me sonó tan rara como era—. Nunca me dijo su nombre.

—¿Y te parece bien? —preguntó Luz, con los brazos en jarras—. ¿Estás buscando a un hombre que no te ha dicho su nombre, en el día más importante de tu vida, cuando tienes doscientos mil pesos esperándote a las seis?

—No me parece bien —dije, y solté una risa corta, sin gracia—. Me parece rarísimo. Pero es el que quiero que esté aquí. Y no está.

No sabía —todavía no— que estaba a unos metros, escondido en la trastienda del puesto, con la culpa encima, viéndome celebrar sin atreverse a salir.

Sin imaginar que mientras yo lo buscaba, él estaba decidiendo si decirme la verdad o desaparecer para siempre.

Sin sospechar que, a esa misma hora, en esa misma trastienda, se estaba cocinando la noticia que me iba a partir en dos.

Pero esa tarde, a las dos y media, con la fiesta encima y el premio esperando, me quedé con el doble vacío: el del hombre que llegó tarde con flores, y el del hombre que no llegó.

—Mañana —me dije, volviendo a mi puesto—. Mañana me dice quién es.

Y me quedé esperando las seis, sin saber que a las seis, todo lo que creía saber se me iba a caer encima.